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Buscadme allí donde haya un canto y una voz

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Buscadme allí donde haya un canto y una voz



Siempre que entro a un auditorio, a un teatro, a un salón silencioso donde haya habido música o la voz de un ser humano, me pregunto dónde se fueron las melodías que hubo, esas que los oídos escucharon alguna vez. ¿Se habrán quedado pegadas en las paredes como el barniz o la pintura? Son como la nieve que cae ligera y lo cubre todo y lo tiñe de blanco y luego se funde y desaparece; ampos, ligeras plumas blancas de las alas del cielo, efímeras. Pero la nieve cae y la música asciende, sube como el humo, en volutas sonoras, y después se desvanece para solo quedarse, fragmentada, entre el recuerdo y el olvido: la nieve en el recuerdo que proporcionaron los ojos; las melodías en el que proporciona el oído. Una sumida en la tierra; las otras surcando el aire. Y la constante amenaza del olvido.

¿Dónde están ahora? ¿Dónde el recuerdo de quienes las escucharon? Ahora que todo está en silencio y miro esos muros, esas paredes que las albergaron, ¿dónde quedan las emociones que despertaron? ¿Dónde están esas melodías, esas preciosas voces conjuntadas en hermosas armonías, en contrapuntos juguetones, en ritmos vivos, en sosegadas polifonías? ¿Se habrán ido rodando en la lágrima emocionada de alguien que las escuchó? Si así fuera, buscadme en la lágrima, seguid su rastro en las mejillas, rompedla y que mane la música.

¿Y dónde están también aquellos aplausos con que las recibieron? Entre estos muros, ahora el silencio; en ese escenario, no hay nadie ahora. No hay gentes ni cuerpos ni almas. Solo la presencia inánime  de los objetos y de ocho atriles y de la tenue luz que los cubre y los ilumina. ¿Dónde están esas voces blancas que cantaron canciones de William Byrd y de Thomas Tallis? Y si miro atrás y traspaso estos muros buscando el recuerdo ancestral de aquella primera voz humana que le cantó a un recién nacido dándole abrigo y descanso —sí, aquella primera voz tuvo que ser la de una mujer, la prístina voz femenina—, me remonto al origen de todo: el amor y la humana vida. Y luego esa voz se unió a otra y luego llegaron más. Cantaron las hembras, cantaron los varones. Mujeres y hombres se conjuntaron. Alguna quedó afónica y enigmática en el epitafio de Sícilo; otras llegaron en el regazo de la tradición. Y después vinieron más gentes que les dieron forma: Otfrido de Wissenbourg, Casia de Constantinopla, Notker el Tartamudo, Germán el Contrahecho, Hildegarda de Bingen, Léonin, Perotín… Y pasaron los años y los siglos, los gustos y las formas: Walther von der Vogel, Alfonso el Sabio, Guillaume de Machaut, Oswald von Wolkenstein, Guillaume Dufay, Johannes Ockeghem, Josquin des Prez, Juan del Enzina, Tallis, Cipriano de Rore, Palestrina, Lasso, Byrd, Victoria… Tantas almas, tantos cuerpos… tantas voces. Las voces milenarias y las melodías de los siglos. 

Y ahora aquí, ante este escenario vacío, frente a esos ocho atriles inánimes, entre estos muros, buscando infructuosamente el rastro de sonidos pretéritos en las capas de barniz y de pintura, en los poros de las maderas… Silencio y apenas un poco de luz.

Se abren las puertas y yo me desvanezco en el aire. Las luces iluminan el patio de butacas y los anfiteatros. Desaparezco. Comienzan a entrar los seres humanos, con sus ojos y sus oídos y van ocupando los asientos, llenando la estancia con el rumor de sus voces, impregnándolo todo de humanidad. Todos quieren ver y escuchar esas ocho voces de las que solo está el anticipo de los ocho atriles vacíos sobre el escenario. La espera evidencia la impaciencia de un público que aguarda a los artistas. Las luces del teatro comienzan a mitigarse; se atenúan para alcanzar la penumbra… Y entonces vuelve el silencio. De entre la cortina de un lateral, van saliendo, acompañados por los aplausos, cuatro mujeres y cuatro hombres, las hembras y los varones milenarios, ocho voces que ocupan los ocho atriles. Se hace el silencio y cantan las voces.

Ahora no tenéis que buscar más las melodías entre el barniz y la pintura. Están ahí envolviéndoos. Ascienden como volutas, como si la nieve cayera hacia arriba y las lágrimas no rodasen por las mejillas. Nadie me ve, pero todos me sienten. Si queréis encontrarme, buscadme allí donde haya un canto y una voz.



Michael Thallium

Buscadme allí donde haya un canto y una voz




Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Buscadme allí donde haya un canto y una voz. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV149). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/01/buscadme-alli-donde-haya-un-canto-y-una.html

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