

El asceta hindú que jamás he sido
La flexibilidad de mis piernas —la que tengo ahora— me impide adoptar esa postura fácil para meditar; sukhasana, la llaman. Al parecer, en sánscrito, sukha significa ‘placer’, ‘bienestar’ y asana, ‘postura’. Postura del placer o del bienestar. Yo no se los veo por ningún lado. Será la postura fácil, pero lo único que siento es tensión e incomodidad. Más bien la denominaría utkatasana —que así es como se dice en sánscrito postura incómoda—, pero resulta que ya existe otra postura yóguica que se llama así. De cómo he terminado sentado en esta postura es bien sencillo: retrasar el sentarme a escribir, es decir, ‘procrastinar’ o dejarlo para mañana, que eso significa ese verbo en latín. Resulta que tengo un zafú negro que lleva por casa unos cuantos años sin que lo utilice. Supongo que, cuando lo compré, tenía la firme intención de convertirme en un meditador profesional. Obviamente, ni meditador ni profesional. El paso del tiempo nos revela las intenciones ocultas que, en este caso, fueron las de pasar olímpicamente de la meditación y del yoga. Ese zafú —en japonés significa ‘asiento hecho de espadaña’— o cojín duro me miraba desde el sofá en que se posa inútilmente desde hace unos cuantos años. Fue entonces cuando me dije: ¿por qué no lo utilizas y te pones a meditar un poco antes de escribir? Dicho y hecho. Me vino a la cabeza la música —a muchos no les parecerá música— de los dos cuartetos de Morton Feldman. No iba a ponerme a meditar durante las más de seis horas que dura el Cuarteto n.º 2 —algo que sí hice hace nueve años, y no una, sino dos veces—, así que elegí el Cuarteto n.º 1 que dura tan solo una hora y media. Una hora y media la aguanto fácilmente, me dije. No he llegado ni a quince minutos sentado en la puta sukhasana esa. Me he levantado del suelo como he podido y me he puesto a escribir. Conclusión: no estoy en forma y busco todas las excusas del mundo para no hacer lo que tengo que hacer.
Así que aquí estoy ahora escribiendo al ordenador mientras suena el primer cuarteto de Morton Feldman… De hecho, se acaba de terminar, lo cual evidencia el paso indefectible del tiempo: me senté infructuosamente a meditar cuando comenzó la música, aún no llevo ni la mitad de lo que ignoro que terminaré escribiendo y acabo de poner el comienzo del Cuarteto n.º 2 —sí, ese que dura más de seis horas— por ver si me llega la inspiración… La inspiración no llega, se forja. Hay que trabajársela. Escribir es labrar el tiempo. Una palabra es la roca cincelada por el pensamiento en la cordillera infinita del tiempo. Cada letra —aunque estas tienen truco, porque son todas cortadas por el mismo patrón universal de la Times New Roman; no salen de mi puño, sino de los impulsos eléctricos al golpear la teclas del ordenador— que voy escribiendo va sucediendo a la anterior en el tiempo, pero luego todas ellas quedarán plasmadas en un todo fijo e intemporal. Quien las lea no verá una n o una o o una v y una e o una r que anteceda a una a, no; quien las lea interpretará palabras sin prestar siquiera demasiada atención a los sonidos, porque muy probablemente la lectura será para sí mismo, con esa voz interior que no suena. Sin embargo, cada letra fue surgiendo unas milésimas de segundo más tarde que su precursora. Escribir es fijar poco a poco —letra a letra— el tiempo que transcurre, transformándolo en pensamientos, afirmaciones, palabras… Lo he escrito hace unos renglones: la palabra es la roca cincelada por el pensamiento en la cordillera infinita del tiempo. Los lectores son senderistas o escaladores según sea el desnivel del terreno: a mayor desnivel, mayor dificultad. Cuanta mayor la dificultad, más la facilidad para perder la atención y el interés.
A todo esto, la música del segundo cuarteto de Morton Feldman dejó de sonar hace ya más de siete horas. Tuve que pararla de inmediato y salir de casa escopetado, que es como se sale cuando uno tiene que atender asuntos urgentes. En el ínterin, dejé de escribir, cambié de ciudad, hice lo que me tocaba hacer y apenas hace media hora que he regresado a casa, a esta mesa, para volver a sentarme delante del ordenador y continuar con este texto que no deja de ser un tejido en el que a saber quién encuentra un hilo del que tirar para destramarlo. ¡Procrastinador! Quizás me dé por ponerme a meditar antes de acostarme, por aquello de dejar también el sueño para mañana. Detrás de mí, en la otra habitación, descansa en el sofá el zafú negro sobre el que posé mis asentaderas creyéndome ser el asceta hindú que jamás he sido.
Michael Thallium
El asceta hindú que jamás he sido
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). El asceta hindú que jamás he sido. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV184). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/10/el-asceta-hindu-que-jamas-he-sido.html




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