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Y, sin embargo, Antonio Cabrera ha muerto

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Y, sin embargo, Antonio Cabrera ha muerto



Me pregunto qué habrá sido de Adelina. Su padre le dedicó un libro en 2008 y también en otra edición, más pulida y cepillada, de ese mismo libro diez años más tarde. Esa dedicatoria es la que acabo de leer y por eso sé que Adelina existe, aunque no la conozca y solo sepa su nombre: «A mi hija Adelina, que me lee el pensamiento». El título está inspirado en un verso del poema De otoño de Rubén Darío: la labor del minuto y el prodigio del año. ¿Qué habrá sido de ella? De su padre apenas sé el nombre y que escribió algunos poemarios. Incluso hasta ayer no sabía siquiera de su existencia. Me lo nombró mientras comíamos Ángel Luis Prieto de Paula, quien tiene una habilidad prodigiosa para recordar nombres y fechas de nacimiento, versos y poemas enteros. Comíamos con Luis T. Bonmatí y nombró a Antonio Cabrera. Dijo que era un excelente poeta y contó el inocente incidente —que al morir Antonio Cabrera en 2019 los medios resumirían como accidente: «ha muerto después de dos años de lucha contra una grave lesión medular tras un accidente en el año 2017»—, que terminó costándole la vida y por el que padeció una muerte horrible. «Antonio Cabrera, 1958», dijo. Yo pegué bien el oído y me quedé con el cuento de que Cabrera había escrito un libro de haikus hermosísimo sobre pájaros. Eso fue en Alicante, mientras comíamos. Luis y Ángel son muy buenos amigos y acaban de traducir alalimón en endecasílabos De rerum natura de Lucrecio. Los años, la vida y, sobre todo, los endecasílabos unen mucho.

Al día siguiente, ya en Madrid, quise encontrar el poemario sobre los pájaros del que hablaba Ángel: Tierra en el cielo. Inencontrable. Suele ocurrir que los buenos libros, los buenos de verdad, están descatalogados o su distribución es muy deficiente, lo cual llama muchísimo la atención teniendo en cuenta la exitosa bazofia literaria que puebla los escaparates de las librerías y las estanterías de los grandes almacenes. Pero, en fin, los libreros y las editoriales tienen también que vivir de algo; e igualmente los escritores de moda que viven más de lo que hablan y dicen que escriben que de lo que realmente escriben. Libro producto, escritor producto, lectores consumidores… 

Como no pude hacerme con los haikus de pájaros, me conformé con dos poemarios publicados por Visor y una antología de Renacimiento que encontré en La Mistral: En la estación perpetua, Con el aire y Montaña al sudoeste. Luego me fui a la Antonio Machado del Círculo de Bellas Artes —el bibliómano no desiste fácilmente al igual que el yonqui persigue su dosis— y encontré uno en prosa publicado por Pepitas, una editorial con menos proyección que un cinexín: El minuto y el año.

Ahora tengo los cuatro libros sobre mi mesa y he decidido empezar por el de prosa. Suele ocurrirme que a los poetas los leo antes precisamente por lo que menos se les conoce. Me ocurrió con Ramón García Mateos, cuyos dos primeros libros que leí fueron en prosa —Comer, beber y contar y Cuando el mundo se llamaba Cerralbo—, o con Tomás Sánchez Santiago —Calle Feria—. Abrí El minuto y el año. Leí la nota del autor a la edición de 2018 en la que Antonio Cabrera decía que había revisado a fondo la escritura tratando de eliminar impurezas y grumos expresivos y que también había eliminado nueve fragmentos que a su oído le habían parecido prescindibles; leí la nota del autor a la edición de 2008 donde explicaba que las prosas ahí reunidas se escribieron entre octubre de 2003 y septiembre de 2006 y que en ellas se habla de encuentros con instantes y objetos cotidianos, de clases de luz y situaciones meteorológicas, de plantas y animales o de sucesos en segundo plano, en definitiva, del triunfo constante de lo real más inmediato y presente; leí la dedicatoria a Adelina, ¿qué habrá sido de ella?; leí el verso de Rubén Darío; y leí la primera de las prosas, El laberinto de las setas. Y entonces llega uno a una conclusión: los buenos poetas, da igual lo que escriban, si en prosa o en verso, escriben bien siempre. En apenas dos páginas he podido comprobarlo y entonces me pregunto qué delicia y qué hondura me esperarán en esos tres poemarios que aguardan mi lectura y que yo estoy deseando leer: En la estación perpetua, Con el aire y la Montaña al sudoeste. «Ah: pobre hombre, qué muerte tuvo», me responde Ángel Luis Prieto de Paula cuando le envío una foto de mis nuevas adquisiciones. 

Abro las alas de la imaginación y emprendo el vuelo. Surge el angor vital y una pregunta me acecha: ¿qué haría yo si me viera algún día postrado y sin poder moverme, sin poder hablar, apenas sensitivo? ¿Qué me mantendría vivo? El amor. El amor aun no pudiendo ser correspondido. Y entonces se me ocurren unos versos:

Si me quedara sin voz,

sin poder moverme,

sin poder mover mis labios ni mis manos,

y que mis dedos no pudieran ya escribir palabras…

La única poesía que me quedaría

sería la de tus besos;

una caricia, tu mirada,

la ternura,

el amor que tú me dieras, 

que me leyeras el pensamiento

aún sin con una sonrisa 

poder responderte siquiera.

¿Qué habrá sido de Adelina? ¿A quién le leerá ella ahora el pensamiento? Es de noche. Debería de estar durmiendo hace ya largo tiempo. Me acompañan el insomnio y el ensueño de hablar con un poeta vivo… Y, sin embargo, Antonio Cabrera ha muerto.


Michael Thallium

Y, sin embargo, Antonio Cabrera ha muerto

Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Y, sin embargo, Antonio Cabrera ha muerto. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV150). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/02/y-sin-embargo-antonio-cabrera-ha-muerto.html

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