
Provincializando Europa y sus ciencias
Después de las aclaraciones y rodeos a los que he consagrado las primeras tres columnas ya va siendo hora de entrar en materia propiamente histórica. Sin embargo, antes de entrar de lleno en esa historia europea post-siglo XV que tanto he cacareado me parecía oportuno hacer un desvío más, esta vez por algunas de las tradiciones epistémicas que antecedieron y contribuyeron, directa o indirectamente, a la germinación de las ciencias occidentales en sentido moderno. Este ánimo forma parte de mi ya declarada intención de “provincializar” occidente y las ciencias y mostrar cómo ni esta civilización ni los conocimientos que le son propios tienen fronteras cerradas. Occidente, si este término sigue teniendo algún sentido por fuera de una retórica supremacista, solo puede ser entendido desde el contacto y la retroalimentación con civilizaciones que a nuestros ojos pasan por “orientales”. En concreto me centraré en algunas de las más destacadas tradiciones del eje de intercambio euroasiático-norteafricano que ha vertebrado buena parte de los desarrollos civilizatorios en esta parte del mundo. Europa, según esta lógica, sería una provincia de este eje y no un continente culturalmente aislado, ni mucho menos superior, y las ciencias, no serían sino otra de las muchas maneras de conocer que allí se han puesto en práctica.
Hablar
de los antecedentes de las ciencias modernas siempre es complejo, ya que se
hace normalmente desde el presentismo, es decir, juzgando pasados muy diversos
con las lentes y los conceptos de nuestro presente. Solemos destacar aquellas
invenciones o descubrimientos “protocientíficos” que encajan bien con nuestros
esquema actual de lo que es una ciencia o una tecnología, mientras que pasamos
por alto investigaciones y logros intelectuales que a nosotres nos pueden
parecen hoy “pseudocientíficos”, aunque también eran de actualidad en aquellas
épocas y para sus contemporáneos resultaban igual de importantes (cuando no
más). Otro vicio recurrente (en el que también yo he caído al utilizar palabros
como “protocientífico” o “avance”) es el de narrar estas historias en clave
teleológica y de progreso. Como si la historia del conocimiento fuera una línea
en la que los primeros años y civilizaciones corresponden con la infancia del
saber, en la que todavía “nos faltaba calle”, para ir avanzando lentamente
hacia una madurez representada por las ciencias modernas, ejemplo total y
definitivo de conocimiento bien hecho. Y como si esa evolución fuese imparable
y necesaria (“no podría haber sido de otra manera”).
No
estoy seguro de que yo vaya a evitar estos dos sesgos, porque mi exposición
será esquemática y simplificadora en exceso. Apenas haré justicia a siglos,
milenios, de civilizaciones, culturas y conocimientos, con lo cual me centraré
sobre todo en lo más vistoso y reconocible como “científico” para nuestro
olfato actual. Vamos allá.
China.
La
civilización china, vasta y diversa, es un foco insoslayable en una historia
general del conocimiento humano (si tal cosa tiene sentido). El período de
máximo esplendor de las (presentistamente llamadas) ciencias chinas (y de la
cultura china en todas sus dimensiones) fue durante las dinastías Tang y Song
(618-907 y 960-1279 d.C., respectivamente), hasta el punto de que hay quien
habla de una “revolución científica”. Más allá de estos términos tan cargados y
dudosos, lo cierto es que antes, durante y después de esta edad de oro en China
se realizaron investigaciones e innovaciones de lo más relevantes.
La
astronomía china (que, como en todo el mundo, iba de la mano de la astrología)
fue de las más desarrolladas durante muchos siglos y ha legado importantes
catálogos de estrellas y mapas de constelaciones. En las principales ciudades
era común encontrar observatorios astronómicos (como el Observatorio Antiguo de
Pekín) donde se avistaban supernovas y predecían eclipses solares y lunares.
Por
otro lado, la alquimia china (Sivin, 1968) favoreció la experimentación con
elementos químicos. Muy ligada a esta se hallan las ciencias de la salud y la
herbología, que también han conocido en China grandes aportes de los que han
emergido influyentes tradiciones medicinales y farmacéuticas. A lo que hay que
añadir algunas invenciones tecnológicas que han dejado un poso decisivo, como
muestra el amigo Jesús Pinto:
También
habría que leer cuánto de lo que la civilización sínica pudo desarrollar antes
de ser «científica» [Jesús es menos presentista que yo], tuvo una importancia
capital en la construcción de la institución científica en Occidente y está en
la base de sus supuestas bondades y de su capacidad de llegar fuera de sus
límites geográficos: el papel, la imprenta, la brújula, la pólvora o las esferas
armilares, son diferentes artefactos que, gracias al comercio euroasiático,
permitieron el éxito de otros elementos que, andando el tiempo, permitieron la
institución científica junto con otros (Pinto, 12).
