
Ni relativismo ni idealismo: aclaraciones pertinentes
Algunas
de las afirmaciones hechas en las columnas anteriores (léanse aquí la primera y
la segunda) a más de una podrían olerle a relativismo. “Si las ciencias no son
mejores que otras formas del saber”, se me podría argüir, “¿realmente nos las
podemos tomar en serio?”. Rápido y corto: sí. No pienso que podamos sustituir
alegremente una forma de conocimiento por otra, y menos cuando entramos en
terrenos en los que están en juego vidas humanas (como en las ingenierías o la
medicina). Al contrario, creo que hay algo específico en cada forma de
conocimiento. Algo hace que nos podamos decantar por ella (o no) para alcanzar
un fin determinado. Y que esa especificidad no viene dada a pesar de su
carácter social (= interactivo, recordemos), sino gracias a él. En estas
columnas trataré de evidenciar de dónde proviene la bien justificada confianza
que nos inspiran las ciencias, para lo que es necesario rastrear cómo nacieron
y se articularon socialmente sus métodos, sus reglas, sus estándares,
sus instituciones, sus exigencias, sus estilos de razonamiento y escritura…
Lo
que quiero poner entre paréntesis con esta serie no es la fiabilidad o la
eficacia de estas disciplinas, sus procedimientos y resultados, sino su
necesidad. Las prácticas y los mecanismos de presentación y representación de
las ciencias naturales tienen un origen, una historia, unos condicionantes… y
es importante conocerlos para entender mejor su discreto encanto y no quedarnos
cegadas por ellos. Ahora bien, una vez que se consolidan dichas prácticas y
mecanismos, no nos los podemos saltar tan fácilmente, al menos si queremos
hacer ciencia y no otra cosa.
Aquí
la comparativa más evidente es con cualquier deporte. ¿Por qué en balonmano
puedo agarrar la pelota con las manos y en cambio en fútbol solo el portero/a
puede hacerlo, y en una pequeña área? Simplemente porque así se fueron
desarrollando estos respectivos deportes. Podía haber sido de otra manera. Pero
si hoy alguien quiere jugar a balonmano no podrá pegarle una patada a la bola y
si alguien juega al fútbol no podrá marcar un gol con la mano (a menos que sea
la mano de Dios). El hecho de que sea así es contingente, pero esa contingencia
engendra una serie de necesidades reglamentarias, prácticas. Algo similar
ocurre, de manera muy diferente y en otra escala, con las ciencias.
Con
esta aclaración espero haberme zafado de los cargos de relativista, pero
todavía pueden pender sobre mí cargos de constructivismo radical. A fin de
cuentas, ni esas apelaciones a la contingencia histórica ni el deseo mismo de
buscar factores “externos” son inocentes.
El
constructivismo puede caminar por dos derroteros distintos: uno es el
idealismo, la imposición de la mente sobre el mundo, de tal forma que se
considere al sujeto como el agente creador de todo lo que hay o, cuando menos,
de todo lo que se conoce; el otro es el constructivismo social propiamente
dicho, es decir, la injerencia parcial o plena de lo político y lo ideológico
en el conocimiento, hasta el punto de llegar a plantear que la verdad pueda no
ser más que un invento del poder.
Vamos
con el primer derrotero. Concordaría con una filósofa idealista ideal (“ideal”
porque probablemente no existe ni ha existido una filósofa que defienda un
idealismo pleno) en que no hay un “afuera” de la investigación, pero (y aquí me
separo) tampoco una total imposición humana sobre aquello que se estudia.
¿En
qué sentido no hay “afuera” de la investigación? En el sentido de que los “ingredientes”
del mundo siempre son “aderezados” para hacerlos investigables, accesibles a
nuestros medios humanos y tecnológicos. Dice Longino (2004) que en el
laboratorio: “los fenómenos naturales —demasiado grandes o minúsculos,
prolongados en el tiempo o muy breves— se transforman en elementos manejables
para su estudio” (11). A su vez, la cantidad de información, de datos, que
recibimos es siempre tan grande o tan pequeña que tenemos que trocearla o condimentarla,
respectivamente. El sujeto o grupo de sujetos, de esta forma, crea (en parte)
la evidencia relevante, que es tanto como decir que crea (en parte) el objeto
de estudio. Y lo que se considere evidencia relevante variará en función de los
objetivos, ideales científicos, intereses e incluso sesgos ideológicos.
