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Sobrinos

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Sobrinos

Yo tengo uno, y seguro que ya no tendré más. Me refiero a sobrinos tal y como hoy se entiende la palabra sobrino, a saber: hijo del hermano de una persona. No siempre ha sido así. En latín sobrinus era el hijo del primo. La palabra nepos era la equivalente latina a sobrino tal y como lo conocemos hoy. Nepos también significaba nieto. De hecho, en italiano nepos derivó en nipote,  que significa nieto. Pero nepos también derivó en neveux (francés) Neffe (alemán), neef (neerlandés) y nephew (inglés). Todas ellas significan sobrino. Dejémonos de derivaciones y volvamos al principio. 

Decía que yo solo tengo un sobrino y que ya no tendré más. Eso es seguro. El mío tiene ahora ocho años. Lo he visto crecer y alargarse desde que era bebé. A mí me hubiera gustado tener una sobrina, pero me tocó sobrino. Mi sobrino es especial, como todos los sobrinos de los tíos que no tienen hijos ni más sobrinos que el único hijo de su hermano. Sí, un poco lioso eso del sobrino del tío que no tiene hijos ni más sobrino que el hijo de su hermano. Así son a veces también las relaciones familiares y, por supuesto, las relaciones humanas: liosas, complejas. Biológicamente, podría tener hijos, pero sobrinos ya sólo tendré este. Desde que era pequeñito y cabía entre mis brazos, mucho antes de aprender a hablar, le decía que era mi sobrino favorito. Se lo repetía y repetía. Al principio, cuando comenzó a entender las palabras y luego a jugar con ellas con lengua de trapo, supongo que aquello de que fuera mi sobrino favorito le parecería algo especial, mágico, único, como él lo es para mí. Luego, a medida que fue ganando razón y perdiendo inocencia —la carrera aún la gana la inocencia—, se dio cuenta de que si no tenía yo más sobrinos, eso de favorito no tenía mucha razón de ser: no había más donde escoger. Así que es posible que la magia de favorito, si alguna vez esta palabra tuvo magia para él, se desvaneciera. De hecho, últimamente me lo ha insinuado en más de una ocasión: «Cómo voy a ser tu favorito si no tienes más sobrinos…». De la semilla de la madurez van asomando ya los primeros brotes.

Mi sobrino es muy bueno respondiendo inmediatamente preguntas que los adultos consideramos trascendentales. Cuando tenía cinco años, recuerdo que íbamos caminando hacia el parque. Él iba parloteando de las historietas típicas de esa edad que a muchos adultos nos parecen niñerías. Yo, anduleando en modo filosófico ante tanta pueril verbosidad, me dije para mis adentros con una sonrisa victoriosa: «Le voy a hacer una pregunta que se va a quedar callado». Lo miré y le pregunté triunfante y sin venir a cuento: «Oye, ¿qué es la vida?» Él dejó de caminar. Me miró como diciendo «vaya unas preguntas más tontas que haces, tío». Entonces va y dice: «¡Pues qué va a ser! ¡La vida es un corazón!» Acto seguido, se metió las manitas en los bolsillos, reanudó el camino y volvió a sus jugosas historias de Transformers y Bob Esponja. Desarmado, agaché la cabeza y tomé consciencia de la estulticia del ufano adulto…

