

Yo viví un sueño
Ya ni siquiera les doy el cambio. Hay una máquina que lo hace por mí. Se parece a una máquina tragaperras. Metes un billete y te devuelve el cambio según lo que hayas comprado. Si introduces el importe exacto en efectivo, no hay devolución. La mayoría de clientes pagan con tarjeta. Alguna señora mayor sigue pagando en efectivo y saca las perras para comprar el pan, alguna tarta o invitar a algún nieto a tomar un pastel o cualquier golosina. La máquina que devuelve cambio la instalaron los dueños de la franquicia para evitar que los empleados sisemos la caja. Me he convertido en una simple expendedora de pan, palmeritas de chocolate, tartas, comida precocinada, huesitos de santo en noviembre, torrijas por Semana Santa, dulces varios… Trabajo en una panadería, pastelería y cafetería. Tres en uno y mucho más. Ahora también vendemos smoothies de açaí, el fruto de una palmera que se ha puesto muy de moda: licuados de azaí. Antes éramos nosotras quienes devolvíamos el cambio. A mí me da igual, un problema menos para cuadrar la caja. Llevo trabajando aquí casi dos años. Cosa rara, porque por aquí han pasado un montón de compañeras: trabajaban un mes o dos y desaparecían. Mucha rotación de personal. Yo soy una excepción. Me he acostumbrado.
Mi vida no siempre ha sido así. Quienes me vean detrás del mostrador jamás pensarían que he dado dos veces la vuelta al mundo. Tampoco saben que soy licenciada en físicas. Me especialicé en física teórica. Eso fue hace más de veinte años. Tengo 43. No fui mala estudiante. Y muchos amigos ahora me dicen que por qué no oposito para profesora en algún instituto o colegio, que de funcionario tienes un buen sueldo. No tengo ninguna gana. Me gusta la enseñanza, pero no el encorsetado sistema educativo que, en el fondo, me resulta cada vez más pobre en todos los sentidos.
No sé por qué terminé estudiando Físicas. Bueno, sí lo sé. Una parte de mí tiene una mente científica, muy analítica. De la física me gusta la teoría, la parte filosófica. Conocer el porqué de las cosas materiales… Pero otra parte de mí siempre ha estado sumergida en la arquitectura, en el arte, en la literatura, en las letras. Me encanta la pintura. Hubo un tiempo en que pinté e hice mis pinitos. Ahora ya no pinto nada. Literal y metafóricamente.
Hace siete años, decidí dedicarme a la literatura. He escrito algunos libros de ensayo, algún que otro poemario y un par de novelas sin éxito comercial. Yo creí que podría vivir de la literatura. Y durante cinco años me dediqué a ello consumiendo mis ahorros. Vida de bohemia. Hice y viví la vida que quise, rodeada de arte y letras. Cuando terminé mis ahorros viví de prestado: mis padres, mis amigos. Se me pasó por la cabeza vender el piso que tengo en propiedad, pero mi mejor amiga me advirtió: ¡ni se te ocurra! Le hice caso. Cuando la situación ya se hizo insostenible, decidí ponerme a trabajar en algo que me diera ingresos regulares y rápidamente. Vi el anuncio de la franquicia, envié mi currículo mintiendo. ¡Qué les importaba a ellos si había escrito tal o cual libro, si era licenciada en Físicas o si había recorrido buena parte del mundo! Una fracasada si terminas trabajando sirviendo cafés, tartas, pasteles, dulces y pan. Así que no dije nada más que necesitaba un empleo.
Ahora al menos tengo unos ingresos regulares, no muy abundantes, pero suficientes para ir devolviendo poco a poco lo que les debo a mis amigos y familia. Quizás algún día conozca a alguien con quien hacer algo más que echar un polvo. Ya cada día me da más pereza. He aprendido a disfrutar de pequeños placeres cotidianos: tomar unas cervezas en el barrio con amigos que se quejan de la vida y de que no llegan a fin de mes, ir alguna vez al cine o al teatro, planear unas minivacaciones anuales y poco más.
Ya no tengo que andar preocupándome por pensar cómo llego a fin de mes porque no me hacen encargos y no tengo que andar buscando clientes cada dos por tres. Ahora los clientes —aunque no sean propiamente míos, sino de la franquicia—, vienen a mí y si no vienen no tengo que preocuparme. Con que me paguen la nómina me basta.
Yo viví un sueño durante cinco años, pero luego desperté. Solo me gustaría encontrar a alguien a quien verdaderamente entregarme, a alguien que vea más allá de la mujer que despacha detrás de un mostrador, que ya ni siquiera devuelve el cambio. Alguien a quien amar, que me ame, a quien susurrar amor, que me susurre amor, que se entregue a mí… Alguien que sea mi agujero negro para convertirnos en antimateria, en un universo paralelo, en otra dimensión. Muchos lo ignoran, pero yo recorrí el mundo. Yo viví un sueño.
Michael Thallium
Yo viví un sueño
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Yo viví un sueño. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV164). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/05/yo-vivi-un-sueno.html




Esta revista está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional























.png)

No hay comentarios:
Publicar un comentario