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El rumor de sus pasos por la Tierra

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El rumor de sus pasos por la Tierra

Fue un 9 de febrero de 2026 cuando lo vi por vez primera. Lo tenía —si es que así se puede llegar a tener algo— en la pantalla del teléfono móvil, en uno de esos vídeos cortos que uno va deslizando rápidamente con el dedo pulgar, sin ton ni son. Me detuve —ese fue el desliz verdadero—, dejé el pulgar en el aire, y allí lo vi. Estaba sentado en una silla y sostenía la guitarra eléctrica tumbada en su regazo. Con la mano izquierda recorría el mástil como si de un teclado se tratara; con la púa en la mano derecha pulsaba las cuerdas. Y entonces surgía un sonido juvenil, ferviente y vigoroso. Lo acompañaba otro guitarrista extraordinario, Stevie, a quien yo había escuchado ya hace más de media vida. Enseguida el sonido me cautivó, su modo de tocar. Había algo fascinante y especial en él que me atrapaba y que no lograba descifrar, pero, sobre todo, me asombraba no saber quién era ese muchacho de melena rubia ni haberlo visto antes ni escuchado jamás. ¿Cómo era posible?

Los dos guitarristas tocaban una canción mezcla de blues y rock, esa Look at Little Sister que Hank Ballard escribiera sin pena ni gloria a finales de los años cincuenta del siglo XX. Ahí estaban: dos virtuosos mano a mano, aunque yo sólo conociese a uno de ellos. De repente el joven de la melena rubia se levanta de la silla y comienza a dar saltos golpeando el aire con la cabeza, frenéticamente, al ritmo de la música y de una poderosa melodía —un fogoso y audaz solo de guitarra— que mana de las cuerdas que sus dedos pisan y el plectro pulsa con enérgica precisión. Debe de tener algo más de veinte años; más joven, sin duda, que Stevie, el otro guitarrista que lo acompaña. Ambos ignoran en ese momento de inspiración artística que uno de ellos morirá en un helicóptero apenas tres años más tarde y que al otro aún le quedan veinte años más de vida hasta que se lo lleve un cáncer. En retrospectiva, dos vidas muy cortas: 35 y 41 años.

Vuelve la pregunta. ¿Cómo es posible que no lo conociese? Y después la paradoja: verlo y conocerlo en el vídeo de una actuación de hace casi cuarenta años cuando él se ha ido de la vida hace ya dieciocho. Una muerte ignorada que se evidencia ahora con nostalgia al ver esas imágenes. Y después tener que conformarme con conjeturar una vida a partir de los retazos probablemente inexactos que de ella queden. Jeff fue un hombre especial, eso es seguro, y con mucho sentido del humor a juzgar por lo que cuentan quienes lo conocieron. 

A los pocos meses de vida, le descubrieron algo extraño en la mirada. No hubo más remedio que privarle de la luz para siempre y rebanarle las cuencas de los ojos que desde entonces irían albergando las distintas prótesis oculares que disimularon su ceguera hasta que le llegó la muerte. Fue un disgusto para sus padres adoptivos, que siempre lo amaron y apoyaron. Un amor mutuo y mucho respeto. ¡No me guíes!, solía decirle Jeff al padre. Pronto empezó a tocar la guitarra que le regalaron. Y lo hizo de ese peculiar modo, con la guitarra tumbada sobre sus muslos y la mano izquierda pisando las cuerdas como si de las teclas de un piano se tratara. Entonces formó un grupo de música y luego otro… y quien dice formar un grupo dice hacer amigos, porque amigos eran los músicos que lo acompañaban. Enseguida se fijaron en aquel muchacho guitarristas afamados como Albert King y B. B. King. 

Recorrió el mundo tocando la guitarra, haciendo música. Con lo que ganaba promovía la investigación para encontrar la cura del retinoblastoma y que otros niños no corriesen su misma suerte. Y a Jeff luego también le dio por la trompeta y se casó y tuvo una hija y se divorció y se volvió a casar y le hicieron doctor honoris causa en una universidad y tuvo un hijo… Y entonces a Jeff se le extinguió la vida por el cáncer silencioso que lo había acompañado desde la cuna. Y después le pusieron su nombre a un parque y le concedieron los honores de la fama póstuma que apenas barre el polvo del olvido que los años acumulan en la memoria de las gentes.

Ahora no hago más que ver una y otra vez ese vídeo que me reveló su existencia y me trajo una vida por descubrir. No la de un hombre con un talento prodigioso que recibía aplausos, sino la de Jeff, el ser humano que supo encontrar el calor de otros para llegar muy lejos. Ese es uno de los grandes misterios de la vida: ser capaz de desplegar todo el potencial que uno lleva dentro. Detrás de ese despliegue portentoso hay personas, hay vidas… hay amor.

Allá en Ontario, una lápida en un cementerio recuerda que Jeff fue un hombre de fe en Dios, el esposo amado de Christie, el querido padre de Rachel y de Derek. ¿Qué habrá sido de sus vidas y de la de todas las personas que lo conocieron? 

En un parque de Toronto los gorriones picotean la yerba mientras los niños juegan a hacer música. Probablemente lo ignoran, pero allí dejó Jeff Healey el rumor de sus pasos por la Tierra.



Michael Thallium

El rumor de sus pasos por la Tierra


Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). El rumor de sus pasos por la Tierra. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV151). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/02/el-rumor-de-sus-pasos-por-la-tierra.html

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