A
todos estos factores que se deslizan en la investigación y el moldeo de la
evidencia y los objetos Longino los llama “asunciones de fondo” y, nos gusten o
no, son inevitables. Lo más que podemos hacer es fomentar: “la interacción
crítica entre esos miembros de una comunidad científica y los de otras
comunidades que intenten describir y explicar el mundo natural” (12) para que
las asunciones de fondo no se nos cuelen, sino que podamos trabajar con ellas
de modo crítico y consciente. Puede que la objetividad científica no sea otra
cosa que ese ejercicio honestidad y autorreflexividad individual y colectiva:
hacernos cargo nuestros propios sesgos e ideologías para que no influyan en el
proceso más de lo inevitable; y relacionarnos con el objeto de estudio de la
manera lo más atenta, curiosa y abierta posible.
Nada
de esto obsta para recalcar el hecho de que hay unos ingredientes del
mundo. Los objetos, aderezados o no, también tienen su elocuencia, su agencia,
literal o figurada, y nos pautan qué y cómo podemos investigar de ellos (o con
ellos). Uno puede preferir una teoría sobre los agujeros negros más
simplificadora porque considera que la sencillez es una virtud científica o
puede interpretar la conducta de los espermatozoides como más competitiva o más
colaborativa dependiendo de diferentes asunciones de género, pero lo que no
podrá nunca (si quiere hacer buena ciencia) es inventarse o manipular datos. Por
ello, solo una investigación deshonesta o errática desoirá lo que los objetos
“tienen que decir” e impondrá unilateralmente su punto de vista, si bien ese
punto de vista siempre influirá en alguna medida.
Así
pues, el conocimiento (los contenidos que resultan de una investigación y
pueden ser transmitidos y estudiados) es siempre el pacto resultante entre (i)
una comunidad humana con prácticas epistémicas concretas y (ii) algún elemento
del mundo. Ese pacto es un espacio de equilibrio entre lo que pone el sujeto
investigador y lo que pone o permite el objeto (más la mediación de
artefactos). Asistimos así a la ambigua situación de que eso que llamamos
“objetos científicos” son a la vez materiales y simbólicos; tienen “cuerpo
físico”, pero también significado. Esa ambigüedad puede resultar confusa e
incluso frustrante, pero solo en un arrebato furioso se puede tachar de
idealismo.
Es
ahora el turno del constructivismo social. Por la rendija que este retorcido
“ismo” deja abierta puede asomar la amenaza de disolución de la verdad y el
saber en un magma de intereses e ideologías. Nada me disgustaría más que ser
cómplice de una disolución así.
Para
aclarar las cosas lo mejor es echar mano de una útil distinción de Ian Hacking
entre las formas y el contenido de las ciencias. Por “formas”
Hacking entiende los a prioris histórica y socialmente conformados, las
condiciones de posibilidad de las ciencias concretas, sus prácticas y
desarrollos. En conjunto configuran un sistema reticular que estructura la
experiencia que una comunidad tiene del mundo, si bien se puede ir
transformando progresivamente desde dentro a medida que van cambiando los
diferentes ingredientes formales y van llegando nuevas experiencias.
Con
ejemplos se ve más claro: el microscopio es condición de posibilidad de la
microbiología. También lo es una sociedad higienista que se preocupa por acabar
con ciertas enfermedades y prevenir los peores males de la insalubridad urbana.
Y, como derivada de la anterior, esta ciencia precisa además que haya
institutos o departamentos de microbiología bien financiados y con respaldo
público. Es esta combinación, que se retroalimenta, de factores sociales e
históricos amplios, instituciones, programas de financiación y artefactos tan
concretos como un microscopio lo que hace posible una ciencia como la
microbiología. Y en este sentido las ciencias son manifiestamente políticas, ya
que no tendríamos los conocimientos que tenemos sin una polis bien articulada en
la que pueden conocerse según qué cosas.
