

Mafe ve películas
De terror. Son de terror. Cuando llega el mes de octubre, Mafe ve películas de terror. Al menos treintaiuna. Una al día como mínimo. Nunca ha sabido qué meses del año tienen treinta o traintaiún días. De cuanto en vez recurre a un truco de la mnemotecnia de las abuelas que enseñaban a sus nietos hace muchos años. No a ella; su abuela jamás le enseñó ese ardid mnemotécnico, y tampoco recordaba de quién lo había aprendido o si siquiera lo había aprendido de alguien. La noción era vaga, pero cuando quería saber qué meses tenían treinta o treintaiún días, cerraba el puño de la mano izquierda y con el índice de la derecha iba contando los nudillos y los espacios comisurales o valles entre nudillo y nudillo. Hacía coincidir el primer nudillo con el mes de enero y a ese mes le correspondían treintaiún días. Luego llegaba el primer espacio comisural o valle que se correspondía con el mes de febrero, que es notorio que suele tener 28 días; después el siguiente nudillo que hacía coincidir con el mes de marzo —otros treintaiún días—; después, abril con el siguiente valle —treinta días—; después mayor con el siguiente nudillo —treintaiún días— y así sucesivamente repitiendo nudillos y valles hasta completar los doce meses del año. De este modo sabía que enero, marzo, mayo, julio, agosto, octubre y diciembre —los meses que caían en los nudillos— tenían treintaiún días. Le resultaba ridículo tener que andar contando con el dedo índice y nombrando mentalmente los meses como los niños cuando hacen cuentas con los dedos para sumar o restar. A veces se le escapaba un hilo de voz involuntario y si alguien estuviera a su lado, escucharía un susurro de nombres de meses. No obstante, Mafe procuraba hacer estas cuentas cuando estaba sola, para que nadie la viera; si no, lo hacía con sutil disimulo. En cualquier caso, no necesitaba hacer esa maniobra mnemotécnica para saber que octubre tenía treintaiún días y que treintaiuno era el número mínimo de películas de terror que veía todos los años por el mes de octubre. Llevaba haciéndolo muchos años. No cabían dudas: octubre tenía treintaiún días y treintaiuna películas como mínimo eran las que veía todos los meses de octubre desde que llegó a Madrid, ciudad en la que llevaba viviendo algo más de seis años.
Mafe dejó su país, su familia, sus amigos. A la capital de España llegó para forjarse un futuro o, mejor dicho, un presente con el que labrarse el porvenir. Apenas tenía dieciocho años cuando llegó. Empezar de cero. Una mujer joven; muchos europeos dirían que una niña, pero en Hispanoamérica muchas mujeres a esa edad ya son madres. Ella, no. Mafe es independiente, un poco loca, artística, pasional, aventurera, pero fiel y honesta. Su cuerpo, fino y atlético; cabello lacio, carácter fuerte, aunque amorosa. Muchos hombres y mujeres la veían tremendamente atractiva —lo es—, pero la mayoría de esas personas ignoraban que al llegar el mes de octubre Mafe se encerraba en su casa para ver películas de terror. Sus novios, que había encadenado en los últimos seis años —todos músicos— y amigos más cercanos conocían esa rareza cinéfila de Mafe; el resto, no, ¡ni falta que hacía!
Mafe vivía de alquiler en una buhardilla repleta de goteras. En los meses de lluvia, ponía cubos para recaudar el agua que se filtraba por las grietas del techo y por la lucarna que abría la estancia a la luz del día y a los astros y luna de la noche. Mafe había aprendido que, si llenaba de agua los cubos hasta la mitad, el ruido de las gotas al caer era menos molesto, más acuosamente amortiguado.
Allí estaba ella, sentada a oscuras, con la banda sonora del incesante goteo al que sus oídos ya se habían acostumbrado, viendo la duodécima película del mes: Amer, una película belga de 2009 con guión y dirección de Hélène Cattet y Bruno Forzani. La noche anterior había visto la japonesa Exit 8 de Genki Kawamura; y la anterior, la canadiense Possesor de Brandon Cronenberg. Octubre había comenzado con la mejicana Huesera de Michelle Garza.
Las películas de terror le encantaban, pero no le daban miedo. Las disfrutaba y analizaba desde el punto de vista de la artesana que se dedica a hacer cortometrajes. Mafe es cineasta, aunque quizás esa palabra le viniera grande. El neologismo cineasta llegó al español a través del francés. El término lo había creado el dramaturgo Louis Delluc en 1921. Sin embargo, originalmente proviene del griego Kinema —movimiento— al que se le añade el sufijo -asta que significa partidario, aficionado o que ejerce una actividad. Así que cineasta es el aficionado al movimiento, o sea, director de cine. Por el momento, Mafe solo había escrito y grabado cortometrajes. Vocación de artista, oficio de creadora… Pobre en recursos económicos; rica y afortunada en casi todo lo demás.
Un par de años atrás había conocido a un español que consideraba que ella tenía mucho talento. Había algo en Mafe que lo atraía, y que lo atraía profundamente, pero ella era ajena a esas consideraciones artísticas y secretas querencias.
