

El destino de quienes nos antecedieron
Es tan frágil… Me refiero al velo que separa el bien del mal, la incertidumbre de la certeza, la serenidad de la inquietud, el bienestar de la miseria, la tranquilidad del horror. La vida, tan robusta y efervescente, es tan frágil… Ves a una pareja caminando al sol con sus vástagos un domingo por la mañana, tan en armonía, sin miedo a dar un paso por la calle… ¿Qué hace falta para que el horror atroz de la violencia destruya ese placentero paseo dominical? Nada, nos decimos. Es imposible que algo pueda destruirlo, eso solo ocurre muy lejos, en esos lugares tan lejanos en los que las gentes están más asalvajadas. Aquí eso no puede ocurrir. Y no nos damos cuenta de que esos a quienes consideramos algo más asilvestrados, más primitivos porque resuelven sus conflictos con fuerza bruta e irracional, en algún momento también han paseado plácidamente al sol un domingo por la mañana dando por imposible que les ocurriese lo que solo pasa en otros lugares lejanos, llenos de personas fanáticas y salvajes, incivilizadas, malvadas, esa canalla que siempre está en otro lugar y a la que nosotros jamás perteneceremos.
El mundo es cada vez más complejo. Siempre lo ha sido para cada una de las personas a quienes les tocó vivir su época. El desconcierto de alguien de hace 4.000 años ante los cambios de la sociedad de su tiempo varía poco del que podamos tener ahora algunos de nosotros. Lo que ha cambiado sustancialmente es la complejidad y un nuevo factor que jamás antes había existido: la mal llamada inteligencia artificial. En el pasado menudeaban la superchería y la superstición. Se buscaban respuestas sobrenaturales a aquello que no se entendía. No ha variado en lo sustancial. Hoy la superchería y la superstición son de otra índole. Nos creemos más inteligentes, más preparados y hemos logrado explicar muchas cosas que en los siglos pasados estaban en el ámbito de lo mágico. ¿Qué pensaría cualquier ser humano de hace tan solo 500 años si al pulsar un interruptor se iluminase la estancia en la que se encontraba? ¿Qué si oyera la voz de un amigo a través de un diminuto dispositivo que se coloca en la oreja? Magia, brujería.
En buena parte de los países del mundo, eso que en el siglo XX se convino en llamar Occidente —actualmente ya es algo obsoleto, porque el desarrollo tecnológico de lo que en la antigüedad se llamó Lejano Oriente es mayor que el de cualquiera de los países occidentales—, hoy ya no puedes abrir una cuenta bancaria si no tienes un teléfono móvil —que en Hispanoamérica denominan celular—, casi todos los trámites hay que hacerlos telemáticamente y las voces al otro lado de la línea telefónica son artificiales, grabaciones que parecen reales… Todo en aras de la eficacia y el ahorro de personal laboral que dé respuesta a nuestras pesquisas y reclamaciones. ¿Ventajas? Sí. ¿Inconvenientes? Muchos. El primero de ellos la deshumanización de las relaciones y el aborregamiento.
Por primera vez en la historia de la humanidad hay más sistemas políticos democráticos, sistemas en los que cada cuatro o cinco años el pueblo elige a quién quiere que dirija la res publica. Democracia —el menos malo de los sistemas, dicen—. Al respecto, no está mal leer los Escolios a un texto implícito de Nicolás Gómez Dávila, aunque solo sea para hacernos pensar un poco, para ponernos en duda. La teoría es idílica: el poder y la soberanía del pueblo; la práctica deja bastante que desear. El poder ahora se conquista más sutilmente —habría que añadir también «más tecnológicamente»— y con el refrendo de supuestas mayorías: legitimación del poder. Sin embargo, también sigue vigente el poder de la fuerza bruta y aséptica —menos encarnizada que la lucha cuerpo a cuerpo en las que unos se partían la crisma con un mandoble certero—, ejemplos de ello sobran. No hay más que echar un vistazo al panorama en algunas regiones del mundo —lejanas siempre para el que vive más o menos bien, más o menos tranquilamente— para comprobar que las luchas por el poder siguen vigentes enmascaradas en ideologías —políticas y religiosas— que de alguna forma compramos unos y otros según el lugar del mundo en el que hayamos nacido.
Vivimos inmersos en la información, entre filfas y bulos, que nos hacen comprar discursos del político más avezado en el engaño. Ahora más que nunca en la historia tenemos que reinventarnos constantemente, ponernos al día… Sin embargo, con total franqueza, considero más provechoso para estar al día leer Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán que cualquiera de los periódicos o medios de comunicación que conforman la opinión pública y publicada. El discernimiento se desprecia, porque resulta incómodo. Mientras sean otros —en lugares lejanos siempre, claro— quienes se despellejen y maten, ¿qué más da? Compramos discursos en blanco y negro, es decir, o esto o lo contrario: o eres de izquierdas o eres de derechas, progresista o reaccionario, facha o progre… Me revuelvo ante esa absurda y falaz dicotomía, me la sacudo de encima. Es un corsé que solo sirve para mover a las masas: o estás conmigo o contra mí. La decencia de un político que ocupa cargos institucionales debería medirse por la capacidad de renuncia y reconocimiento de la valía de otros que puedan hacerlo mejor. Pero lo que cuenta es el aferramiento al poder y la descalificación del adversario. Esa es la historia de la humanidad.
Somos más tecnológicos, más libres —según qué consideremos libertad—, más rápidos, más eficientes, más pacíficamente aborregados... ¿Cuál es nuestro destino? Otros lo dirán. Nosotros ya somos el destino de quienes nos antecedieron.
Michael Thallium
El destino de quienes nos antecedieron
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). El destino de quienes nos antecedieron. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV182). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/09/el-destino-de-quienes-nos-antecedieron.html




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