
Lo que el islam no se llevó
En
la anterior columna repasamos algunos de los antecedentes de las ciencias
modernas (con todas las reservas en el uso de estos términos). Cualquiera
habría merecido mucho más espacio y tiempo, pero, si hay que dedicarle una
columna en exclusiva (o más bien varias) a una tradición, el mundo islámico
temprano se erige como un sólido candidato y así trataré de exponerlo en lo que
sigue.
Antes de entrar en materia no me
resisto a hacer una apostilla acerca del estatus del islam como religión y
aventura civilizatoria. A la lectora o lector de estas palabras, casi seguro
hispanohablante, muy probablemente de tradición cristiana y a buen seguro
hijo/a (con orgullo o con pesar) de eso que llamamos Occidente, el islam le
puede suscitar muchos sentimientos (negativos, positivos) o una indiferencia
suma, pero lo que nunca le parecerá es un artefacto occidental. El islam
es otra cosa (buena, mala o regular, no es ese el debate), se practica
en otros países (en los nuestros está “de prestado”) y pertenece a lo
otro de Occidente (¿Oriente?). Sin embargo, un análisis histórico y
antropológico más detallado nos sugiere, contrariamente, que el islam, en un
sentido cultural amplio, es parte de Occidente.
Definamos
Occidente, de la manera menos tendenciosa posible, como el cruce de caminos
entre el espíritu judeocristiano y el grecolatino.
El
judaísmo y el cristianismo son dos religiones monoteístas abrahámicas (es
decir, que se reconocen herederas del legado histórico-mitológico de Abraham)
que nacieron en la región que hoy denominamos Oriente próximo. ¿Qué otro culto
encaja con este molde? Sin duda el islam (aparte de la fe bahaí), que además
asume como propias las religiones anteriores y las considera algo así como
“hermanas menores” cuyos fieles, pagando un tributo (la yizia), podían
practicar su fe libremente en los Califatos y recibir protección.
Por
lo que hace a Grecia y Roma, también las primeras sociedades islámicas las
reivindicaron como un pilar de su jurisprudencia, su filosofía, su historia… Y,
como veremos, hicieron una labor imprescindible de preservación y ampliación
creativa del acervo grecolatino. Asimismo, en términos políticos tanto los
Califatos originales cuanto el Imperio otomano se reivindicaron como herederos
directos del Imperio Romano (también del Sasánida), como su continuación por
otros medios.
Así
pues, no hay ningún motivo para excluir al islam y las sociedades que han
formado parte de su proyecto civilizatorio (hoy muy difuso y ramificado) de ese
cruce de caminos entre lo judeocristiano y lo grecolatino, que Melvin-Koushki
llama, de un modo más inclusivo, la síntesis abrahámico-helénica y que
no es otra cosa que Occidente en su sentido menos sesgado. Si en el presente
nos resulta imposible interpretar el islam y sus derivadas como algo “occidental”
es más por cuestiones geopolíticas que por factores antropológicos e
históricos. Hemos orientalizado los países de mayoría musulmana luego de una
trayectoria europea y yanqui de colonialismo, explotación y guerra contra el
terror que ha tenido en ellos un blanco principal. Y hoy en día los musulmanes
son el chivo expiatorio preferido de la extrema derecha y su supremacismo
blanco-cristiano.
Sí
obstante este lóbrego contexto político, aquí trataré de mostrar que, durante
muchos años, sobre todo en el período que en Europa conocemos como Edad Media,
esa frontera entre lo europeo-cristiano y lo africano/asiático-musulmán era
mucho más porosa y había algún sentido de comunidad (cultural-intelectual), a
pesar de las notables diferencias políticas, étnicas y religiosas. Podríamos
decir incluso que durante varios siglos el centro (cultural-intelectual) de
Occidente estuvo en lugares de mayoría musulmana como Córdoba o Bagdad. Por
ende, en este caso no estamos hablando de influencias “no occidentales” en el
conocimiento “occidental”, sino de cómo una parte de Occidente contribuyó a
sentar las bases de lo que vendría después en otras partes del mismo Occidente.
