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Paisajes de un alma en vida

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Paisajes de un alma en vida


«O Youth, O Beauty, ye who fed the flame

That here was quenched, breathe not your lover's name.

He lies not here. Where'er ye dwell anew

He loves again, he dies again, in you.». 


Jorge Santayana



Un libro te lleva a otro libro; un autor a otro autor. Así sucede en mi vida, que el azar me lleva a un destino y ese destino se transforma en partida, en puerto nuevo del que zarpar hacia otros paraderos. Así Jorge Santayana me llevó a José María Alonso Gamo. No hace tanto, más bien poco, pero la intensidad hace que parezca toda una vida. No había nunca oído hablar de él. Después, claro, uno va tirando del hilo y va desvelando indicios, descubriendo huellas, recomponiendo piezas  vitales —siempre insuficientes— de quienes han quedado preteridos. Mis pesquisas comenzaron hace un par de semanas con el hallazgo fortuito de Un español en el mundo: Santayana. Lo encontré en una caseta de la madrileña Cuesta de Moyano. El librero lo sacó de un montón de libros cuando le pregunté si tenía algún libro de Santayana. Leí el título, vi el autor: José María Alonso Gamo. Dudé: ¿lo compro, no lo compro? Deshojé la margarita y salió que sí. Me lo llevé a casa. Y allí comencé a leerlo y a tirar del hilo: diplomático, crítico literario, ensayista y poeta español nacido en Torija, Guadalajara, en 1913 y fallecido en Madrid en 1993. Así que vivió unos ochenta años.

A los pocos días, en otra caseta de la Cuesta de Moyano, hurgando en un cajón con libros de poesía, me salió al encuentro un poemario. Mis ojos se fijaron de inmediato más en el autor que en el título: Paisajes del alma en guerra. José María Alonso Gamo lo escribió durante los años de la guerra civil del 36. Hubo una primera edición de 1945 publicada en Buenos Aires por Emecé Editores, pero el poemario que tenía en mis manos era una segunda edición de 1963 publicado por el Patronato de Cultura de la Excma. Diputación de Murcia y con ilustraciones del pintor lorquino Manuel Muñoz Barberán. El libro estaba intonso, aunque tenía una dedicatoria en la guarda. «Juraría que esta dedicatoria es del mismísimo autor», pensé. Lo compré haciéndome el desinteresado y el librero, recíprocamente, me lo vendió con desinterés.

Al llegar a casa procedí al examen forense. Me llamaba la atención que el libro estuviera dedicado, pero intonso. Eso quería decir que el autor se lo regaló —probablemente— a un amigo dando por hecho que lo leería, para lo cual había que desbarbarlo: 

«Para Alfonso de la Peña

amigo fraterno

Con un abrazo

Josema»


decía la dedicatoria escrita a bolígrafo de tinta azul. Indago. Puede que el tal Alfonso de la Peña sea un conocido urólogo y cirujano fallecido en 1971. Por las fechas, cuadra. Sea como fuere, el caso es que el amigo fraterno jamás leyó el poemario, porque ahora lo tenía en mis manos e iba a desbarbarlo —sesentaitrés años después de su publicación— para poder leerlo.

Prosigo con el examen forense. Saco de un cofre donde la guardo una navaja de Taramundi. Me la regaló Diego Fortes, un gallego de Allariz, magnífico director de orquesta y amigo. La navaja tiene una hoja filosa que corta un pelo al aire. Procedo al ritual del desbarbado. Mientras secciono las hojas con el improvisado bisturí de Taramundi, me doy cuenta de que alguien —¡quién otro sino el autor!— ha corregido a bolígrafo tres erratas. Leo el poemario y me digo a mí mismo que tengo que conseguir otros dos poemarios suyos: Tus rosas frente al espejo y Paisajes del alma en paz; el primero porque con él le dieron a José María Alonso Gamo el Premio Nacional de Literatura en 1952; el segundo porque es la segunda parte de Paisajes del alma en guerra.

