

El tesoro del idiolecto mío
Hay cosas para las que aparentemente resulta fácil ponerse de acuerdo; si no, la historia de la humanidad habría durado cuatro días, que son en realidad los que llevamos en la faz de la Tierra si tomamos como referencia los más de 4.000 millones de años de antigüedad que tiene el planeta que habitamos. Si digo perro, más o menos todo el mundo está de acuerdo en identificarlo como un mamífero doméstico de la familia de los cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos, según las razas, que tiene olfato muy fino y es inteligente y muy leal a su dueño. Lo mismo ocurre con gato o manzana o naranja o bicicleta o flor o río o mar. La lista es larga. El conflicto llega cuando descendemos al detalle. Y el asunto se complica mucho más si abordamos conceptos filosóficos o abstractos como alma y espíritu. Y si hablamos del concepto de dios, ¡ni te cuento! Dile tú a un cristiano, musulmán o judío —-las tres religiones monoteístas más extendidas— que su dios es el mismo y que viene del arameo, y que Alaha —sí, pronunciado casi como alaja, aunque no tenga nada que ver con una joya ni con adminículo decorativo alguno— en arameo se tradujo al hebreo como Elohí, al griego como Theos —la palabra que designaba al dios mitológico Zeus—, Deus en latín y Alá en árabe: todos el mismo alaha, aunque por conveniencias políticas, de supervivencia o de conquista, cada uno lo llama a su manera para poder aniquilar al de enfrente sin remordimientos. Y eso que no he introducido el God inglés que viene del Gott alemán y este a su vez del indoeuropeo.
Uno ha de andarse con ojo para no herir susceptibilidades, especialmente ahora cumplido el primer cuarto del siglo XXI en el que por menos de nada algún exaltado se te echa encima y te fulmina con rayos y centellas. Porque cuando tocas las creencias de las personas, les tocas algo muy hondo… Pero es que hondo es el lenguaje, la lengua, el idioma. Ni siquiera en eso del idioma vamos a ponernos de acuerdo. Me explico. Nací en una región del mundo —en el centro de España, en Madrid para ser exactos— en la que pronunciamos la c como la z antes de e y i, y la distinguimos de la s —es decir, que casa y caza suenan distintas—, y pronunciamos las s finales de las palabras. O sea que, para bien o para mal, pronunciamos todas las letras y las distinguimos del resto de muchos cientos de millones de personas que no lo hacen. ¿Cuál es el modelo de pronunciación? ¿El mío —que hablamos menos de treinta millones de personas en el mundo— o el del resto de 490 millones de hispanohablantes? Pues, ¡qué quieren que les diga!, ya que pronuncio distintamente todas las letras —me da igual que la RAE diga que la b y la v se pronuncian igual—, tomo como referencia mi propio modo de hablar, que me ha costado más de cincuenta años crearlo. No lo impongo, eso sí, que el mundo no está hoy para imponer nada, aunque algunos no hagan más que imponer e imponer: impuestos, guerras, religiones, ideologías… Y barrunto que con el empleo de internet —con el abuso de la mal llamada inteligencia artificial y el empobrecimiento del vocabulario— y la interconexión entre hablantes —no ya solo de español, sino de cualquier otra lengua— terminaremos por desaparecer, me refiero a los que pronunciamos distintamente todas las letras del abecedario. Seremos una rareza casi ininteligible para los futuros hablantes, como nos ocurre a nosotros si escuchásemos —algo del todo imposible, porque no hay registro sonoro— el ladino de hace quinientos años.
Ciertamente, lo único de lo que puedo estar seguro es de lo propiamente mío, sin pontificar. ¡Quién soy yo para imponer ninguna norma! Pero, ¡ojo!, que tampoco me las impongan a mí absurdamente. Solo esto puedo hacer: estudiarme a mí mismo, el vocabulario que empleo, el modo en que hablo, en que pronuncio, y también en que escribo. Si me esmero, daré con mis propias normas y, como todo creador que crear quiera, conociendo bien mis normas, mis reglas, podré saltármelas conscientemente para crear el arte efímero de mi vida. ¡Qué privilegio ser consciente de ello, aunque solo pase en un suspiro!
Yo me iré y conmigo se irán por siempre mis letras y mis sonidos, esos que a nadie más importan: el tesoro del idiolecto mío.
Michael Thallium
El tesoro del idiolecto mío
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). De las cosas que perdí y no me acuerdo. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV155). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/03/el-tesoro-del-idiolecto-mio.html




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