Habíamos dejado a nuestra joven mujer sentada a oscuras viendo la duodécima película de terror que no le daba miedo, pero que, como todas las demás, le suscitaba una irresistible fascinación… Todo bien. Nada nuevo. Sin embargo… ¡Un ruido! No, no era el rumor de la lluvia contra el tejado ni el periódico ploc ploc ploc de las gotas de agua al caer en los cubos…
Mafe afina el oído. Mira en derredor, pero está oscuro. Juraría haber escuchado algo. Pulsa el botón Pause del mando a distancia. La imagen de los ojos de una niña que mira de reojo se queda congelada en la pantalla del televisor. La lluvia y el goteo resuenan con más nitidez. Enciende la luz. Escudriña con los ojos los rincones de la buhardilla. ¿Habrá sido algún vecino? No, es festivo, el Día de la Hispanidad, y los vecinos están fuera. El caso es que le pareció haber oído un ruido… Sí, sí, ¡lo ha vuelto a oír! Es como… es como… Un rasguño, como si unas uñas rasgaran una superficie de madera. Mafe afina más el oído. Parece que proviene del armario. Se acerca. Silencio. La lluvia. Las gotas. La imagen de los ojos de la niña mirando de reojo en la pantalla… ¡De nuevo ese rasgueo! Mafe se aproxima al armario. Pega la oreja a una de las puertas. Silencio. Un repente de escalofrío le recorre el cuerpo. Se va la luz. ¡Un apagón! ¡Verga! Instintivamente, da un respingo hacia atrás. Busca el teléfono móvil. Lo había dejado en alguna parte cerca del ordenador portátil. Tantea en la oscuridad. Palpa. Lo encuentra y activa la linterna. Al hacerlo, comprueba que le ha llegado un mensaje de Whatsapp desde un número de teléfono desconocido: «Letmeoutletme outletmeoutlet meoutetme outletmeout letmeoutlet meouttetme outletmeout letmeoutlet meout letme outletmeout». Lo lee con extrañeza. El rasgueo de uñas en las puertas del armario se hace más intenso, el goteo se acelera y la lluvia arrecia contra el tejado y el cristal de la lucarna. De nuevo un mensaje: «Educmehinc Eripemehinc Educmehinc Eripemehinc Educmehinc Eripemehinc Educmehinc Eripemehinc Educmehinc Eripemehinc». El rasgueo se intensifica, se acelera. Alguien escribe: «Sácamede aquísaca medea quísacame deaquísa camedea quisácame deaquí sacámede aquísaca». Por primera vez Mafe siente… miedo. No sabe de qué. Hay algo que la asusta, pero también le suscita irracional curiosidad. Piensa en voz baja: «¡Marico, pero qué vaina es esta!» Eso no le puede estar pasando. Súbitamente, la lluvia para y el goteo se detiene congelado en el aire; las gotas se secan y estallan en diminutas nubecillas de polvo de cristal. El rasgueo de uñas cesa y un clamor de silencio impregna las paredes aislando la buhardilla del resto del universo. No se oye absolutamente nada. Mafe siente el latido acelerado del corazón en las sienes y un tumtum tumtum en los oídos. ¡Marico! Vuelve la luz. Mira a la pantalla del móvil. Alguien sigue escribiendo desde el número desconocido: «Βγάλε με από εδώ Βγάλε με από εδώ Βγάλε με από εδώ Βγάλε με από εδώ Βγάλε με από εδώ». Mafe duda. Vuelve la cabeza hacia la puerta de salida; vuelve la mirada hacia las puertas del armario. Decide responder. Escribe: «¿Quién eres?» Vuelve a entrar otro mensaje: «Emarébil Emarébil Emarébil Emarébil Emarébil Emarébil Emarébil Emarébil Emarébil Emarébil». Desde dentro del armario suena un golpeteo enérgico y seco. Pampampampán, Pampampampán, Pampampampán. A Mafe le viene a la cabeza la quinta sinfonía de Beethoven. Pampampampán, Pampampampán, Pampampampán. El golpeteo cesa. De nuevo el silencio. Mafe se aproxima al armario. Suelta el móvil. Acerca sus manos a los pomos. Toma aire. Respira hondamente. Está dispuesta a abrir el armario… Tira y abre las puertas. Detrás de ellas emerge una figura muy conocida. Los ojos de Mafe se abren en un gesto de pasmo. Se queda paralizada por unos segundos. Entonces, solo entonces, decide hacer lo que debería haber hecho hacía unos cuantos años. Extiende los brazos. Se acerca a la figura temblorosa. Comienza a repiquetear la lluvia en el tejado y se reanuda el suave chapoteo de las gotas en los cubos.
En la calle, guarecido de la lluvia bajo una pequeña marquesina, un hombre hace cuentas posando el dedo índice de la mano derecha sobre los nudillos del puño de la mano izquierda. Mira hacia la azotea del edificio. Al ver un resplandor que emerge del tejado iluminando la noche, exclama para sí: «¡Cuánto amor! ¡Cuánto talento!» Entonces su cuerpo se sublima ascendiendo por entre las gotas de lluvia para desvanecerse y unirse, artística y secretamente, a esa luz efímera de la que él solo ha sido testigo.
Michael Thallium
Mafe ve películas
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Mafe ve películas. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV186). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/10/mafe-ve-peliculas.html




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