

Recortar
al Estado:
La
Urgencia de devolverle al Estado su Verdadera razón de Ser
Hay una pregunta que deberíamos hacernos con mayor frecuencia: ¿para qué existe el Estado y en qué momento dejamos que se convirtiera en una estructura que pretende intervenir en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida?
Durante
décadas hemos construido una idea de Estado que parece no tener límites. Un
Estado leviatánico que crece, que crea entidades, que multiplica ministerios,
que contrata funcionarios, que establece oficinas para supervisar otras
oficinas y que, ante cada problema de la sociedad, encuentra una respuesta casi
automática: crear una nueva dependencia, diseñar un nuevo programa o aumentar
el gasto público.
Sin
embargo, pocas veces nos detenemos a cuestionar si ese pantacruélico
crecimiento realmente se traduce en bienestar para los ciudadanos. Porque una
cosa es tener un Estado grande y otra, muy distinta, es tener un Estado
eficiente, responsable y capaz de cumplir sus obligaciones fundamentales.
El tamaño del Estado no debería medirse por la cantidad de funcionarios que emplea, los edificios que ocupa o las entidades que administra, sino por su capacidad de garantizar los derechos, proteger las libertades individuales y cumplir sus responsabilidades. A mi juicio, uno de los grandes problemas de nuestras democracias contemporáneas es que hemos confundido la existencia en sí del Estado con su expansión permanente. Hemos terminado creyendo que, para resolver cualquier dificultad humana que tengamos, necesitamos más Estado, más burocracia y más presupuesto. Como si el simple hecho de aumentar el gasto público fuera garantía de mejores resultados, y en nuestro país -Colombia- lo hemos visto cantidades de veces, y al final, en nada bueno ha resultado tal cosa.
El
Estado, desde sus inicios, nació para cumplir unas funciones esenciales:
garantizar la seguridad, administrar justicia, proteger los derechos
individuales, defender la soberanía, establecer reglas claras de convivencia y
proveer aquellos bienes y servicios públicos que la sociedad necesita y que el
mercado, por sí solo, no puede garantizar adecuadamente. Esa es su razón de
ser. Su esencia. Su contrato fundamental con nosotros los ciudadanos. Pero
cuando el Estado comienza a desbordar esas funciones, cuando pretende
convertirse en empresario, administrador de cada actividad económica, regulador
de cada decisión individual y protagonista de todos los espacios de la vida
social, corre el riesgo de perder de vista aquello que verdaderamente justifica
su existencia.
No
se trata de defender un Estado ausente, indiferente o incapaz de atender a
quienes más lo necesitan. Tampoco de desconocer que existen sectores donde la
intervención pública es indispensable para garantizar oportunidades y corregir
desigualdades. Se trata de entender que la intervención estatal debe tener
propósito, límites y resultados verificables.
Recortar
el Estado no significa recortar los derechos de los ciudadanos. Significa
recortar aquello que sobra para fortalecer aquello que verdaderamente importa.
Y aquí aparece una discusión que muchas veces se evita por razones ideológicas
o electorales: el costo de mantener una maquinaria burocrática que, en
ocasiones, parece trabajar más para su propia supervivencia que para resolver
los problemas de la sociedad.
Es
menester que entendamos que cada entidad innecesaria tiene un costo. Cada cargo
creado sin justificación representa recursos públicos comprometidos. Cada
trámite redundante es tiempo perdido para el ciudadano. Cada programa sin
evaluación es una oportunidad desperdiciada de invertir mejor el dinero de los
contribuyentes. Y déjenme decirlo, el problema no es únicamente económico.
También es institucional y moral, porque los recursos del Estado no pertenecen
a los gobernantes, ni a los partidos políticos, ni a los funcionarios que los
administran. Pertenecen a todos los ciudadanos que, con su trabajo, sus
impuestos y su esfuerzo, financian el funcionamiento de las instituciones. Por
eso, gastar sin eficiencia no es simplemente una mala decisión administrativa:
es una forma de desconocer el esfuerzo de quienes sostenemos al Leviatán
(Estado).
En
el caso colombiano, esta discusión adquiere una importancia particular.
Tenemos enormes desafíos en materia de seguridad, justicia, infraestructura,
educación, salud y reducción de la pobreza. Sin embargo, seguimos arrastrando
problemas de burocracia, duplicidad de funciones, entidades con competencias
superpuestas y estructuras administrativas cuya utilidad debería ser sometida a
una evaluación rigurosa. No podemos seguir aceptando que la solución a cada
problema sea crear una nueva institución. Necesitamos instituciones que
funcionen, no instituciones que simplemente existan. Porque el Estado no fue
creado para convertirse en el protagonista de la sociedad. Fue creado para
servirla. Y quizás una de las reformas más importantes de nuestro tiempo sea,
precisamente, recordarle cuál es su lugar.
Numar
González Alvarado
Recortar
al Estado: La Urgencia de devolverle al Estado su Verdadera razón de Ser
Cómo
citar este artículo: GONZALEZ ALVARADO, NUMAR.
(2026). Recortar al Estado: La Urgencia de devolverle al Estado su
Verdadera razón de Ser. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CJ20).
ISSN ed. electrónica: 2952-4105 https://www.numinisrevista.com/2026/11/recortar-al-estado-la-urgencia-de.html




























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