

Volver a casa con el morral vacío
Salgo en batida buscando ideas como el cazador que ojea el monte en busca de presas que poder llevarse al plato para alimentarse. Esa es la clave, alimentarse, no vanagloriarse del trofeo logrado. Las presas menudean, pero ninguna de caza mayor: en la prensa, las mismas noticias que insisten en que el planeta anda muy mal y que el gobierno de turno es corrupto; la mayoría de periódicos anuncian una final de la copa del mundo de fútbol en la que dentro de dos días se enfrentarán las selecciones de Argentina y España. ¡Qué derroche de ilusiones y dinero!
Me guaro en el aguardadero de una sencilla mesa blanca desde la que avisto el monte a través de la pantalla del ordenador portátil. Una ventana al mundo, a todas esas presas de caza menor insustanciales, pero al parecer muy importantes, que ocupan tantos espacio en los diarios digitales, en la prensa escrita, en las cadenas de radio y televisión. Ni una sola idea de la que nutrirme. Pocas piezas voy a lograr por aquí.
Desisto. Pliego la pantalla del portátil. En la mesa descansa un libro desde hace una semana. No lo he abierto sino más que para anotar en una de las hojas de respeto la fecha, el lugar donde lo compré y mi firma. Eso suelo hacer con los libros que caen en mis manos. Cuándo comienzo a leerlos, es otra historia. Lo abro y leo. Me atrapa. Este sí que es un monte donde encontrar caza mayor, quiero decir que me resulta inspirador, nutritivo. Su autor no me es ajeno, porque lo he leído mucho —nunca se lee mucho a un buen autor—, aunque hacía tiempo que dejé de hacerlo tan asiduamente por aquello de alejarme y desintoxicarme: los atracones literarios pasan factura. La pausa ha sido beneficiosa. He vuelto.
Pero antes de volver y sentarme a leer y después a escribir, antes, digo, he estado en un tanatorio para comprobar, una vez más, que la muerte es de los vivos. El hermano de una amiga murió ayer. Él no se ha enterado de nada, no sabe quiénes hemos ido a saludar o no a su hermana, a su mujer —hoy ya viuda— o a sus hijos. Mi amiga tenía una relación muy hermosa con su hermano. Supongo que ayer sintió que le arrancaron un trozo de carne. Solo ella sabe el dolor de ese desgarro, de esa orfandad fraternal. Cuando llegamos a la sala de velatorio, mi amiga nos recibió —a mí y a otra amiga común— con un abrazo. Nos llevó frente al féretro. Sencillo. Madera oscura y una cruz que ocupaba buena parte de la tapa sobre la que había una pequeña foto de su hermano. La habían tomado apenas un año antes. Se le veía sonriente, mirando a la cámara y acariciando la cabeza de un delfín. A uno le asaltan esos sentimientos de conmiseración e identificación: apenas me sacaba unos pocos años más; podría haber sido yo quien estuviera dentro de esa caja en el túmulo tras la mampara. Con él compartí hace muchos años un curso y después no nos vimos mucho más… en algún cumpleaños, quizás. Un ser humano anónimo, como tantos otros miles de millones. Se llamaba José Luis Celemín y si escribo aquí su nombre es para honrarle con un breve y humilde sepelio literario entre estas letras… Ahora que lo recuerdo, también el autor del libro que descansa en mi mesa honró en otro de sus libros a una turista japonesa enterrándola entre sus páginas. Murió anónimamente al desplomársele sobre la cabeza una marquesina mientras caminaba por un barrio de Madrid. ¡Soy poco original!
Decía que había salido de caza en busca de ideas y que lo que encontré en mi batida por el monte que asomaba a través de la pantalla del portátil me decepcionó, que solo encontré inspiración en las páginas de ese libro que llevaba una semana esperando en mi mesa sin que nadie lo leyera. Abrí sus alas y eché a volar. Es el número 25 de esa gran novela en marcha que es Salón de pasos perdidos. Andrés Trapiello ha titulado este nuevo número con una expresión que dice mucho: De todo tiene. Fue empezar a leerlo y encontrar la inspiración: se agolparon todas esas grandes ideas que conforman mi particular cinegética literaria. Desde mi aguardo, quiero decir desde mi blanca mesa en una ciudad de ya más de tres millones y medio de habitantes, Madrid, no atisbo el vuelo de esa abubilla con esa cresta petulante que se parece, dice Trapiello, a la peluca de los jueces británicos. No la veo, no, pero de solo imaginármela, me toca la buena suerte de encontrar en la literatura las piezas más jugosas de caza mayor que cobrarme. Que se queden los demás con sus partidos de fútbol, con sus guerras y sus corrupciones, con todas esas cosas tan importantes. Yo me quedo en el monte de la buena literatura. Quizás José Luis me entienda desde dondequiera que esté: cuando se trata de cazar ideas, me niego a volver a casa con el morral vacío.
Michael Thallium
Volver con el morral vacío
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Volver a casa con el morral vacío. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV173). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/07/volver-casa-con-el-morral-vacio.html




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