Encuentro ambos poemarios en la Librería Gulliver que ahora lleva uno de los hijos de Manuel Domínguez Cascajero, alias Manolo Gulliver. Están a un precio de risa, señal de que a José María Alonso Gamo lo leen cuatro gatos, los mismos cuatro gatos —bueno, tal vez una gata y tres gatos— que me leerán a mí. El de Tus rosas frente al espejo es el ejemplar 131 de la segunda edición de 1953 en Valencia. Está dedicado:

«A Rodolfo Arévalo

en la hermandad de la

poesía

Con un abrazo

José María»


y tiene un par de viñetas del pintor madrileño Eduardo Vicente. Es probable que el dedicatario sea el también diplomático y escritor Rodolfo Arévalo Macrí. El caso es que tras su muerte en 2003, quienquiera que fuese el heredero se deshizo del poemario para que ahora lo disfrute yo, setentaitrés años después de su publicación —a saber si habrá alguien que lo disfrute cuando yo me vaya—. Paisajes del alma en paz recibió el Premio Ejército «Alforjas para la poesía» en 1972. La portada tiene una viñeta de Rafael Álvarez Ortega y pertenece a la colección Arbolé que publicaba la desaparecida Editorial Oriens.

Tres poemarios y muchas preguntas. ¿Por qué José María Alonso Gamo desapareció del mapa literario? ¿Tuvo hijos? ¿Quién tiene sus obras inéditas? La respuesta a la primera puede ser obvia: a lo mejor su obra no es buena —algo que no se corresponde con lo que he leído hasta ahora— o no es del gusto actual. En cuanto a los hijos, sé que los tuvo, porque me lo ha confirmado el médico, cirujano, escritor e historiador Antonio Herrera Casado. Quizás sean ellos quienes tengan las obras inéditas, tal vez los nietos… ¿A quién le importa? Ni siquiera Ángel Luis Prieto de Paula lo considera poeta; en su magnífico y extenso panorama histórico-crítico La poesía española de la II República a la Transición, apenas si lo nombra una vez de pasada y más como crítico literario y traductor: «Así debe entenderse la penetración del ermetismo italiano en la España de posguerra, a raíz de la colaboración —estudio y traducción— que dedicó a sus principales poetas J. M. Alonso Gamo, ya en los estertores de Escorial».

El caso es que sigo tirando del hilo y descubro, conjeturo, que estuvo casado con Juana María Dolores Sandoval Martínez, quien algo debió de tener que ver con la Casa de la Campana de Cieza… Y descubro otra cosa que me enternece. José María Alonso Gamo escribió en el periódico ABC un dolorido romance dedicado a María del Mar Pérez Lafuente, fallecida repentinamente a los veinte años de edad el 28 de noviembre de 1990. Todos los años desde esa fecha, cada 28 de noviembre, los padres —Javier y Conchita— o hermanos de María del Mar publican una esquela que llena una página de ABC. Me vienen a la cabeza ahora los versos del epitafio de Jorge Santayana que José María Alonso Gamo tradujo al español:

Belleza y juventud que nutríais la llama

que aquí quedó extinguida, sellad su nombre amado

pues él no yace aquí. Dondequiera que estéis

él ama nuevamente y muere con vosotros.

¿Qué hacía a María del Mar tan especial, qué bondades tenía? ¿Cuál fue el vínculo de José María Alonso Gamo con esa joven a quien sus familiares recuerdan todos los años y por quien cada 28 de noviembre celebran una misa en la Parroquia de San Jorge de la calle Padre Damián, 22 de Madrid? Lo ignoro. Pero tal vez este año, si es que aún siguen recordándola 36 años más tarde, me pase por esa iglesia para sentir que el recuerdo es también poesía, un puerto del que zarpar hacia otros destinos. Mientras tanto seguiré esbozando paisajes, paisajes de mi vida... paisajes de un alma en vida.



Michael Thallium

Paisajes de un alma en vida


Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Paisajes de un alma en vida. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV189). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/11/paisajes-de-un-alma-en-vida.html

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