
Edad de Oro del Islam
Hace
una semana nos adentrábamos en los primeros pasos del mundo islámico y su
particular edad de oro durante el auge del califato abasí. A partir del siglo X
las tensiones políticas y territoriales condujeron a una pérdida de poder de
los califas en Bagdad y a la creación de entidades autónomas o incluso
independientes: el emirato (750) y desde 929 califato de Córdoba en la
península ibérica (regentado por la fugada dinastía Omeya hasta su
descomposición en el 1031), el califato fatimí en el norte de África y el Hijaz
(909-1171) y los emiratos samánida (819-999) y búyida (934-1055) en Persia y el
Jorasán. Esa descentralización de poder político no se tradujo en una
decadencia cultural, sino que, al contrario, favoreció la proliferación de
nuevos nodos de irradiación cultural-intelectual.
Fruto de esta fragmentación
emergieron figuras como Avicena (980-1037), polímata persa que se aprovechó de
la prosperidad de Bujará, capital del emirato samánida, para formarse y
ascender hasta alcanzar el rango de médico y consejero de la corte del emir, lo
que le dio acceso a la biblioteca real. Tras la caída del reino samánida en el
999 pudo recalar en otra capital, en este caso la del emirato búyida: Hamadán,
donde, precedido por su fama, fue nombrado ministro por el emir. Este patrón se
repetiría una última vez en su vida cuando en 1021 se instaló en Isfahán, capital
entonces del emirato kakúyida. Solo gracias al auge de estas ciudades, sedes de
la corte de poderosos emires que le concedieron su protección y apoyo político
y lo dotaron de los medios materiales adecuados para su labor intelectual, pudo
Avicena consagrarse como uno de los grandes sabios del mundo islámico y
trascender a la Europa cristiana, donde su influencia sería clave.
Otro
tanto puede decirse de Abū ‘Alī al-Hasan ibn al-Hasan ibn al-Háytham
(965-1040), Alhacén para los amigos. La carrera intelectual de este hombre,
muchas veces considerado el precursor del método científico (sea lo que sea
eso), transcurrió principalmente en El Cairo, capital del califato fatimí,
durante el reinado de Al-Hákim, un califa bajo cuyo mecenazgo y proyectos de
obras públicas la actividad científica se fortaleció. Alhacén también se pudo
aprovechar de la proximidad con la prestigiosa madrasa cairina de
al-Azhar.
No
sin sesgo chovinista, paso ahora al apasionante caso de al-Ándalus. Durante su
época como capital del califato, Córdoba se convirtió en una de las ciudades
más prósperas de Occidente. La decantación artística de este apogeo es bien
conocida por cualquiera que haya visitado la mezquita-catedral de Córdoba o la
Medina Azahara. Pero en el aspecto científico el califato cordobés tampoco se
quedó atrás. En tiempos de Abderramán III se fundaron múltiples madrasas
por toda Al-Ándalus. Córdoba albergaba una de las más prestigiosas del mundo
islámico, así como una escuela de traductores, otra de medicina y más de 70
bibliotecas. Más adelante Alhakén II fundaría la Biblioteca del Saber,
auténtico santuario que llegó a albergar más de 400.000 volúmenes y sirvió
también como centro promotor de investigaciones en Al-Ándalus y otras regiones
del mundo islámico.
No
es de extrañar que en este contexto surgieran figuras como el astrónomo Maslama
al-Mayriti (950-1007), que fijó el meridiano de Toledo como el punto de
referencia del mapa celeste en la Edad Media, o auténticos todólogos como ibn
Tufail (1105-1185) o Averroes (1126-1198). Mención especial merece en este
contexto y en medio de una columna tan androcéntrica la figura de Lubna de
Córdoba (siglo X), secretaria de Alhakén II, copista de la Biblioteca (la
mayoría de las copistas eran, de hecho, mujeres) y matemática. Asimismo, cabe
mencionar que tanto durante como después del Califato los intelectuales judíos
desempeñaron un papel notable en este apogeo cultural, como demuestran Hasday
ibn Shaprut (915-975) o Maimónides (1135-1204).
