

Vuelvo
a empezar
A nadie le es desconocido que vivimos en una sociedad polarizada. La actualidad social y política nos sitúan en un estado de resquebrajamiento en el que ya no sabemos si cocer las heridas y seguir hacia delante, luchando, o si dejar que el desangramiento siga su curso para ver hasta dónde estamos dispuestos a llegar.
Ningún momento es estanco. Todo acontecimiento
conlleva cambios, aunque a veces esos cambios no sean una mejora, sino todo lo
contrario, pueden ser un retroceso. Sin embargo, así funciona el mundo, a veces
corremos, otras veces simplemente avanzamos sin detenernos y otras veces
retrocedemos.
Los momentos de retroceso no pueden ser
duraderos y siempre derivan en un nuevo amanecer, que suponemos siempre mejor.
El tiempo no regresa, pero tampoco olvida del todo, siempre que queden voces
dispuestas a ser testigo de aquello que fue o que nunca debió ser. Y entre tanto,
cada uno de nosotros siendo partícipes y al mismo tiempo observadores de una
realidad que nunca nos complace.
Hace ya tiempo venía rumiando en que debía
recuperar mi actividad como columnista de la revista Numinis. Algo que
es una responsabilidad y al mismo tiempo un trabajo, no solo vocacional, sino
de exploración, tanto personal como intelectual y social. Escribiendo no solo
nos conocemos mejor, sino que nos ayuda a poner en orden y entender de forma
más recogida esa realidad que en ocasiones sentimos que se nos escapa.
Una motivación para volver a escribir estas líneas
inútiles ha sido seguir el trabajo de mi amigo Michael Thallium. Él lleva
varios años escribiendo de forma incansable su columna de los viernes en esta
misma revista, que con mucho esfuerzo e ilusión plasma cada semana sus
vivencias sociales, fraternales, sus indagaciones, expediciones, diálogos y
descubrimientos, creando un laboratorio literario en el que va quedando
reflejado en forma de texto una realidad compartida que quizás de otro modo
nunca sería tan de todos. Podríamos decir, por tanto, que escribiendo mejoramos
nuestra percepción del mundo, aunque también nos curamos, cosiendo en forma de
texto aquellas heridas que quedaron naufragando en el pensamiento.
Precisamente, la diferencia entre mejorar y
curar es uno de los grandes temas de nuestro tiempo, atravesado por la
exploración espacial y la inteligencia artificial. Si en algún momento conseguimos
llegar a otro planeta y asentarnos en él, la técnica nos posibilita mejorar
nuestras condiciones biológicas y morales con la finalidad de habitar aquello
que es hostil a la vida. De este modo, en una dimensión terrestre podemos
hablar del uso de la tecnología para curar la vida, pero más allá de la Tierra,
la mera cura no basta, es necesario una mejora, una evolución tecnológica.
Toda mejora no es necesariamente buena, ni tampoco
necesaria por sí misma. La diferencia entre el consentimiento y la
obligatoriedad siempre es un arma de doble filo, que en la medida en la que
somos menos dueños de nuestra vida, toda posibilidad de control queda sometida
a intereses ajenos que van más allá de un mero existir.
Quizás Michael escribe para mejorar la
realidad, plasmándola en forma de texto y haciéndola más real, más humana. En
esa mejora también hay una cura, un control o un alivio. Una cura porque la
escritura ayuda a ordenar y coser lo fragmentado, a rellenar con palabras los
huecos que la realidad olvida. Un control porque en la medida en la que
ratificamos textualmente el mundo, al mismo tiempo controlamos nuestro
discurso, nuestra forma de entender lo que nos rodea y de mostrárselo al otro.
Y un alivio porque aquello que textualizamos queda desgajado de nosotros, queda
exteriorizado, pero a la vez accesible y leíble. Es una forma de permanecer
pero al mismo tiempo de dejar espacio para seguir viviendo.
Seguir viviendo en un mundo fragmentado y
polarizado es uno de los retos en los que estamos insertos, aunque sabemos que
no es nada nuevo. Quizás esta vuelta a recuperar la actividad como columnista
sea mi forma de desfragmentar y empezar a unir aquellas piezas que sin darme
cuenta han podido quedar no tan unidas. Todos nos rompemos, pero no toda
ruptura es igual. Quizás no sea tampoco una ruptura sino un reordenamiento, una
nueva forma de situar las piezas. Una duda al fin y al cabo que necesita pensarse
y edificarse desde cero.
Inicio por tanto esta nueva etapa recuperando
la columna semanal de Numinis, esta vez de los lunes, con la intención
de construir un pequeño laboratorio personal y colectivo que nos ayude a
comprender aquello que se nos escapa. Aquí, el texto, no solo es la realidad,
sino la posibilidad de ser aún en la fractura. Una fractura que debemos
reconstruir con el pensamiento y el esfuerzo de todos. Al fin y al cabo, todo
texto siempre espera a ser leído, al igual que toda persona siempre espera el
abrazo del otro. En este caso, el reto no es que ese otro sea idéntico a mí,
sino que el texto y el abrazo provengan también del más desemejante.
Por mi parte solo espero no perderme en la
indisponibilidad de lo cotidiano y poder cumplir mi promesa de tener un pequeño
texto escrito en esta revista cada lunes. Algo que seguro me ayudará seguir
leyendo cada viernes la columna incansable e inspiradora de mi querido amigo
Michael Thallium.
Ayoze
González Padilla
Vuelvo
a empezar
Cómo citar este artículo: GONZÁLEZ PADILLA, AYOZE. (2026). Vuelvo a empezar. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CL1). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/10/vuelvo-empezar.html




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Muchas gracias por la mención. ¡Adelante! ¡Ánimo!
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