
¿Qué tiene que ver la política con nosotras? Cabaret: el KitKat Klub en Madrid
Águeda
Rodríguez
Cabaret, con música de John Kander y letra de Fred Ebb, es otro de esos grandes textos que la cultura ha asumido y, sin embargo, parece no haber entendido. En todas sus producciones la crítica insiste en el carácter político del texto y el señalamiento al público: Cabaret está hecho para incomodar. No solo juzga la decadencia y las terribles consecuencias que supusieron el ascenso del partido nacionalsocialista para muchas personas, sino que sus personajes muestran las distintas actitudes al respecto; revela la ingenuidad, el distanciamiento político y la resignación que algunas ciudadanas vivieron. Desde la ingenua Sally Bowels, convencida de que las cuestiones políticas poco tenían que ver con ella, hasta la resignación de Fräulein Schneider, quien elige «sobrevivir» y evitar la persecución de los nazis en virtud de abandonar la posibilidad de una vida feliz. Un panorama histórico verdaderamente desesperanzador en el que se pretende sumergir al público por medio de una decoración inmersiva. Esta es la propuesta que llegó a Madrid el 24 de septiembre de este año gracias a LetsGo Company. Sin embargo, las más ingenuas y distanciadas son las personas que observan nostálgicas y con cierto paternalismo; sentadas en las sillas del Hotel U-MUSIC Teatro Albéniz mientras degustan ostras francesas Huitres Poget y romantizan la experiencia inmersiva, pensando que la política, en ese momento, no tiene que ver con ellas.
La nostalgia
implacable de nuestro tiempo y la saturación que está experimentando el arte,
han derivado en instalaciones de tipo inmersivo que prometen una experiencia
emocionante e irrepetible. El arte pictórico o la fotografía han sufrido
mayores daños en este sentido, pero el teatro anda haciendo malabares entre la
absoluta simulación en la que el arte propicia su propia desaparición e interesantes aplicaciones
del espacio. No podría oponerme a una estancia temporal en los escenarios de Cabaret o Mamma Mia, pero siempre cabe sospechar si consiste en
estimular las emociones o los bolsillos del público. En el caso de la propuesta
actual de Cabaret en Madrid, me inclino más por lo segundo.
Otras
producciones del musical han explorado diversas y vanguardistas escenografías,
se recuerda con especial cariño el revival
de
1993, con Alan Cumming en el papel de Emcee (MC). En ella un espejo gigante
acusatorio reflejaba al público durante la función. Mientras, Bob Fosse, en su
película de 1972, apostó por una estética sórdida y un
club decadente que traslada con honestidad la realidad del momento histórico. La propia historia pide y tiende de manera natural hacia la
oscuridad que marca al siglo XX, terrible e ingenioso.
El cabaret del
Hotel U-MUSIC Teatro Albéniz es lujoso y erótico, el escenario son las mesas
desde las que observa el público mientras el reparto se mueve con gran soltura
sobre estas. Resulta incluso impactante cuánto se opone a
la pasividad del público, hasta el punto de retar a sus actores y actrices a
bailar y cantar en tal circunstancia. Pero cuando Ranciére se postula en contra
de la pasividad de
los/as espectadores/as, no se refiere a transformarles en actor o actriz. Cabaret
en el Albéniz toma tal carácter de artificio que ni el distanciamiento
brechtiano —que tanto nutre a otras representaciones del musical— está funcionando. Como queda señalado al comienzo, lo singular de Cabaret
es el señalamiento a la ingenuidad y la pasividad, de la seducción y el hedonismo al tremendo final en el que
se retira el velo del placer y solo queda la tragedia. No se malinterprete, un
texto así puesto en escena debe tener algo de artificioso para hacer sucumbir al espectador/a a
dicho placer, pero la escenografía de Felype de Lima pausa demasiado la acción,
tanto que perjudica la inmersión en la historia.
Cabaret es escandaloso,
ruidoso, erótico y cruel, fundamentalmente, es muy cruel. El elenco,
especialmente Abril Zamora en el Emcee y Amanda Digon en el papel de Sally
Bowles, resuelve parcialmente la angustia escenográfica. Abril Zamora ofrece un
Emcee andrógino y emotivo, alternando con soltura entre la inconsciencia
ficticia y la desesperación conmovedora. Sobre todo, toma la influencia
de anteriores Emcees y explota el juego vocal de estos: canta al límite de la
imperfección técnica, buscando el desgarre emocional en el último armónico de cada nota, como ocurre en If you
could see her[i]. La Sally Bowles de Digon es estupenda;
reúne
con encanto la inocencia y el erotismo de la protagonista sin quedar
superficialmente en la sexualización de lo infantil. Vocalmente destaca, e
incluso opaca, al Cliff de Pepe Nufrio en los duetos. Su propuesta es
excelente, con gran agilidad para contrastar momentos que requieren claridad
vocal y otros que tienden a lo forzado o artificial con el fin de dibujar esa
profundidad enmascarada del personaje. Su genialidad es especialmente evidente
en uno de los números más memorables: Cabaret. Sin embargo, Maybe
this time no logra esa atmósfera de fracaso, desilusión y
pesimismo que tan bien alcanzaron Liza Minnelli (1972), Natasha Richardson
(1998) o Jane Horrocks (1993). Un número clave que pone a prueba la capacidad
de cada intérprete para dotar a su Sally de rasgos distintivos y que, en última
instancia, es el único momento en el que vemos —o escuchamos— a Sally fuera de
la dinámica y el personaje que porta dentro del cabaret.
