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Historia sucia de las ciencias - Introducción: Por qué ciencias, por qué sucia y por qué historia

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Introducción: Por qué ciencias, por qué sucia y por qué historia

Tras varios meses en el invernadero me propongo reactivar esta columna, aunque sea intermitentemente, con una serie de duración indeterminada sobre historia social de las ciencias. Me enfocaré sobre todo en lo que hoy clasificamos como ciencias naturales y sus antecedentes, con algunas alusiones recurrentes a las ciencias sociales y las humanidades. ¿Por qué esta fijación con las ciencias naturales?

Hay que reconocer que en el período que estudiaré (más adelante especificaré cuál es ese período) eran muchas las formas de conocimiento y distribución de información existentes y muchas más las que se fueron creando, y probablemente en aquella época nadie habría dicho que fuesen inferiores o menos fiables que la filosofía natural que desembocaría en las ciencias (naturales) contemporáneas. Sin embargo, resulta mucho más fácil asumir, incluso ahora que la academia tiende a uniformizarse en fórmulas cuantificables y un estilo de escritura “neutro” para hacerse más “científica”, que las disciplinas humanísticas, la información bursátil o la inteligencia del aparato estatal, son conocimientos, pero con una historia y unos intereses concretos. No resulta tan evidente esto con respecto a las ciencias naturales, que muchas personas siguen viendo como una fuente de autoridad inmutable y casi inapelable, al punto de que la expresión “está científicamente demostrado que…” equivale a menudo a zanjar una discusión. Y es esa singular autoridad la que me interesa.

Por ello, a pesar de la indudable importancia de cualquier forma de conocimiento, solo mencionaré asuntos “no científicos” en la medida en que se cruzaron en el camino “científico”. No obstante, saldrán a la palestra muchos nombres que hoy estudiamos como filósofos/as, humanistas o literatos/as o incluso religiosos/as, no como científicos/as (o no solo). Esto será así porque las delimitaciones disciplinares que tan claras nos resultan en la actualidad no se desarrollaron hasta bien entrado el siglo XIX, por lo que todo lo que vino antes a duras penas encaja en estas categorías.

Así pues, el objetivo de esta historia será apreciar cómo un conjunto de conocimientos más o menos fiables, pero en ningún caso superiores al resto, llegaron a convertirse en la forma por defecto de estudiar el mundo, generando un monocultivo cultural según el cual todo aquello que no sea ciencia será visto como “inferior” a la ciencia o deberá cientifizarse para ganar legitimidad.

***

Llegados a este punto conviene aclarar algunas cosas acerca de los principales términos de la ecuación que da título a la serie: “historia”, “sucia” y “ciencias”. Lo haré en orden inverso.

No me valdré de ninguna definición normativa de ciencias (naturales) en particular. Más bien opto por una caracterización sociológica y casi ostensiva: ciencias naturales es lo que hacen estas personas, en estas instituciones y lugares, en estos momentos históricos. Sus antecedentes son lo que hacían estas otras personas, en estas otras instituciones y lugares, en estos otros momentos históricos. Minimalista, sin duda. Incluso cutre y puede que equívoca, pues “ciencia” no es un término inocente; está cargado de valores y en disputa constante. Pero espero que sirva para entendernos a grandes rasgos. Ya iremos diseccionando las complejidades a posteriori.

Vayamos a por “sucia”. Esta historia se desmarca de las narrativas hegemónicas (“limpias”) de las ciencias, según las cuales el conocimiento científico posee una capacidad milagrosa para conocer las estructuras absolutas del mundo. Capacidad, además, que no se ve alterada nunca (o apenas) por los factores contextuales. Las ciencias deben explicarse y entenderse siempre por sí mismas y cualquier influjo “externo” será siempre una injerencia, una mancha, que corromperá la pureza científica. No digo que esta concepción mitológica tan exagerada sea defendida por nadie en particular, aunque seguro que podemos encontrar ejemplos en la historiografía y la filosofía, pero basta con abrir un libro o ver un documental de historia de las ciencias para encontrarse con explicaciones que dan por hecho algo muy parecido.

Por el contrario, una historia sucia es una historia social. No hay que entender este término necesariamente como “político” o “ideológico” (aunque las epistemólogas feministas han mostrado cómo la ideología puede repercutir en la investigación científica, a menudo para mal, a veces para bien), sino como interactivo. Como cualquier actividad humana, las ciencias se desarrollan merced a las interacciones entre personas con cuerpo situadas en espacios concretos: primero, dentro de las propias comunidades científicas. Luego, entre personas de ciencia y otros actores, como los gerentes de las instituciones donde se investiga, los gobiernos que las financian, la sociedad civil que disfruta o sufre los hallazgos científicos… A lo que podríamos añadir las interacciones entre científiques y artefactos (microscopios, aceleradores de partículas), otros seres vivos o sistemas complejos como el clima. Desde una perspectiva “sucia”, todas estas interacciones encarnadas y situadas son significativas. Al igual que cualquier interacción no científica, las ciencias, en cuanto producto interactivo, están atravesadas por reglas que influyen en la forma en que las practicamos y en los conocimientos que se producen. Por ello, el contexto histórico importa, pero también los espacios concretos, la relación entre estos espacios y los espacios alrededor, etc. Pero mejor que yo se expresan en esta larga cita Marie-Noëlle Bourguet, Christian Licoppe and H. Otto Sibum (2002):

Al hacer hincapié en la encarnación del conocimiento, deseamos distanciarnos firmemente de cualquier forma de idealismo en la que el conocimiento, en particular el científico, se desarrolle de forma continua y se imprima en las mentes de quienes están expuestos a él por la mera fuerza de las verdades que pretende desentrañar. Pero también deseamos evitar las trampas del determinismo material. El uso de las cosas en la práctica no es ni aleatorio ni determinado, ni tampoco lo es el conocimiento que de él se deriva. Siguiendo una tradición que concibe la cognición como una actividad encarnada, consideramos, por tanto, que los cuerpos, los dispositivos y los instrumentos están repletos de ayudas y medios habilitadores que guían la forma en que los captamos sin predeterminar nuestros gestos. Están incrustados en procedimientos, rutinas y conocimientos, que guían sin prescribir por completo la forma en que los utilizamos. Nos alejamos deliberadamente de un concepto estático de conocimiento intelectual desmaterializado hacia una concepción del conocimiento que implica un proceso dinámico de emergencia y desarrollo. Desde la perspectiva del carácter encarnado del conocimiento, su lugar, especialmente las acciones que allí se realizan, está indisolublemente ligado al conocimiento creado (6).

      Para no alargar demasiado esta columna, concluyo aquí y dejo la definición del tercer término, “historia”, para la próxima.

 

Referencias

Bourguet, Marie-Noëlle; Licoppe, Christian y Sibum, H. Otto. (2002). “Introduction” en Instruments, Travel and Science. Itineraries of Precision from the Seventeenth to the Twentieth Century. Routledge.

La expresión "monocultivo cultural" la extraigo de Javier Ordóñez en sus conferencias sobre ciencia y tecnología. La concepción de lo social como interactivo se la debo a Helen Longino en su magnífico The fate of knowledge

Cómo citar este artículoVERDE ORTEGA, PAVLO. (2026). «Historia sucia de las ciencias - Introducción: Por qué ciencias, por qué sucia y por qué historia». Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CM52). ISSN ed. electrónica: 2952-4105.

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