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El pan cenceño

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El pan cenceño



Lo del pan cenceño lo leí en la introducción que Paloma Díaz-Mas hace a la Biblia de Ferrara recientemente publicada por la Fundación José Antonio de Castro. Enseguida me dije que ese sería el título del siguiente texto que escribiera. Y entonces recordé los reproches que hace unos días me arrojaron a la cara dos buenas amigas: «Eres un pedante, te crees que escribes bien porque utilizas palabras raras, pero deberías darte cuenta de que aburres y de que escribes sin sentimiento, vamos, que no hay quien te lea, eres un petardo». Probablemente tengan razón, pero ignoran que tan pedante no debo de ser —creo que quizás querían decir «sabihondo»—, porque hasta hace dos días no sabía lo que era el pan cenceño y menos aún conocía la existencia de Paloma Díaz-Mas ni de la Biblia de Ferrara —y no digamos de la Fundación José Antonio Castro. Así pues, mi ignorancia es supina. Soy un ignorante supino; en cuanto a lo de aburrir y escribir sin sentimiento, para ellas la perra gorda.

Acudí a la Biblioteca Castro, que se encuentra en el número 109 de la calle Alcalá de Madrid, en busca de la Biblia de Ferrara sobre cuya pista me había puesto Andrés Trapiello —hoy hace justo una semana— en uno de esos artículos semanales que publica en La Lectura. Cuando llegué, pregunté por la biblia de marras. La hojeé con h de hoja y la ojeé con o de ojos. Pregunté el precio. Los bibliómanos deberíamos llevar pegada una etiqueta en la frente que nos identifique como tales para que no nos dejen entrar en las librerías al igual que a los ludópatas les prohíben la entrada en los casinos y salas de juego. Me dicen el precio y aprovecho el diez por ciento de descuento que te hacen los de la fundación por comprar el libro en su sede. La compro con remordimientos de adicto al papel y las letras: total, ¡¿para qué quiero yo una biblia en ladino si además no soy ni creyente?! Me pudo el texto con letras góticas que aparece en la portada: «En lengua española traduzida palabra por palabra de la verdad hebrayca por muy excelentes letrados, vista y examinada por el officio de la Inquisición».

Desde la calle Alcalá me encamino hacia la de Embajadores donde se encuentra un café que frecuento. Pido un almuerzo y me pongo a leer la introducción de Paloma Díaz-Mas donde explica el periplo hasta que una biblia escrita en ladino por judíos expulsados de España se publicó en Ferrara, en 1553. En el café hay una pareja que ha entrado prácticamente al mismo tiempo que yo. Se han sentado enfrente. El muchacho besa la frente de la joven que tiene el pelo lacio y las puntas teñidas de azul. Ella lo mira con arrobo. Apoya con delicadeza la cabeza en su hombro. El muchacho besa su cabello con los ojos cerrados. Se quieren. Es un amor que comparten con ternura. Están enamorados. Dan ganas de hacerles una foto o pintarles en un cuadro: Los amantes del Café Mansilla. A mi izquierda un grupo de estadounidenses conversan sobre algo que no me interesa más allá del acento americano del inglés que hablan. A mi derecha dos mujeres hispanoamericanas comparten confesiones de café; probablemente mexicanas. Más allá, dos alemanas beben infusiones mientras escriben al ordenador intercambiando alguna que otra palabra en algún momento. En otra mesa, una familia —madre, padre e hijo— almuerzan en sagrado silencio. El hijo escribe a mano en un cuaderno, la madre hace ganchillo —los hípster dirían punto croché— y el padre lee un libro. 

Termino de leer la introducción y me digo a mí mismo que tengo que conocer en persona a la tal Paloma Díaz-Más de cuya existencia no sabía nada hasta hoy. Indago por internet. Ha escrito muchos libros. Sé que terminaré comprando alguno de ellos. En ese momento no lo sé, pero ese mismo día por la tarde terminaré comprando el ensayo Breve historia de los judíos en España en la librería Juan Rulfo, la novela Las fracturas doradas —al día siguiente terminaría de leerla— en la librería Alberti y Una ciudad llamada Eugenio en La Mistral. Ahora, mientras apuro el almuerzo mirando de vez en cuando a los amartelados enfrente de mí, leo el comienzo del Génesis en la Biblia de Ferrara: «En principio crió el Dio a los cielos y a la tierra. Y la tierra era vana y vazía, y escuridad sobre faces de abysmo, y espírito del Dio se movía sobre faces de las aguas. Y dixo el Dio: sea luz. Y fue luz. Y vido el Dio a la luz que buena, y apartó el Dio entre la luz y entre la escuridad. Y llamó el Dio a la luz día, y a la escuridad llamó noche, y fue tarde y fue mañana, día uno». 

Se me ha metido en la cabeza que tengo que leerme esta biblia en voz alta. Ya lo dije: los bibliómanos tendríamos que tener una etiqueta pegada en la frente para que nos prohíban entrar en las librerías… pero también para que al prójimo no se le ponga cara de espanto y nos mire con condescendencia al vernos cometer extravagancias: «¡Pobre diablo! No se lo tengas en cuenta. Es que es bibliómano, un yonqui del papel y de las letras». Pago el almuerzo. Al salir del café ignoro que dos días más tarde recibiré un correo de Paloma Díaz-Mas y que Emilio Pascual me regalará un tesoro, el último ejemplar que queda de El fantasma anidó bajo el alero: «Para Michael Thallium, impenitente rastreador de libros raros, este fantasma descatalogado y en parte destruido. Con afecto de Emilio Pascual». Caminando por la calle de Embajadores de regreso a casa, me da por pensar que quizás encuentre algún lugar donde comprar el pan cenceño, ese que mis dos buenas amigas habrán de buscar en el diccionario para corroborar por enésima vez que las aburro, que escribo sin sentimiento, que no sé escribir, que solo soy un yonqui impenitente, un verdadero petardo.


Michael Thallium

El pan cenceño



Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). El pan cenceño. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV153). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/02/el-pan-cenceno.html

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