Tres «-ismos» peligrosos
Lo vemos y oímos casi todos los días, siendo uno de los sufijos más utilizados no sólo en la lengua española, sino en todas las lenguas: hablo del «-ismo». El «-ismo» es una suerte de vallado que delimita los conceptos clave de cualquier fenómeno o movimiento, ya sea artístico (romanticismo, expresionismo) político (nacionalismo, liberalismo), religioso (calvinismo, catolicismo) psicológico (narcisismo, autismo) y un larguísimo etc.
Populismo
Ya me referí brevemente al
populismo en una columna anterior, pero es quizá el mal más
omnipresente de la política global, no ya sólo occidental. El populismo es
tanto de izquierdas como de derechas, transversal en la mayoría de partidos e
ideologías, y prolifera especialmente en épocas de crisis. Y es que resulta
sumamente fácil apelar al común denominador frente a una supuesta «élite»,
especialmente en periodos electorales o en general en democracias
cortoplacistas.
Por poner un par de ejemplos,
partidos de izquierda radical como Podemos gustan de antagonizar la población
frente a élites económicas, especialmente a los empresarios de éxito como «capitalistas despiadados» [1], en la caricatura más
trasnochada del Marxismo más reaccionario. En el otro espectro, partidos de
derecha (que no de ultraderecha) como Vox y sus equivalentes europeos, gustan
de seleccionar la información a su favor y de atacar a grupos en su contra,
presentándolos como parte de un gran contubernio globalista, como puedan ser
los medios de comunicación, los empresarios (irónico ¿verdad?) [2],
etc.
Junto al populismo suele venir acompañado una deriva de una política basada en
el raciocinio y lo real (realpolitik), a una basada en el sentimiento y
en la ideología. Con frecuencia, los problemas de fondo quedan embarrados en
una retórica vacía que no lleva a ninguna parte, que busca culpabilizar y no
solucionar los problemas. Ello a su vez deriva en una sociedad cada vez más
politizada y dividida que, en casos graves, degenera en conflicto violento y en
la erosión de las instituciones.
Identitarismo
Por identitarismo entendemos una
política basada en la raza, la nacionalidad, la religión, el género, la
orientación sexual, la clase social, etc [3]. Para el
identitarismo, el concepto clave es la opresión, que grupos minoritarios sufren
por su supuesta condición. Así, con respecto al género sería el patriarcado,
con la raza sería el racismo, la orientación sexual la homofobia, etc.
Aunque se suele asociar a las
izquierdas (especialmente las posmodernas), también existe un identitarismo de
derechas, aunque menos visible por la naturaleza de los medios de comunicación [4].
En mi opinión, el identitarismo supone el mayor peligro para las democracias
occidentales, ya que destruye la noción de una sociedad de igualdad ante la ley
en favor de una ley que varía según el colectivo al que se pertenece.
El identitarismo también fomenta
una sociedad victimista, en la que todo el mundo repentinamente sufre de algún
tipo de opresión, y resulta una contradicción irónica que se busque «empoderar»
a dichos grupos sociales a la vez que se les da un trato de favor, como si
fueran desvalidos e incompetentes por sí mismos. El identitarismo derechista,
por el otro lado, es poco más que una reelaboración de los nacionalismos ya
vistos del siglo XIX en adelante. Podría explayarme más en ello, pero aún se
encuentra en un estado embrionario y no plenamente definido, ya que es más una
reacción a los excesos del identitarismo izquierdista que un proceso nacido por
sí mismo.
Estatismo
Por estatismo se entiende una
política (no propiamente una ideología) que busca crear un Estado cada vez más
grande e intervencionista en la sociedad [5]. Usualmente se le
atribuye a partidos de izquierdas, lo cuales promueven más claramente este
modelo de Estado, aunque hay partidos de derecha de tipo socialdemócratas que
también se pueden considerar estatistas. De los tres «-ismos» que
he hablado, el estatismo es quizá el más inofensivo a primera vista, y muchos
lo verán incluso con simpatía, más yo quisiera argüir la convicción de que un
Estado mayor es algo inequívocamente nuevo.
El estatismo siempre acaba
derivando, de una forma u otra, en la acumulación de poder por parte de los
partidos y políticos en los gobiernos. Sí hay una inercia general e inequívoca
en la historia de occidente (sin importar su orientación) es la unificación del
poder en entidades cada vez más grandes y coercitivas; de los feudalismos
medievales se pasó a las monarquías, estas se transformaron en absolutas y
luego dieron paso a los Estados nación modernos, cada vez con mayores
prerrogativas y poderes sobre sus ciudadanos.
Por supuesto, el Estado es
necesario para varias cuestiones; la legislación general, la policía, el
ejército, etc. Pero ¿Es necesario que el Estado fagocite la economía, los
medios de comunicación, la educación o la salud? ¿Especialmente cuando en
varios casos se entorpece su función o incluso se obtiene un resultado opuesto
al deseado? La sociedad civil (ie: la nación), si bien no es perfecta, es muy
capaz de autorregularse en muchos ámbitos sin la necesidad de un Estado.
Un Estado pequeño, y desgranado en
regiones autonómicas como es el caso de España, fragmenta el poder y evita que
cualquier persona o institución busque abusar de sus poderes más allá de
ciertos límites. Es en estados pequeños donde mejor florece la libertad. En el
otro espectro, no resulta sorprendente, pues, que uno de los rasgos que tenían
en común la Alemania nazi, la Italia fascista, la Rusia estalinista o la
China maoista eran la de un estatismo absoluto condensado en la siguiente
frase: «Todo en el Estado, todo por el Estado, nada sin el Estado».
Se que habrán muchos en desacuerdo
conmigo, pero creo honestamente que estos «-ismos» suponen una
amenaza encubierta a las sociedades occidentales. Quizá resulten ser una moda
pasajera, pero igualmente existe el riesgo muy real de que se enquisten en la
opinión pública y lentamente la erosionen. Si algún lector siente la necesidad
de matizar algo, o aportar alguna perspectiva, le animo a que lo haga desde la
sección de comentarios.
Sergio Cánovas
Tres «-ismos» peligrosos
[1] Palabras directas de la ministra Ione Belarra refiriéndose a Juan Roig, presidente de Mercadona.
[2] Véase, por ejemplo, el caso de George Soros, demonizado por la derecha europea y especialmente en su natal Hungría.
[3] El significado de este término aún está en disputa, por lo que es posible que haya otras interpretaciones.
[4] Es decir, el claro sesgo a la izquierda que afectan a la mayoría de medios y empresas relacionadas con la comunicación.
[5] Resultaría conveniente diferenciar entre los conceptos de estado y nación, los cuales se confunden frecuentemente. El estado es un «país soberano, reconocido como tal en el orden internacional, asentado en un territorio determinado y dotado de órganos de gobierno propios». Mientras que la nación es el «conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común».
Cómo citar este artículo: CÁNOVAS, SERGIO. (2023). Tres «-ismos» peligrosos. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 2, (CD24). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2023/03/tres-ismos-peligrosos.html
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"La sociedad civil (ie: la nación), si bien no es perfecta, es muy capaz de autorregularse en muchos ámbitos sin la necesidad de un Estado": estoy de acuerdo, pero eso implica también acabar por el poder monárquico de los empresarios, que pueden tomar decisiones unilaterales sobre la vida de sus empleados sin más límites que los que dicta la regulación laboral.
ResponderEliminarEn general, a tus tres ismos habría que añadir el capitalismo, que esquilma los recursos del planeta, explota al Sur global, erosiona la democracia y genera desigualdad.