

Concepciones sobre la vida y la moral a la luz de nuestra
salida al espacio ultraterrestre
El ser humano no debe deshumanizarse
El filósofo español José Ortega y Gasset dijo en Ensimismamiento
y alteración (2014, p. 37) que el ser humano puede deshumanizarse, a
diferencia del tigre, que no puede destigrarse. Es decir, un tigre (o cualquier
otro animal no humano) no puede dejar de ser tigre; su condición no se lo
permite. Sin embargo, el animal humano sí que puede dejar de ser humano, no en
un sentido biológico (de momento), sino en un sentido existencial o incluso
cultural y social. Esto es debido a cuestiones como el avance tecnocientífico,
la guerra, la violencia, etc., donde el ser humano comete actos sin ningún tipo
de consideración afectiva ni moral, derivando de todo ello una deshumanización
en la que el hombre deja, de algún modo, de ser aquello que en realidad es: un
ser moral.
La ausencia reiterada de una dimensión moral de la vida
humana conlleva inevitablemente a una deshumanización de esta. Somos, ante
todo, seres morales que habitamos el mundo de una manera en la que no solo
cuenta la consideración sobre nosotros mismos, sino, sobre todo, nuestra
convivencia con los demás. Por tanto, esa célebre afirmación de Aristóteles de
que el hombre es un animal social por naturaleza en realidad lleva implícito el
animal moral, ya que no es posible una sociedad sin unas mínimas normas morales
que nos permitan estar en el mundo y relacionarnos de forma digna y sostenible.
Por ello, el problema más importante que debemos afrontar
en esta nueva etapa de la humanidad en la que nos dirigimos hacia el espacio
ultraterrestre, es el de recuperar de forma más prominente la dimensión moral
de lo humano. Esto es especialmente importante debido a que nos encaminamos
hacia una sociedad donde la competencia, la instantaneidad, lo fugitivo y
banal, la violencia, la desinformación y la individualidad propician una mayor
laxitud o incluso la ausencia de valores morales, lo que, sin darnos cuenta,
nos deshumaniza.
Fuera de la Tierra, en misiones interplanetarias o en
asentamientos en otros planetas, donde las condiciones materiales son
radicalmente diferentes a las terrestres, con condiciones extremas, escasez de
recursos y limitaciones de todo tipo, esa posible deshumanización estará más
presente que nunca. Esto es debido a que la posibilidad de elección y de
decisión en cuestiones cruciales como la movilidad, la reproducción, el
embarazo, la muerte, la salud, etc., estará condicionada por situaciones
extremas nunca antes experimentadas por el hombre. En estos entornos fuera de
la Tierra, la diferencia entre la vida y la muerte puede radicar en la
modificación genética humana, la cual puede terminar siendo un mecanismo de
desigualdad social y de sometimiento tecnológico. No obstante, existen marcos
de referencia terrestres y orbitales, como la conducta militar, las condiciones
de vida en la Antártida, en submarinos o en la Estación Espacial Internacional,
entre otros, que nos pueden ayudar a vislumbrar de forma aproximada cómo
podríamos vivir en condiciones extremas fuera de nuestro planeta.
La consideración moral de lo no humano
En un intento por responder a la pregunta imposible que
daba título a la columna anterior: «¿Estamos preparados para convertirnos en una especie multiplanetaria?», no debemos olvidar que, para dar cuenta de lo
que somos y de cómo vivimos, debemos hacerlo teniendo en cuenta no solo a
nuestra especie, sino también al resto de formas de vida que conforman nuestro
planeta.
A este respecto, podemos tratar de dar alguna tentativa
de respuesta desde dos formas de concebir el mundo. La primera proviene del
antropocentrismo, una cosmovisión en la que el ser humano es concebido como una
especie superior al resto de seres vivos debido a su rasgo diferenciador: la
racionalidad. La segunda proviene del biocentrismo, donde el centro no es la
especie, sino la vida, tanto animal como vegetal, así como los ecosistemas
donde ésta se da y desarrolla. Una concepción antropocéntrica concibe lo no
humano como inferior; sin embargo, una concepción biocéntrica concibe la
especie humana como una parte integrante más del gran número de especies
existentes, cuya interdependencia es vital y no jerárquica. No obstante, muchos
biocentristas hablan de la sintiencia, esto es, de cómo la capacidad de sentir,
y no la racionalidad, puede ser el rasgo distintivo entre unas especies que son
más complejas que otras.
Así, si queremos habitar otros planetas y convertirnos en
una especie multiplanetaria, no debemos olvidar que somos una gran familia de
diferentes seres vivos conviviendo en la Tierra y que todas nuestras decisiones
y acciones no solo nos afectan a nosotros, sino también a todas las demás
especies con las que habitamos. Ello implica no solo saber convivir, sino
aprender a relacionarnos de forma sostenible con los animales no humanos y con
el entorno, de tal modo que, en los intentos por comprender lo no humano, no
solo se enseñe alguna forma de comunicación humana —como la lengua de signos— a
las especies con capacidad de aprender —como sucede con los grandes simios,
delfines y loros—, sino que también tratemos de aprender y descifrar sus formas
de comunicarse. De este modo, podremos tratar de relacionarnos con ellos desde
su forma de entender el mundo y lo que les rodea, y no solo desde una
concepción antropomórfica de las capacidades intelectuales.
Todo ello apunta a que es importante tratar de saber cómo
piensan los animales no humanos y no solo hacerles a ellos «pensar» como
nosotros, para finalmente concluir que son menos inteligentes por no progresar
en el aprendizaje de nuestro lenguaje. Es por ello que el etólogo Loïc Bollache
(2025) ha señalado que «si hiciéramos la prueba en sentido contrario, a pesar
de nuestra supuesta inmensa superioridad, ¿seríamos capaces de entender el
lenguaje de los delfines?» (p. 26).
En cualquier caso, consigamos o no una comunicación más
compleja con el resto de especies animales, lo importante es la concepción
moral que tengamos sobre el valor de la vida en general. Concebir la vida como
un valor intrínseco, es decir, como un valor que no es dado por el ser humano,
sino que se tiene por el mero hecho de estar vivo, nos sitúa en una forma de
convivencia social en la que podemos habitar de forma sostenible el planeta.
Solo conviviendo moralmente en el mundo podemos vivir una vida fuera de él sin
repetir los errores del pasado, tales como la esclavitud, la guerra, la
desigualdad, la contaminación ambiental, entre otros tantos. Un reto que no
debemos dar nunca por superado.
Ayoze González Padilla
Concepciones sobre la vida y la moral a la luz de nuestra
salida al espacio ultraterrestre
Bibliografía
-BOLLACHE, LOÏC. (2025).
Cómo piensan los animales. Alianza Editorial.
-GONZÁLEZ PADILLA, AYOZE. (en
prensa, 2027). Bioética del espacio: Una filosofía para después del ser humano.
Universidad CEU San Pablo/Universidad Pontificia Comillas.
-ORTEGA Y GASSEY, JOSÉ.
(2014). Ensimismamiento y alteración, Meditación de la técnica y otros ensayos.
Alianza Editorial.
Cómo
citar este artículo:
GONZÁLEZ PADILLA, AYOZE. (2026). Concepciones
sobre la vida y la moral a la luz de nuestra salida al espacio ultraterrestre.
Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CL3). ISSN ed. electrónica: 2952-4105.




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