La
India.
En
el subcontinente indio, tan fértil en tantos sentidos (agrarios, espirituales,
cognitivos…), la astronomía también tuvo un gran predicamento, especialmente
durante los siglos V y VI d.C., con figuras como Aryabhata. También en
matemáticas destacó, con aportaciones relevantes en trigonometría, la
aritmética (desarrollo del concepto de cero como un número, los números
negativos) y álgebra.
En
medicina Arora y Kumar Varma (2025) sostienen que obras clásicas como el: “Charaka
Samhita y Sushruta Samhita, los textos fundamentales de la medicina ayurvédica,
ofrecieron un conocimiento completo de diversas enfermedades, sus tratamientos
y técnicas quirúrgicas avanzadas, incluyendo la cirugía de cataratas y la
rinoplastia, que estaban muy adelantadas a su tiempo” (16).
Mundo
grecolatino.
Pasemos
ahora a la única de las tradiciones mencionadas que en Occidente
consideraríamos “propia” (algo que nos puede parecer muy natural, aunque quizá
no lo sea tanto). En el ámbito de las matemáticas, Grecia no solo sentó las
bases de la geometría deductiva, como demuestra la obra de Euclides, sino que
también avanzó en campos más especializados como la trigonometría, de la mano
de Hiparco. Arquímedes llevó más lejos estas herramientas geométricas al
aproximar el cálculo del volumen de esferas y cilindros o la medida de la
circunferencia.
Al
griego Ptolomeo, sugar daddy de la astronomía clásica, le debemos la
comprensión canónica del cosmos durante más de mil años. No menos ducho era el
viejo Eratóstenes, que logró calcular la circunferencia de la Tierra con una
precisión muy notable para no tener herramientas de IA (las personas
esclavizadas a su servicio lo compensaban, supongo). Además, como cualquier
otra cultura marítima, la griega y luego greco-latina se preocupó por la
identificación y catalogación de planetas y estrellas y sentó sus propias bases
para la navegación y la cartografía celeste.
También
en medicina figuras como Hipócrates o Galeno revestirían un gran calibre
histórico, mientras que en el terreno de la física, Arquímedes reaparece al
formular los principios de la hidrostática —el famoso principio del empuje— y
la ley de la palanca.
No
hay que olvidar, repudiando todo chovinismo filosófico, que Aristóteles destacó
en su día como un sagaz observador y clasificador de los animales, por lo que
se le considera el abuelo de la zoología. Su discípulo Teofrasto tomó el
testigo clasificando plantas y estudiando su reproducción y hábitat, pasando
así a los anales de la botánica.
Por
su parte, la vieja Roma adoptó y conservó los logros del mundo griego y legó al
mundo un conjunto de ingeniosas tecnologías como la red de acueductos,
calzadas, puentes y sistemas de alcantarillado. Innovó además con materiales
como el hormigón (opus caementicium), que permitió megaproyectos que duran
hasta hoy (como bien saben nuestras amigas segovianas); y con sistemas de
calefacción por suelo radiante (hypocaustum), visibles en sus termas, a lo que
podríamos sumar los molinos hidráulicos y las grúas accionadas por fuerza
humana o animal.
Esta
columna será quizás (espero) la más superficial y resumida en cuanto al
tratamiento de la información (también la menos social, pues me he centrado
mucho en “descubrimientos” y grandes nombres y muy poco en las formas y las
interacciones que los hicieron posibles). Cada párrafo habría merecido una
columna, cuando no un artículo o un libro, para él solo. Si me he visto
impulsado a escribirla no es tanto para ofrecer una información prolija, sino
mostrar a vuelapluma el vasto paisaje cultural y epistémico del eje
euroasiático-norteafricano, al cual pertenecen también las ciencias modernas y
contemporáneas, y defender que sin este caldo de cultivo aquellas no habrían
sido posibles. Más si cabe si tenemos en cuenta que todas estas tradiciones se
entrelazaron y retroaliemntaron a través del intercambio propiciado por los
contactos políticos y las rutas comerciales (y lo han seguido haciendo hasta
nuestros días, como veremos en columnas futuras).