Tras
la fitna del Califato, Córdoba dejó de ser el epicentro de la cultura y la
ciencia y las capitales de las taifas de Sevilla, Toledo (con una importante
escuela de astronomía) y Zaragoza tomaron el relevo. La intolerancia religiosa
de los almorávidas y los almohades no impidió el mantenimiento de la rica
cultura científica andalusí, aunque muchos cristianos y judíos buscaron refugio
en los reinos cristianos, específicamente en Toledo. Allí se radicó la (no)
escuela de traductores de Toledo. No escuela porque se viene poniendo en
duda que existiera una institución unificada, lo cual no quita que durante los
siglos XII y XIII una pléyade de hombres doctos sitos en Toledo hicieran una
gran labor traductora que permitió la reintroducción de la ciencia clásica en
Europa y la difusión de las ciencias y filosofías islámicas. Sin ellas, buena
parte de los desarrollos intelectuales tardomedievales en la Europa cristiana
no habrían tenido lugar, al menos de la manera en que lo hicieron. Pienso en la
filosofía alfonsina en Castilla, en Ramón Llull en Aragón, en la escolástica o
en Roger Bacon.
Al
leer de primera mano estas fuentes (cosa que por lo general no he hecho, para
qué engañar a nadie; fío mi rigor a las fuentes secundarias que referenciaré
más abajo) uno advierte ese sentido de unidad cultural-intelectual del que
hablaba en la columna pasada: los autores cristianos podían estar de acuerdo o
contradecir a los musulmanes y judíos, pero lo hacían desde unos marcos
abrahámico-helénicos que eran a grandes rasgos comunes.
Y
hasta aquí llegaría este somero recorrido por la así llamada Edad de Oro del
Islam, que se suele datar entre el siglo VIII y el siglo XIII (con algunas
extensiones en los siglos XIV y XV) y que fue violentamente finiquitada por las
invasiones mongolas. Ahora bien, sería altamente prejuicioso pensar, como se
hace habitualmente en la historiografía tradicional, que la inteligencia
islámica se frenó o estancó en esta época, justo a tiempo para que la Europa
cristiana le tomara el relevo con la consolidación de las universidades, el
crecimiento de las ciudades y otros eventos que se han dado en llamar “el Renacimiento
del siglo XII”. Los saberes del mundo islámico siguieron avanzando por sus
caminos, a veces cruzándose con los cristianos europeos, a veces por otro lado.
Lo veremos en la siguiente columna, con la que terminaré de cubrir (al menos
por ahora) el acervo del islam medieval.
Referencias
Los textos mencionados en la anterio columa "La ciencia en el islam" de Javier Ordóñéz y “Science in Islamic societies” de Sonja Brentjes y Robert G. Morrison, han vuelto a ser la base de la redacción.
Para profundizar sobre la Escuela de traductores de Toledo es bueno el artículo "The Social Conditions of the Arabic-(Hebrew-)Latin Translation Movements in Medieval Spain and in the Renaissance" de Dag Nikolaus Hasse. Para la influencia musulmana en la Europa cristiana han sido de utilidad la entrada "Influence of Arabic and Islamic Philosophy on the Latin West" de la Standford Encyclopedia of Philosophy o el artículo "Medieval islamic philosophy and scholasticism; the interaction of traditions and intellectual exchange". Sobre el legado de Alhacén léase "The first true scientist".
También he consultado las siguientes entradas de Wikipedia: Imperio samánida, Escuela de traductores de Toledo, Avicena, Alhacén, Maslama al-Mayriti, Ibn Tufail, Averroes, Lubna de Córdoba, Maimónides, Hasday ibn Shaprut y Ramon Llull.
Cómo citar este artículo: VERDE ORTEGA, PAVLO. (2026). «Antecedentes III: Edad de Oro del Islam». Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CM57). ISSN ed. electrónica: 2952-4105.




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