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El silencio de la maestra

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El silencio de la maestra

La vida nos ha llevado por múltiples lugares, senderos insondables en donde probablemente no hayamos entendido el panorama ni la moraleja que de ella se desprende. Desde la edad infantil, los niños comienzan a reconocer en una persona extraña hasta ese entonces, el lugar seguro para volver, una mano maternal que los recibe con una sonrisa cálida, unos ojos que denotan ternura y una voz que no juzga a pesar de los errores que como todo niño hace, por el contrario, encuentra en esta nueva persona la manera más eficaz de confiar en alguien. A pesar de los primeros llantos del infantil o la educación inicial, empieza a surgir una forma de complicidad entre la maestra que hace de todo para calmar al nuevo integrante del aula, llevándolo de la mano hasta su asiento, haciéndolo sentir seguro y que solo estará en el colegio por unas horas. Que también en el colegio se puede jugar y aprender, porque el aprendizaje utiliza diferentes herramientas para que los niños y jóvenes puedan cimentar su aprendizaje.

Sin embargo, la labor docente va más allá de las propias aulas, trascendiendo las paredes de la escuela, allí donde el silencio anida sus más profundas reflexiones, es donde la maestra reflexiona en el silencio de la tarde, la noche o madrugada, sobre aquellas estrategias que debería tener en cuenta para la siguiente sesión con sus niños o jóvenes. En ese silencio inadvertido piensa en todos aquellos pequeños que alguna vez pasaron por sus manos, quienes muchas veces asistían destruidos por una sociedad que solo busca manipular emocionalmente a través de los bombardeos visuales. El silencio puede tener múltiples interpretaciones, pero cuando está bien dirigido, forma parte de una profunda reflexión, la más interna que se puede notar. Quizá muchas personas pasan desapercibido ante la mirada de la maestra, no obstante, la atención de ella en esa observancia infinita deja al descubierto hasta el corazón más férreo.

La maestra que da todo de sí, no siempre es la más popular, dado que su trabajo va más allá de todo reconocimiento externo. En la interioridad de su ser, surge ese reconocimiento aplicable a su propia reflexión, pero eso no quita que se le pueda admirar y reconocer por la labor que realiza en favor de los niños y/o jóvenes que tiene a su cargo. El agradecimiento externo es también una forma de resaltar su labor como educadora dedicada. A pesar de las múltiples heridas que pueda estar cargando en su interior, la sonrisa de sus niños es una fuente inagotable de agradecimiento, dado que, en cada mirada o gesto, se encuentra la gratitud de aquellas personitas que están formándose como personas de bien en medio de una sociedad manipuladora.

Dar las gracias es una forma de reconocer la vocación que la maestra ha escogido, el agradecimiento oportuno simboliza la admiración que las personas tienen de su pasión docente. El arte de educar con esmero es una forma de transmitir a profundidad nuestra cultura e impregnarla en la profundidad del ser de los niños y/o jóvenes, quienes quieren aprender, como lo dijo Aristóteles en su libro de la metafísica, todos los hombres desean por naturaleza conocer. Y no hay mayor aprendizaje que aquello que brinda la maestra, no solo desde su conocimiento, sino también desde su experiencia como hija, porque replica las enseñanzas de su querida mami en todos aquellos que necesitan estar bajo el cobertor del aprendizaje.

Vladimir Sosa Sánchez

El silencio de la maestra

 

Como citar este artículo: SOSA SÁNCHEZ, VLADIMIR. (2026). El silencio de la maestra. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CD01). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/7/el-silencio-de-la-maestra.html
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