

En busca del corazón del filósofo
A
lo largo de la vida las personas han experimentado de alguna manera el amor, el
desamor, el dolor del corazón por alguna desventura o simplemente la ausencia
del amor. La palabra latina cordis que significa, del corazón, tiene no
solo una implicancia poética, sino bastante profunda dentro de la filosofía,
pues nos lleva a ese paraje escondido que muchas veces las personas mantienen
en la oscuridad, y que a lo largo de los años el silencio los va consumiendo
por dentro como una llama que no se apaga, de ahí que el corazón esté
representado por el fuego, de donde nacen nuestras más profundas pasiones y
todo aquello que nos motiva para seguir adelante. Por eso, un corazón enamorado
es capaz de sortear hasta los más profundos abismos con la esperanza de estar
junto a la persona que ama, sin importar el espacio o el tiempo, incluso la distancia
parece tan corta cuando se trata de la persona que habita en su corazón.
Las
culturas siempre han representado al amor con el corazón, incluso el poeta deja
al descubierto su corazón cuando se trata de dibujar a la persona amada desde
las letras que lo acompañan, con la finalidad de encontrar en las palabras
aquella iluminación que lo lleva a poetizar más allá de toda racionalidad. Porque
en los asuntos del corazón no manda la razón. Por otro lado, el filósofo que
reflexiona en torno a cotidianeidad basa su conocimiento en todo aquello que
puede pensarse o interpretado desde el razonamiento. Entre ambos surge la
pregunta por el ser y de cómo llegar al corazón sin salir lastimado en el intento,
la respuesta es bastante obvia, no se puede, porque el amor en su conjunto es también
dolor, porque se deja el ego de lado para entablar esa relación con la otra
persona, que muchas veces te puede superar o te desbarata la vida en un sinfín de
emociones encontradas o que pretenden ocultarse en lo más profundo del corazón.
La
vida del filósofo es muy similar a la del poeta, porque ambos persiguen lo
mismo: entender el ser. De ahí que, el filósofo se convierte en ese poeta que sale
de sí mismo para tratar de entender con el corazón aquello que no logra
comprender con la razón. Incluso llega al punto de entregarlo todo sin importar
el tiempo o quizá no sea correspondido en primera instancia, pero tiene la
certeza de haber salido en busca de su corazón como filósofo; ha entendido que
no lo puede encontrar en su interior, sino en la correspondencia de aquella
persona que a pesar de la distancia está presente en sus pensamientos. Cuando sale
en su búsqueda no lo hace de forma descabellada, por el contrario, sabe lo que
quiere y entiende que no puede estrujar la libertad de la otra persona, no obstante,
la respeta, velando aquellos sueños y anhelos que comparten bajo un solo
objetivo, ser mejores cada día, buscando siempre la superación que les permita
encontrarse en esta selva de cemento, llamada ciudad.
Solo
quien entiende el corazón del filósofo y esa búsqueda incesante sobre ser,
puede llegar a comprender que no es tan difícil el amor visto desde la filosofía
o la poesía, porque ambas tienen un poco de cada una, sin olvidar que la
filosofía es el amor a la sabiduría y si esto se mezcla con la poesía, entonces
resultará una gran combinación entre aquello que escribe el poeta y lo que el filósofo
piensa en su interior, llegando a la exteriorización de su propio pensamiento. El
corazón del poeta no es frágil, porque en ella habita la fortaleza que busca la
belleza a través de las palabras. El corazón del filósofo busca de manera
incansable el conocimiento y saber más allá de lo que se puede mostrar a simple
vista, no es ajeno a la realidad ni mucho menos a lo que ocurre en su interior,
por eso el filósofo poeta es aquel que logra comprender aquellas simplicidades
que se muestran en lo cotidiano, pero a partir de ella se construye la grandeza
de amar con frenesí a pesar de las dificultades que aparecen en la realidad.
Vladimir Sosa
Sánchez
En busca del corazón del filósofo




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