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Un español chino por accidente

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Un español chino por accidente

Vamos a ver. Me resulta muy difícil explicarlo. Y mira que le he estado dando vueltas. A quien se lo cuente no va a creerlo y tampoco tendría que reprocharle nada a nadie por no creerme. El caso es que caminando por el polígono industrial de Cobo Calleja, en el municipio de Fuenlabrada, me sucedió algo asombroso, inaudito, increíble. El resultado es una disociación de personalidad que me tiene más aislado que a Beethoven cuando se quedó teniente. Lo único que a él le dio por componer obras maravillosas y yo no sé adónde me llevará mi aislamiento. Y créeme si te digo que si ahora estás entendiendo esto que escribo es por arte de birlibirloque o de milagro. Decía que andaba caminando por Cobo Calleja —sí, ya sé que resulta extraño andar caminando por un polígono industrial donde imperan el asfalto y las estructuras de hierro y donde pocos caminos se ven— y, absurdamente, le iba dando vueltas en la cabeza a la música del Mandarín maravilloso de Béla Bartók. He empleado el adverbio ‘absurdamente’ porque, ¿quién va andar pensando en la música de un húngaro por Cobo Calleja? Quien no haya hecho cosas absurdas alguna vez —parafraseando a Jesús, el de Nazaret—, que tire la primera piedra. En fin, que yo iba absorto y sin prestar atención a esas preciosas calles abarrotadas de automóviles y camiones. De repente, sentí un golpe muy fuerte y una grande conmoción. Sobre la cabeza se me cayó una plancha de acero de unos 200 kg. No me la aplastó porque soy de cabeza dura —vamos, que ni el Pachycephalosaurus de Parque Jurásico me gana a cabezota—, aunque el dolor me dejó en blanco y tirado en el suelo unos cuantos minutos: por muy reforzados que tenga los huesos del cráneo, 200 kg a plomo son muchos kilos.

El asunto es que cuando recobré la consciencia me vi rodeado de chinos —supongo que mandarines— que me miraban con pasmo. A mi lado estaba la plancha de acero abollada y su propietario lamentándose y llevándose las manos a la cabeza, maldiciendo por el estropicio que había arruinado la lisura de su acero maravilloso. Me toqué la cabeza, y aunque aún sentía tremendo dolor, vi que no había derramado ni una gota de sangre y que tampoco tenía ninguna brecha. Nada. Supuse que el chichón haría aparición más tarde, porque desde luego el golpe fue de la hostia: tremendo guamazo, mamonazo enorme. Al incorporarme, noté que los chinos se asustaban y se echaban, temerosos, hacia atrás. Conjeturé que quizás el golpe me había deformado la cara y convertido en un monstruo. Así que enseguida le agarré el móvil a una china que estaba grabando un baile K-Pop para TikTok y comprobé que no, que el rostro lo tenía perfecto, ni un rasguño. Sin embargo, a cada paso que daba los chinos se apartaban con cara de miedo. A mí lo que más me llamó la atención no era que se apartaran, sino que todos ellos hablaran perfectamente español. «A ver, espera, no es posible. Los chinos no hablan tan bien. Aquí está pasando algo muy raro…»

Y vaya que si estaba pasando algo muy raro. Ya escribí al principio aquello de la disociación de personalidad… No caí en la cuenta hasta pasados unos minutos. No eran los chinos que de repente hablasen un perfecto español, sino que era yo quien hablaba un impecable mandarín y no solo eso, pues más tarde he descubierto que también hablo Wu, Yue, Min, Gan, Xiang, Hakka y Huizhou. Sí, sí. Tal cual. 

El golpe debió de cambiar algunos circuitos neuronales y aturdir algunas sinapsis en favor de otras. Entonces fui yo quien se asustó. Y el pasmo en mi rostro debió de delatarme ante los chinos que me rodeaban, porque se relajaron un poco. Pude comprobarlo cuando le arrebaté a uno de ellos un ejemplar de El romance de los Tres Reinos —conocido es que todo chino que se precie lleva uno debajo del brazo o del Libro Rojo de Mao Zedong— y me puse a leerlo en voz alta. Me entendían perfectamente y yo jamás había aprendido ni estudiado chino. A mí el chino me había sonado toda la vida a eso: a chino. Y, sin embargo, ahí estaba yo, leyendo en voz alta y, por la reacción de quienes me escuchaban, no lo debía de hacer muy mal, porque se quedaron embelesados.

El momento verdadero de toma de conciencia de mi insólita disociación llegó cuando apareció un coche de policía con dos agentes españoles que empezaron a hablar en un idioma que a mí me sonaba a chino, quiero decir que no entendía ni papa de lo que decían. Supongo que creían que me estaba cachondeando de ellos. Cada vez que abrían la boca, a mis oídos les sonaba algo así como: «@%$Ç\ß∫π]¬”#€¥®æ~µ∑®æΩ*^». Y cuando yo abría la mía, a ellos debería de sonarles algo por el estilo: «æΩ*^®æ~µ∑π]¬”#€¥®\ß∫π]@%$Ç». No daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Entonces, se me ocurrió pedir papel y bolígrafo a uno de los chinos que andaba por allí  —la china de los vídeos de TikTok se había cambiado de acera para seguir con el baile— y me puse a escribir. La situación era de lo más absurda. Comprendí que si yo decía algo, de mi boca solo salía el chino, pero cuando escribía, afloraba el español, de tal guisa que allí estaba yo hablándoles a los agentes en chino y a la par escribiendo en español. Logré hacerme entender…

Jamás hubiera pensado que el origen de mi mal fuera este polígono industrial que un empresario y constructor berciano —de orígenes humildes según cuentan—, Manuel Cobo Calleja, fundó allá por los años 70 del siglo pasado. Era el padre de un conocido político que muchos años más tarde llegó a ser vicealcalde de Madrid durante dos legislaturas.

Ahora, mientras lees estas palabras, me estás entendiendo, pero si yo intentase reproducirlas, si pudieras oír mi voz, no entenderías nada, porque cuando leo un texto en español, me sale la traducción automática al chino y sin esfuerzo. Me he transformado en una suerte de Google translator de carne y hueso. Si quiero que me entiendan en chino, no tengo más que hablar; si en español, escribir. Estoy condenado a hablar con los chinos, pero jamás podré escribirles a no ser que utilice alguna aplicación que me traduzca al chino por escrito. Y ya sabemos que en la traducción se pierden esas sutilezas del lenguaje de quien domina un idioma. Y eso que no he mencionado otra transformación aún más asombrosa: desde que abollé el acero, solo sé cantar y reconocer la escala pentatónica. Ya no disfruto de las obras de Bach, Beethoven, Brahms, Bartók ni Britten; tampoco de la mayoría de la música pop occidental… quizás un poco el blues. Ahora solo aguanto el gagaku y el yayue. Sé que pensarás que esto es un cuento chino, pero no. Es la triste confesión de un español chino por accidente que dejó una plancha de acero de 200 kg abollada en el polígono industrial de Cobo Calleja.


Michael Thallium

Un español chino por accidente



Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Un español chino por accidente Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV163). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/05/un-espanol-chino-por-accidente.html

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