Mi sobrino me acompaña siempre, aunque no venga conmigo. En una calurosa tarde de junio, en una caseta de la Feria del Libro en El Retiro madrileño, me encontré con Andrés Trapiello. En realidad no me lo encontré. Yo había acudido allí porque a Andrés le acababan de publicar dos libritos en una colección de brisas andaluzas y gobierna. Además, era su cumpleaños. Una excusa para felicitarlo en persona. No soy de que me firmen nada. Quiero decir, que no colecciono autógrafos ni dedicatorias. Sin embargo, le pedí que le dedicara los dos libritos a mi sobrino. De camino a la caseta había pensado que no estaría mal que algún día, dentro de a saber cuántos años, a mi sobrino acaso le diera por leer alguno de esos dos libritos. Claro, eso si para cuando yo muera, todos esos libros que atesoro no acaban antes en la basura, en alguna batea mugrienta o en algún baratillo sin que nadie siquiera se digne hojearlos. Un destino muy probable. Los libros de muerto, como la ropa del finado, estorban y, lo peor de todo, ocupan lugar, como el saber: ¿pues quién a estas alturas se cree ese cuento de que el saber no lo ocupa? En esas cábalas andaba yo antes de encontrarme con Andrés. Cuando por fin le entregué los dos librillos para que los firmara, le dije: «Dedícaselos a mi sobrino, se llama Oliver, tiene seis años. Es el único heredero que tengo y si los libros que poseo no acaban en la basura cuando me muera, quizás los lea algún día». Andrés que es complaciente, le dedicó el primero, pero al tomar el segundo dijo: «Este te lo dedico a ti». Y con los dos libritos regresé a mi olivo, quiero decir al zaquizamí del que soy mochuelo. Luego, al leer el que me había dedicado, una colección de artículos escritos doce años antes, supe que las cosas no ocurren por casualidad: «Siempre supe que estos articulitos, de tener lectores algún día, sería muchos años después. Ha llegado ese momento. Y tampoco muchos lectores. Me basta con uno. Me basta contigo». Extraño escritor este; extraño lector yo y un tío raro para mi sobrino. Tres días después de aquel encuentro con Andrés llegué a tres conclusiones: sólo tengo un heredero, no hago aprecio de las firmas y sí, atesoro esa amistad que no requiere de frecuencia para que Andrés y yo, alguna vez, en algún lugar, compartamos nuestras parrafadas.

La vida ha ido pasando como brisa impredecible que mueve la gobierna de nuestras ilusiones y anhelos. Cuando tenía siete años, le hice a mi sobrino una de esas absurdas preguntas de tío raro.  «¿Qué es una infusión?»  Su respuesta: «Algo que toman los viejos». Sí, uno va envejeciendo con la alegría de ver a un sobrino pleno de vida.

Mi sobrino tiene ocho años, ya lo dije al principio. Hace muchos que dejó de caberme entre los brazos y va camino de ser mucho más alto que yo y que su padre y que su madre. Tampoco es que lo vea mucho ya, una vez cada dos semanas quizás, pero aún hoy me gusta tumbarme a su lado cuando está durmiendo para que al despertar pueda escuchar de sus labios un «hola, tío». Muchas veces pienso que si yo muriera hoy mismo, él jamás sabría la cantidad de horas que pasé a su lado mientras dormía, escuchando su respiración; jamás sabría que Andrés le firmó un libro —«¡pero quién ese ese Andrés!»—, que su tío no tiene tele en casa, que sólo tiene libros y música; jamás sabría mi nombre, porque para él yo soy Tío. Por eso yo a veces tampoco lo llamo por su nombre y le digo Sobrino. «¿Por qué me llamas Sobrino? Me llamo Oliver», me reprocha. Y yo le respondo: «Por la misma razón que a mí tú me llamas Tío». 

Quizás los sobrinos de los tíos que no tienen hijos son como hijos a tiempo parcial, algo así como los nietos para los abuelos: uno puede quitárselos de encima devolviéndoselos a los padres cuando importunan. Sin embargo, se los quiere mucho. Tanto como a un hijo que nunca se tuvo o que siempre se quiso tener. Por eso al mío, si la vida no me diera mucho más de sí, le dedicaría el sublime poema que Enrique García-Máiquez le escribió a su hija. Lo tituló Dentro de muchos años, hija:

 

Habrá una tarde triste

—no sé por qué se espera

siempre a las tardes tristes

para cuadrar las cuentas—

 

en que hagas el balance

de una larga existencia.

Te estoy viendo ordenando

las sucesivas penas

 

y las satisfacciones

en dos hondas hileras.

¡Y no podré advertirte

(no estaré) que una pena

 

no vale la mitad

de cualquier dicha! Echa

con cuidado tus números

y, antes de hacer la resta,

 

no dejes de apuntar

lo que tú no recuerdas.

Que nos diste naciendo

la alegría perfecta.

 

Pues sí, sobrino, naciendo y sin tú saberlo, contigo trajiste la alegría perfecta. Recuérdalo dentro de muchos años cuando algún día me leas. Y sí, fuiste mi favorito. Vale.

 

Michael Thallium

Sobrinos

 

Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2023). SobrinosNuminis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 2, (CV37). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2023/11/sobrinos.html

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