Ahora
bien, una vez que, en el marco político-histórico adecuado, las investigaciones
particulares echan a andar, sus resultados, es decir, sus contenidos, ya no
dependerán de instancias políticas tan alambicadas y como mucho se pueden ver
influidas por las asunciones de fondo que comentaba en los párrafos anteriores.
Pero, como decía también arriba, la objetividad se puede lograr gracias a la
elocuencia de los objetos mismos y las herramientas de autorreflexión y
honestidad que las personas y los grupos de investigación pueden implementar.
Por lo tanto, la verdad y el saber pueden estar tranquilos, pues ninguna
ideología tiene la capacidad de barrerlos unilateralmente, aunque las verdades
y saberes que desarrollemos sí dependerán de unas formas que, espero haber
expuesto correctamente, son inextricablemente políticas (en un sentido amplio
de este término).
Sea
como fuere, el hecho de que las ciencias no puedan existir sin estos inputs
no significa que sean una materia pasiva. Al contrario, y lo veremos muy a
menudo en esta serie, las propias ciencias también tienen un papel activo en el
conjunto de la sociedad. No solo reciben estímulos sociales, sino que los
generan. Muchos conocimientos y prácticas científicas tienen en su hacer y en
su decir un gran poder performativo que va mucho más allá de los laboratorios:
Se
han multiplicado los estudios que subrayan cómo el lenguaje y el discurso
científico, lejos de mimetizar los fenómenos naturales estudiados, lejos de
copiarlos asépticamente, los fabrican o si se prefiere los reconstruyen con el
ánimo de persuadir o convencer a una comunidad (de expertos o legos, según el
caso). Es decir, el lenguaje científico hace cosas (interviene sobre la
realidad) y está dotado de los mismos aspectos comunicativos que cualquier otro
lenguaje. Es un lenguaje, en este sentido, poético y retórico (Pimentel, 2010: 421).
Las
ciencias son tanto un producto como productoras de nuestras sociedades. Así
pues, siguiendo una lógica co-produccionista, debe quedar claro que las
ciencias hacen al tiempo que son hechas.
Una
cita, de nuevo de Longino (2004), permite sintetizar lo que se ha venido
diciendo hasta ahora: “las comunidades construyen el saber mediante la
interacción con el mundo y a través de interacciones discursivas y sociales que
dan lugar a la crítica, el reto y el consenso” (13). A lo que cabría añadir: y
una vez construidos, esos saberes contribuyen a construir otras facetas de sus
respectivas comunidades.
Bibliografía
LONGINO,
HELEN. (2004). Reflexiones filosóficas sobre la ciencia de laboratorio. Clepsydra
3, 9-23
PIMENTEL, JUAN. (2010). ¿Qué es la historia cultural de la ciencia? Arbor 743, 417-424 doi: 10.3989/arbor.2010.743n1206
La
idea de una naturaleza dual, material y simbólica, de los objetos científicos
proviene del libro de Lorraine Daston Things that Talk: Object Lessons
from Art and Science. La mención a un sistema reticular está inspirada en
una idea similar en la obra de Larry Laudan Science and Values: The Aims of
Science and Their Role in Scientific Debate. Los comentarios acerca de la
objetividad científica están altamente inspirados por la filosofía de la
objetividad fuerte de Sandra Harding, además de los aportes de la ya mencionada
Longino o Donna Haraway y su mítico “Conocimientos situados”, aunque la persona
que más ha hecho por ubicarme en estas estelas es la amiga Lucía Ortiz de
Zárate. El concepto de “espacio de equilibrio” lo tomo prestado de Vinciane
Despret, que lo desarrolla en su hermoso libro La danse du craterope ecaillé.
Las formas de Hacking quedan expuestas en ¿La construcción social de qué?
Por último, la madre del pensamiento co-produccionista es Sheila Jasanoff. Un
buen libro para meterse en harina es States of Knowledge. The Co-Production of Science and the Social Order, editado por la propia Jasanoff.
Cómo citar este artículo: VERDE ORTEGA, PAVLO. (2026). «Historia sucia de las ciencias - Ni relativismo ni idealismo. aclaraciones pertinentes». Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CM54). ISSN ed. electrónica: 2952-4105.




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