Hechas
estas aclaraciones, toca dar un poco de contexto para entender cómo llegaron a
florecer los saberes y las artes en el mundo islámico.
Mahoma
huyó de Medina en nuestro año 622, en lo que se considera el primer año de
reinado religioso y secular del profeta (la Hégira) y por lo tanto el inicio de
la era islámica (y de su respectivo calendario). A su muerte en el 632, Mahoma
ya había unificado la antes fragmentada península Arábiga y a partir de ahí las
diferentes dinastías de califas (la máxima autoridad política-religiosa del
imperio islámico) emprendieron una fulgurante expansión territorial que solo se
frenó en los Pirineos en el oeste, en el Sáhara hacia el sur y en el Himalaya y
el río Indo en el este.
Esta
naturaleza expansiva del imperio islámico y sus sucesivas dinastías califales
hacían necesaria una gran capacidad de control territorial sobre regiones muy
alejadas entre sí. Al mismo tiempo, la nueva entidad política facilitó el
comercio de mercancías y conocimientos y alentó la proliferación de grandes
centros de poder que se convirtieron a su vez en centros
culturales-intelectuales merced a la bonanza económica y la promoción política.
Este fue el caldo de cultivo perfecto para el florecimiento de escuelas de
investigación sobre los temas más diversos, en lo que supuso una riqueza
epistémica muy notable y, por la parte que nos toca, imprescindible para el
desarrollo de las ciencias posteriores.
Un
período clave será el califato abasí, que, con numerosas intermitencias, fitnas
(guerras civiles) y altibajos, se erigió como la máxima potencia de Oriente
próximo y el norte de África entre el 750 y el 1258. Durante esta época se
desarrollará la llamada Edad de Oro del Islam, de gran efervescencia artística,
filosófica, científica, económica (términos presentistas, no lo olvidemos)...
Esta dinastía cambió la capital a
Bagdad desde Damasco, donde la habían situado los Omeya (anterior dinastía, que
se exilió en Al-Andalus y daría de que hablar en siglos posteriores). Allí,
Al-Mamún, séptimo califa abasí (813-833), dio forma a la Casa de la Sabiduría,
que funcionó como escuela de traductores y centro de investigación de los más
diversos temas. Se traducían al árabe obras del griego, el sánscrito o el
persa, y con ellas se abrían las puertas a abundantes conocimientos que servían
de base para pesquisas posteriores en las que se revisaba: “la herencia
helenística” y se buscaban: “mejores métodos de observación, así como la mejora
de los instrumentos (por ejemplo, del astrolabio) para volver a verificar la
exactitud de los datos. Una metodología que se impondrá con posterioridad en la
ciencia moderna” (Ordóñez, 2013: 197).
El ejemplo de la Casa de la
Sabiduría pone de relieve un hecho que se repetirá a menudo en esta serie: el
apoyo del poder político y la existencia de instituciones “acogedoras” es
decisivo para que cualquier investigación y conocimiento resultante pueda
prosperar. Mentes brillantes hay en todas las sociedades, pero solo con la
debida infraestructura y un adecuado esfuerzo y validación colectivos esas
mentes estarán en condiciones de brindar resultados esclarecedores (acordémonos de las
formas de Hacking unas pocas columnas atrás). Al igual que el Coronel necesita
quien le escriba, las ciencias necesitan quien las quiera (Jesús Pinto dixit).
En
la Casa de la Sabiduría trabajaron nombres ínclitos de la sapiencia islámica
(lo cual no quiere decir que todos ellos fuesen musulmanes), como Sahn ibn
Haroun (poeta y astrólogo-astrónomo), Al-Jurasani (matemático,
astrólogo-astrónomo, geógrafo), los hermanos Banu Musa (astrólogos-astrónomos,
geógrafos), Al-Kindi (matemático, astrólogo-astrónomo, filósofo) o traductores
como Hunayn ibn Ishaq o Thabit ibn Qurra.