Aunque
aquí, a efectos narrativos prácticos, trate a todas estas tradiciones como
meros antecedentes de “lo científico”, insisto en que esta sería una lectura a
posteriori y teleológica un tanto imprecisa. Nada de lo que he expuesto
sería interpretado por sus protagonistas como “científico” o “racional”, ni
mucho menos como “biología”, “matemáticas”, “astronomía”… ya que los códigos de
conocimiento y las disciplinas funcionaban de otras maneras. A su vez, conviene
recalcar que en los paisajes cognitivos que he mencionado no solo se hacía
“ciencia” o “proto-ciencia”, sino que estas investigaciones y conocimientos
vivían en fuerte simbiosis con saberes como la religión, la astrología, la
alquimia, la magia, la filología, la especulación metafísica, la teoría
política… (estos términos, una vez más, son presentistas) y sin ellos no
habrían sido posibles.
Por último, no olvidemos que estas
sociedades y sus conocimientos se han seguido desarrollando hasta nuestros
días. El saber en China o en la India no es “historia” (o no más que el saber
en Europa), son fuentes vivas que no han dejado de dialogar con el mundo,
renovarse, mestizarse y aportar intuiciones valiosas hasta nuestros días.
Tal vez una buena metáfora para
pensar en las historias de las ciencias en diferentes culturas y cómo se han
ido entrelazando e influyendo sea la del árbol filogenético. Así arguye Nahyan
Fancy (2023):
El
modelo del árbol filogenético ofrece cierta esperanza para descentralizar la
narrativa teleológica de la ciencia occidental, ya que, al enfatizar la
continuación de tradiciones vivas, con sus trayectorias concretas, en
diferentes regiones, con distintos contextos lingüísticos y políticos en todo
el mundo, permite investigar la incorporación de estas otras tradiciones a la
ciencia "occidental" sin reducir la totalidad de esas tradiciones a
tales transferencias. Finalmente, dado que el enfoque está en las tradiciones
vivas, los historiadores de la ciencia no occidental, en particular, pueden
liberarse de la carga de destacar cambios revolucionarios para conseguir un
asiento en la mesa, y centrarse en cambio en cómo las tradiciones científicas
fueron cultivadas, enseñadas y desarrolladas a lo largo del tiempo dentro del
contexto de sociedades específicas no occidentales (162).
Sin embargo, faltan aún dos
importantes antecedentes (o “más-que-antecedentes”) que conviene explorar por
separado dado su impacto directo: el mundo islámico temprano y el medioevo
cristiano.
Bibliografía
Arora,
Sanjeev y Verma, Ravendra. (2025).
The Evolution of Biosciences in India: From Ancient Wisdom to Modern
Advancements. Journal of Science Innovations and
Nature of Earth, 5(1),16-18
Fancy, Nahyan. (2023). “Shifting narratives of postclassical medicine” en Fancy y Stearns (eds.). Current debates and emerging trends in the history of science in premodern Islamicate societies. History of Science 61(2) https://doi.org/10.1177/00732753231154690
Pinto, Jesús. (2025). Una ciencia propia Ensayo de una Filosofía Política de la Ciencia en la China Contemporánea. Fundación Pablo VI. Extraído de: www.fpablovi.org/images/2025/Una-ciencia-propia-Jesus-Pinto.pdf
Sivin, Nathan. (1969). Chinese alchemy: preliminary
studies. Hardvard University Press.
Las entradas la Wikipedia en inglés sobre las matemáticas y la astronomía en la India, las ciencias y la tecnología en China y lasciencias en la antigüedad clásica han ayudado a completar una columna que de otro modo habría requerido interminables horas de documentación.
La referencia a provincializar Europa, como no podía ser de otra manera, proviene del libro de Dipesh Chakraverty del mismo nombre. Para una lectura de cómo se “occidentalizó” la historia de la ciencia en el siglo XIX, con la complicidad de algunos intelectuales “orientales” (chinos y egipcios), creando una división entre el occidente científico ilustrado y el oriente atrasado oscurantista es recomendable el artículo de Marwa Elshakry “When Science Became Western” (2010).
Sobre
el carácter inevitablemente “progre” (whiggish) de la historia de la
ciencia (en el sentido de creyente en el mito del progreso) Alvargonzález tiene
un agudo ensayo.
Cómo citar este artículo: VERDE ORTEGA, PAVLO. (2026). «Historia sucia de las ciencias - Atecedents I». Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CM55). ISSN ed. electrónica: 2952-4105.




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