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Microrrelatos: El Galo y el Druida y Otoño en el Salón

 RESEÑAS

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El Galo y el Druida 

I

Mis pies rozan algo frío y rugoso, pero no abro los ojos. Se me oprime el pecho con la resistencia del hueso que me transporta, pero no consigo abrir los ojos... Ugh... Me arrojan al piso, de piedra y un material astillado y áspero... Madera, pero sigo sin tener ojos... ¿Los he abierto? ¿Me los han cosido? Se me aprietan las muñecas y atenazan los tobillos empapados en agua. ¿Dónde demonios estoy? ¿Qué es ese hedor, ese calor bochornoso? ¿Entrañas de pescado podridas y humeantes? Lumbre... Como un insecto refulgente, se aproximan suelo, techo y pared con la luz... Un aullido agudo y afeminado vocifera: "¡Tengo ojos, dioses míos! Desveladme el silencio y las tramas de la vida." Cada vez más próxima, se apodera de mi aire su tufo. La veo... ¡La veo! ¡Arrancadme los ojos! No son para mí las fatuas llamas, esmeraldas, rubíes y arenosas, que se precipitan exacerbadas, sedientas como lobos, para soterrarme, devorarme... Grito, pero sólo una voz enrarecida exhalo: carcajadas y más carcajadas, y grito y río, cuando no puedo evitar llorar ni entrever una presencia expansiva, gibosa, raquítica que hiela mis pies... Mis pies sangran y arden, lejos de mí. No son mis pies, no soy yo. Son suyos. Crece sumido en umbra esquiva un semblante de gozo y sufrimiento eterno. Una mueca hueca, la máscara, astilladas vetas, nariz roma, frente añeja... Pero son sus ojos... Nuevos, verdes, vigorosos y sumidos en la locura... Mis ojos...


II

Cuando la pira hubo bostezado sus postreros vapores de romero y esparto, hacía tiempo que el druida atisbaba relamiéndose en el escrupoloso detalle de la piel quemada, la sangre efervesciente que cesó de borbotear al cauterizar, la pulcra osamenta del espécimen que sobresalía por donde el fuego no tenía más que carbonizar, los poros de la ennegrecida epidermis... ¡Podría haberlos besado del gozo! Mas no quiso arriesgarse a damnificar lo más mínimo aquellas perlas afinadas del galo, en vista de deleitarse posteriormente. Tras ajustarse a esa nueva realidad, reparó en los ensangrentados gusanos atrofiados que asomaban de aquellos retazos de galo que necesitaba, sus pies, y recordó por qué los había cercenado y separado en primer lugar, antes de incinerarlo vivo. Al examinar más detenidamente al espécimen dilucidó el óptimo estado de sus pies y decidió apropiarse también de ellos. A su pesar, el tomillo y el azúcar, necesarios para tal faena, se rezagaron en la alacena del laboratorio. Un cosquilleo de pereza le recorrió el zurcido cuerpo, aquel que había ido modificando de forma a forma, capacidad a capacidad, y tras un suspiro, emprendió la marcha a través de los espaciosos salones palaciales abandonados antaño por seres ignotos a la historia, siempre humana. Sordamente resonaron sus pajizas pezuñas feéricas entre los lisos contrafuertes y austeramente ornamentadas arcadas, tanto mejor conservadas que las losas pétreas quebradizas y filosas que hollaba lenta y cuidadosamente. Diligente, la mota negra entre sombras alcanzó al fin el pomo del menguado pórtico que daba al vetusto laboratorio. Prendiendo con una runa ígnea las velas, cauto asió una de ellas y la dispuso en la palmatoria. Buscó, a continuación, los peldaños que le servían para acceder a los anaqueles superiores de la despensa donde custodiaba todos sus recursos, ingredientes, ardides y recetas. Subiendo pesadamente, resolló, se incorporó un ápice mientras estiraba el brazo y tanteando con los dedos ruinosos y la nueva, aunque opacada mirada, colegió que le faltaba tomillo. Un tanto decepcionado, volvió a bajar la escalerilla, resbalando en el último escalón y cayendo de bruces. Ahí abajo, respiró la humedad, la oscuridad y vio, con ojos humanos, lo que es sentirse pequeño.


Alan Gallardo Cuevas

El Galo y el Druida




Otoño en el salón


— Cómo puedes pensar que soy egoísta. Te traje al mundo. A ti y a tus hermanos. Os alimenté, os di un techo, os colmé de caprichos.

— No sé qué parte del tener hijos te parece que encaja con la virtud de la generosidad —respondí yo.—El tener hijos se contempla socialmente como un paso más en la carrera vital, una casilla más a marcar para añadirle valor al capital social.


Suspiré. Mi padre me observaba fijamente con sus helados ojos de paja. Pesadamente, continué:


—A veces… a veces me pregunto si en algún rincón de la historia y del espacio físico, alguien tuvo hijos realmente por aquel altruismo que mencionas. 


Mientras hablaba con tristeza, mi mano le hacía de bastón a mi fatigada cabeza. Negué con la cabeza al son de apretar los labios.


— Quién sería capaz, refugiándose en una presunta caridad, de traer nóveles y  frágiles criaturas a este moribundo y despiadado mundo. 


Mi padre exhaló. Casi me pareció poder apreciar como por ese pequeño aliento echado, unos pocos años le abandonaban el cuerpo. Manchas de vejez y vida le salpicaban las manos que, descuidadamente, sumergía en leves y distraídos movimientos.


— Por no hablar de la cantidad de hijos sin padres que ya habitan este mundo. ¿Dónde están esos desinteresados progenitores para acoger a esa abandonada y huérfana prole?


Mi padre giró la cabeza, arrastrando su mirada hacia la ventana que adornaba la escena de este relato. Detrás del vidrio, el viento hacía de las suyas contra unos pequeños arbustos que trataban de permanecer arraigados a un empapado trozo de tierra. 

—Todos somos hijos. No todos somos padres.


A esa evidente blasfemia solo pudo contestarle el repiquetear de una chimenea que no se encontraba en nuestra habitación. Su única señal de existencia era el gris aroma que se colaba en el salón, y un calor exagerado que, de tanto tratar de arroparnos, había hecho que dejáramos las mantas sin más misión que permanecer dobladas en una esquina.


— Quizá tengas razón —musitó—. Aunque se te olvidó mencionar el más osado de los argumentos.


Una herida sonrisa escapó de su arco y apuntó su flecha a mi asiento. Sin intención de emitir más sonidos, le indiqué con un ligero asentimiento que se explicara.


Su boca se transformó en una risa que parecía haber pasado toda su vida entrenándose para sonar desgastada. 


— Que los hijos —dijo, mientras se enjugaba unos lacrimosos ojos—, que los hijos dan una satisfacción que no se consigue de otra forma.


Finalizó su discurso dedicándome una mueca a medio camino entre la ternura y la condescendencia.  Me acerqué a su sillón y le planté un beso en la calva cocorota que adornaba tanta paciencia encarnada.


— Me temo que no te salió bien la jugada —le dije. 


Sus ojos se cerraron con sopor. Decidí que era buen momento para abandonar la sensación de domingo que nos envolvía. 


— Buenas noches, papá.


María Sancho de Pedro

Otoño en el Salón

 

Cómo citar este artículo: GALLARDO CUEVAS, ALAN Y SANCHO DE PEDRO, MARÍA. (2023). Microrrelatos: El Galo y el Druida y Otoño en el Salón. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca IAño 2, (LIT03). ISSN ed. electrónica: 2952 4105https://www.numinisrevista.com/2023/08/microrrelatos-el-galo-y-el-druida-y.html

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