

La música que suena en un café
Vengo de vez en cuando a tomar el almuerzo que llaman brunch. Un sitio tranquilo, con música de fondo: la mayoría de las veces clásica; algunas otras de esa que los estadounidenses llaman crooning, bebop, swing y jazz. El café se encuentra en el barrio de Embajadores, cerca de la plaza de Cascorro. Hoy está la camarera argentina a quien hace una semana le pregunté por qué hay tantos psicoanalistas en Argentina. Me dio una respuesta convincente, aunque totalmente subjetiva: porque hay cosas que jamás podrás contarle ni a un amigo ni a tu pareja ni a un hermano ni a tus padres… Hoy atiende ella. Sabe conversar y argumentar, no porque sea argentina, sino porque infiero que habrá estudiado y leído mucho y que quizás se dedicara a otra cosa antes de venir a España. Conjeturas que solo podría transformar en certezas preguntándole a ella, pero prefiero seguir fantaseando y quedarme en la tierra inexplorada de la incertidumbre: no saber para terminar sabiendo.
El café está decorado con mesas y sillas de estilo rústico, como el de la casa de campo de una abuela argentina. Estanterías repletas de libros, una máquina de coser, una alacena con tazas y vasos y cubertería, un velón casi consumido que acumula la cera blanca derretida y ahora fría que se ha derramado desde una repisa por la pared hasta llegar al suelo; cuadros de retratos de algunas mujeres, una virgen, unos campesinos segando… Y luego ese silencio roto tímidamente por la música que suena de fondo mientras algunos clientes toman café y conversan en voz queda o leen un libro o escriben en un cuaderno o al ordenador. Desde mi mesa veo a una treintañera que hace un alarde de flexibilidad sentándose en postura de yoga en la repisa de una gran ventana que hace de asiento y de mesa. Escribe con un bolígrafo en papeles que a veces engurruña y desecha.
Hoy no me he traído ningún libro para leer —lo cual me recuerda que en algún momento habré de leer Leandro Liendres y otros relatos de la España vacía, aunque solo sea porque lo ha escrito Ignacio Sanz—, ningún cuaderno para escribir. Solo el ordenador y mis ojos para observar tras el filtro del cristal de unas gafas que cada vez demandan más graduación. Si me las quito, veo borroso y suelto la imaginación; únicamente cuando miro de cerca me topo con la realidad más inmediata. Si me las pongo, contemplo a las seis personas que aquí nos encontramos: dos veinteañeros sentados a sendas mesas escribiendo al ordenador, la treintañera de flexibilidad prodigiosa que engurruña y desecha papeles, una veinteañera sentada en un sofá detrás de mí y que anota algo en el cuaderno que apoya en la rodilla que cruza a la otra —quizás esté escribiendo algo sobre mí, quién sabe— y, en la mesa contigua, una maestra —lo sé porque acaba de comentarle por teléfono algo del Quijote y de sus alumnos a un compañero del cole— más cerca de los veinticinco que de los treinta… y luego yo que solo me veo las manos y esos dedos que van tecleando poco a poco las letras que aparecen en la pantalla del ordenador.
Giro la cabeza a la izquierda y le pregunto a la maestra de la mesa contigua si es maestra —algo absurdo, porque ya lo he deducido sin duda— y me responde que sí, de Lengua y Literatura. Aprovecho y le digo que anote un nombre: «Emilio Pascual, este señor sabe mucho del Quijote. De hecho, te diría que él y otro señor que se llama Pollux Hernúñez son de los que más saben sobre el Quijote en España. Y estoy seguro de que a tus alumnos les encantaría también leer Días de Reyes Magos, un libro estupendo de Emilio Pascual». Me da las gracias pensando vete tú a saber qué sobre el extraño que le acaba de dirigir la palabra sin venir a cuento.
La treintañera flexible se dispone a marcharse. Antes recoge las bolas de papel desechado y se mete en el único baño que hay en el Café Mansilla. Deduzco que es en la papelera donde las depositará. Me lo pone fácil para averiguar —si yo quisiera— qué ha estado escribiendo durante las casi dos horas que hemos compartido estancia y lugar. ¿Qué es lo que habrá escrito? Me vienen a la cabeza esas palabras que le he oído muchas veces a Emilio Pascual recordando a Cervantes: soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles… Ella se marcha. Yo sigo escribiendo solo un poco más.
Recogeré mis cosas, la argentina que ha leído mucho me cobrará el brunch y yo me marcharé, porque he quedado con Juan J. Colomer y ya llego tarde... Atrás quedan unas bolas de papel arrugado en las que alguien ha escrito algo sobre César Manrique y, al salir a la calle, atrás queda también la música que suena en un café.
La música que suena en un café
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). La música que suena en un café. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV152). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/02/la-musica-que-suena-en-un-cafe.html




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