No creo que el
fracaso del musical como propuesta artística tenga que ver con su elenco,
equipo de baile o banda, sino con la pretenciosidad de su productora y
dirección. Es difícil desfasar lo excéntrico y hortera que puede ser el
cabaret, pero no imposible, al parecer. Con un texto como el de Cabaret,
no se necesitan lujosos menús ni intérpretes sobre las mesas del público —que además son las ubicaciones más costosas—, entonces la experiencia
inmersiva es hasta paradójica: estás tan inmersa en la espectacularidad postiza
que irremediablemente tomas distancia con los compromisos ético-políticos de la historia. Solo con los números
emocionalmente demandantes vuelves a caer en la cuenta de que los personajes
están en el Berlín de la República de Weimar, marcada por la inestabilidad y la crisis económica. Irónicamente, el
texto es tan potente, en lo poético y en lo musical, que parece imponerse por
encima del desastre artificioso del Hotel U-MUSIC Teatro Albéniz. Pero la
historia de estos personajes merece una mayor delicadeza y compromiso ideológico.
Si la inmersión
artística, siguiendo la hermenéutica de Gadamer, es una manera de interpelar a
la subjetividad dinámica y conversativa del público con el fin de posicionarla
«fusionando horizontes», entonces la propuesta de Cabaret en Madrid no
es una experiencia propiamente inmersiva. Entendiendo la inmersión como un
espacio decorado intentando ser lo más honesta posible con un determinado
momento histórico para emular la presencia en dicho tiempo, Cabaret se
acerca más a esa experiencia inmersiva 360º.
Como avanzaba
anteriormente, el exceso y la falta de compromiso con la historia termina haciendo el
efecto contrario al esperado. El Kit Kat Club es un lugar de disfrute en un
mundo que se quiebra, llevándose la felicidad y la vida de muchas personas. Ese
es el motivo que provoca el hedonismo: el disfrute artificioso y desesperado
ante la ausencia del conocimiento sobre la crisis venidera. En este sentido, la experiencia es absolutamente
inmersiva: adoptamos la ingenuidad obscena de Sally Bowles al preocuparnos por
los escenarios vertiginosos y los precios del menú; sin reparar en que Sally es
una prostituta alienada, Cliff es un hombre frustrado, abusivo y manipulador; y
que el mundo de la pareja se deteriora y se pudre, llevándose cualquier forma
de placer hacia una realidad de miedo y silencio.
Con el paso del tiempo todas las historias que porta Cabaret, contenidas en unos pocos personajes, quedarán opacadas por el consumo y el espectáculo de iniciativas vanidosas y poco comprometidas con la conciencia del público. El distanciamiento, muy eficaz para una lectura crítica del musical, no existe porque todo gira en torno a un patético intento de provocar empatía sin comprometerse moralmente con la historia. El teatro musical debe ser una interacción entre texto, escenario y música; en este caso, una de ellas queda colgada, propiciando la caída de las otras dos. La espectadora, lejos de emanciparse, es una butaca más, traicionada por el exceso y el lujo solo sabe que lo que está bien, está bien, y lo que está mal, está mal. Para rematar el evento, la frase ahistórica de Sally, que a tantas personas ha condenado: «¿qué tiene que ver la política con nosotros?», se antoja casi irrisoria sentada en las sillas del Hotel U-MUSIC Teatro Albéniz. Una inmersión temporal en un escenario amoral —si es que eso existe—, en el que estás atenta a un público bougie sentado a los pies de Carmen Conesa, mientras se olvida de que la política tiene todo que ver con ella, con ellas y con la historia. Solo cabe esperar no haber formado parte de un próximo metateatro que ridiculice lo poco acertada que es esta producción del musical Cabaret, sobre todo dado el clima político de nuestro tiempo.
¿Qué tiene que ver la política con
nosotras? Cabaret: el KitKat Klub en Madrid
Águeda Rodríguez
Cómo citar este artículo: RODRÍGUEZ,
ÁGUEDA. (2025). ¿Qué tiene que ver la
política con nosotras? Cabaret: el KitKat Klub en Madrid. - Reseña
artística. Numinis Revista
de Filosofía, Época I,
Año 3. ISSN ed. electrónica: 2952-4105.
[i] Los títulos están escritos en inglés porque no
está disponible la traducción literal de la producción de Letsgo Company.

























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