Pero no todo era la Casa de la
Sabiduría. En la misma época se crearon en diferentes ciudades otras
instituciones como las madrasas (escuelas superiores) y los shamsiyyas
(observatorios), que conformaron redes por todo el califato para la difusión y
ampliación del saber.
Otro
locus insoslayable eran los hospitales (como el Bimaristán), en donde se
ofrecía una formación y atención médica con prácticas muy similares a la
medicina interna actual. Esta sólida red sanitaria permitió la emergencia de
médicos notables como Al-Razi (también miembro de la Casa de la Sabiduría),
considerado uno de los primeros “médicos basados en la evidencia”.
A
esto habría que añadir que, aunque no existía la imprenta, sí había una
importante cultura libresca que hacía que en la misma época hubiera muchos más
libros en Oriente Próximo que en Europa. Los libros se manufacturaban en kitabkhanes
o karkhanes, talleres donde también se ilustraban obras de filosofía
natural. Estos lugares tenían una importancia más allá de lo estético, pues la
ilustración y el comercio de libros fue clave para la propagación y el
mantenimiento de muchos saberes a lo largo del mundo islámico y allende. Los
flujos del conocimiento se beneficiaron de y se superpusieron a los flujos de
mercancías, muchas veces siguiendo las mismas rutas.
Y hasta aquí los años de máximo
apogeo de la dinastía abasí. En la próxima columna profundizaremos en los
años de fragmentación del mundo islámico y las consecuencias que tuvo para el
conocimiento. Salam!
Bibliografía
Ordóñez,
Javier. (2013). “La ciencia en el Islam” en Ordóñez, Sánchez-Ron y Navarro
Brotons. Historia de la ciencia. Austral, 191-214.
Aparte
de este de Ordóñez, el otro escrito fundamental para recabar datos de la
cultura científica y la sociología del conocimiento durante el islam temprano ha
sido “The sciences in Islamic societies (750–1800)” de Sonja Brentjes y Robert G.
Morrison, parte de la The New Cambridge History of Islam editado por Robert Irwin.
Fue un vídeo del maravilloso canal de YouTube Let’s talk religion el que me hizo ver por primera vez el islam como parte de Occidente.
De
ahí me adentré en la creciente bibliografía sobre esta cuestión, donde destaca
la figura del mencionado Matthew Melvin-Koushki. Su artículo “Taḥqīq vs.
Taqlīd in the Renaissances of Western Early Modernity” ha sido clave
para trazar la genealogía de la orientalización del mundo islámico. Allí hace aseveraciones como estas:
This narrative of essential
Islamic un-Westernness, still ubiquitous in early modern intellectual
historiography, radically betrays, distorts and even deletes our sources; its
origin lies in Renaissance humanist anti-Arabism and anti-Ottomanism, and its
modern justification is Enlightenment-colonialist, an ideology fatally hostile
to all early modernities but one (226).
I propose that the broadest possible cultural-geographical definition of the West be consistently used when writing comparative early modern intellectual history: the half of Afro-Eurasia west of South India, incorporating the Arabic, Persian and Latin cosmopolises, that vast realm where the Hellenic- Abrahamic synthesis reigned supreme.
Para la tradición traductora se puede leer "'In a Clear Arabic Tongue': Arabic and the Making of a Science-Language Regime" de Ahmed Ragab.
La referencia a Jesús Pinto proviene de ya ampliamente citado en esta serie artículo "Una ciencia propia Ensayo de una Filosofía Política de la Ciencia en la China Contemporánea".
Algunas entradas de Wikipedia han sido útiles para completar informaciones: Casa de la Sabiduría, Califato abasí, Mahoma, islam y Edad de oro del islam.
Cómo citar este artículo: VERDE ORTEGA, PAVLO. (2026). «Historia sucia de las ciencias - Atecedentes II». Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CM56). ISSN ed. electrónica: 2952-4105.




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