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Los sapos de mi vida

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Los sapos de mi vida


Rana. Me dijo que todos le salen rana. Por todos se refería a los hombres de su vida, a sus relaciones de pareja, amorosas. No sé por qué está mal que el príncipe se convierta en rana ni por qué cuando algo con alguien sale mal solemos decir eso de «me ha salido rana». Se me viene a la cabeza el popular cuento alemán de los hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm, Der Froschkönig oder der eiserne Heinrich, conocido en España por El príncipe rana —le quitamos la segunda parte del título: o el Enrique de hierro. Es curioso que en el imaginario del común de los vivos —influidos por Disney y los dibujos animados del siglo XX— asumamos que la rana se transforme en príncipe con un beso cuando en el original de los Grimm no hay beso que valga: la rana se transforma en príncipe cuando la princesa la arroja contra la pared en señal de repulsión. 

Sin embargo, algunos creen que la expresión en español proviene de otra antiquísima que circulaba entre pescadores: «salga pez o salga rana, ¡a la capacha!». Sea como fuere —no está uno ahora para ponerse a investigar concienzudamente—, el asunto es que a mi amiga le salió rana el último hombre con el que empezaba a estar ilusionada. Yo le dije: «Sapo. No digas rana. Mejor sapo, que amarga y es más feo. ¡Que le den!». Claro, eso se lo dije por teléfono y, probablemente, mi amiga asociaría el «que le den» con un aojo furibundo por mi parte hacia el apuesto príncipe que le había hecho llorar desconsoladamente, ¡menudo berrinche!, pero yo me refería al Keledén, a ese medicamento espiritual que lo cura todo. Por cierto, el Keledén no lo inventó John C. Parkin, sino quien lo tradujo felizmente al español, un tal Ignacio Gómez Calvo. Así que el crédito es del traductor  —como suele ocurrir en muchas ocasiones— no del autor: Fuck it!

El caso es que mi amiga no lo pilló al teléfono ni falta que hacía. No obstante, asomó una palabra nueva: sapo. Por cierto, ‘sapo’ es una de las palabras de origen más incierto en los diccionarios de español. Prerromana, muy probablemente, aunque insisto: no está uno para concienzudas investigaciones etimológicas. Lo que importa es que el príncipe apuesto de mi amiga se quedó en sapo. Un sapo rico, culto, inteligente y guaperas, pero sapo. «Como vuelvas con él, te cuelgo de un pino», le advertí. 

Aunque suene a tópico, ¿por qué tantas mujeres bellas, inteligentes y cultas terminan coleccionando sapos? Mi amiga, aparte de bella, inteligente y culta es muy creativa, muy artista, en el sentido literal de la palabra artista: dícese de la persona que cultiva alguna de las bellas artes. Ella cultiva varias. Así que es artista doblemente bella: por mujer y por artista. En fin, que no hay quien lo entienda, aunque no soy yo tampoco el más indicado para decir nada ni siquiera para dar ejemplo: a mí también muchas princesas me salieron sapo. En su día eso, por supuesto, me afectaba hondamente, aunque con el tiempo aprendí a tomármelo a guasa. No hay sapo que por bien no venga. Y, afortunadamente, los bienes siempre llegan.

Ahora bien, cuando uno afronta una gran decepción, de poco sirven los consuelos de amigos ni familiares. Más bien al contrario, a veces hasta molestan: que si tú eres muy inteligente, que si tú eres muy cult@, que si tú eres muy bell@, que si te sobran pretendientes, que si puedes elegir a quien te de la gana, que si no era para ti… Cuando te toca la china, o te la quitas del zapato o, si no, seguir caminando se hace muy incómodo. Y ojalá fuera tan fácil arrojar una china como a una persona de nuestras vidas. Dichosa la china que no siente y puedes arrojar bien lejos, porque las personas sentimos y —salvo los psicópatas— tenemos empatía. Se me ocurre que esa es una buena transformación: de princesa o príncipe a rana o sapo, y del anuro a china que quitarte del zapato.

No está mal este consejo: aparta las chinas del camino, porque no sienten. Arrójalas bien lejos. A los sapos te los tragas si tienes unos buenos jugos gástricos y las papilas gustativas atrofiadas; si no, los escupes, que no está uno para tragar venenos sin ton ni son… A mí solo me queda transformarme en sierpe y deglutir sin miramientos los sapos de mi vida, que los ha habido, y haberlos haylos.



Michael Thallium

Los sapos de mi vida



Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Los sapos de mi vida. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV174). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/07/los-sapos-de-mi-vida.html

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