

Un lazarillo que ve, oye, calla y aprende
El estreno fue anoche. Salió al escenario para hablar del teatro en el que se iba a representar la obra: doce metros de embocadura —dos metros más que los del escenario del Teatro Español— y nueve de fondo. No siempre fue así, pues en ese lugar se estrenaron algunas obras de Ramón del Valle-Inclán quien dijo que en el escenario de este teatro centenario solo se podían interpretar obras egipcias. Aludía don Ramón —siempre mordaz— al estrecho fondo de apenas un metro y medio que obligaba a los actores a ponerse de perfil —como las famosas figuras jeroglíficas de Egipto— para representar las obras.
El edificio donde el teatro está inserto se construyó entre 1920 y 1926. Es obra del arquitecto Antonio Palacios, el mismo que diseñó, entre otros, el Palacio de Comunicaciones —conocido hoy como el Palacio de Cibeles, sede del Ayuntamiento de Madrid—, el Hospital del Jornaleros de Maudes, el Banco Español del Río de la Plata —al que hoy todos llaman edificio del Instituto Cervantes (Pollux Hernúñez se pelearía, con buenas razones, por que se escribiera Cerbantes)—, y algunos de los templetes de acceso —Sol y Gran Vía, por ejemplo— y estaciones del Metro madrileño. En 1926 se inauguró el edificio del Círculo de Bellas Artes. La sala en la que hoy se encuentra el Teatro Fernando de Rojas fue en su día un salón de actos. El escenario era pequeño —de ahí el comentario de marras de Valle-Inclán—, pero fue el lugar donde se representó la primera obra de teatro, Auto de siluetas, de la compañía El Cántaro Roto, el domingo 19 de diciembre de 1926. Lo del nombre actual de aquel salón de actos transformado con los años en teatro es algo relativamente reciente. En 1984 se celebró aquí un ciclo dedicado a La Celestina de Fernando de Rojas —a quien casi todos hoy conocen como escritor, pero que para sus coetáneos fue un reputado jurista de Talavera de la Reina—, y el escenógrafo Jesús Campo impulsó el cambio del nombre. De Filmoteca Nacional pasó a Teatro Fernando de Rojas.
Fue aquí donde anoche Ignacio Amestoy —gran estudioso de la obra de Valle-Inclán y fundador de La noche de Max Estrella— se dirigió al público para presentar el estreno de la obra teatral El Borbón rojo en ese escenario de doce metros de embocadura y nueve de fondo. Ignacio es hermano de aquel conocidísimo periodista y presentador de televisión de los años 70 y 80 del siglo pasado: Alfredo Amestoy. También es el marido de la escultora Esperanza d’Ors, nieta de Eugenio d’Ors, y padre de Ainhoa Amestoy d’Ors. Familia de letras, arte y teatro.
El Borbón rojo pertenece a la tetralogía teatral borbónica Todo por la Corona: Violetas para un Borbón (ultimas horas de Alfonso XII), ¡Adiós Borbón! (los amores de Alfonso XIII con la actriz Carmen Ruiz Moragas ) y Un Borbón en el desierto (algunos oscuros sucesos que atañen a Juan Carlos I). El Borbón rojo aborda la figura del Conde de Barcelona, quien pudo haber sido Juan III de España, pero que jamás llegó a reinar: hijo de rey, padre de rey, pero jamás rey. Los personajes de la obra son dos: Juan de Borbón y Francesillo de Zúñiga, un bufón del emperador Carlos V y cronista del siglo XVI, quien actúa como confidente y entrenador —la obra transcurre en el Panteón de Reyes del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, que se transforma en una suerte de gimnasio— de don Juan.
Los actores Ernesto Arias (Juan de Borbón) y Borja Cortés (Francesillo) hicieron un excelente papel —salvo por la pronunciación de algunos latines— enmarcados en una sencilla e impecable escenografía dirigida por Ainhoa Amestoy. No es fácil mantener al público enganchado durante una hora y treintaicinco minutos, pero eso es lo que sucedió: una mezcla de humor y drama que concluye con la muerte de don Juan de Borbón, quien regresa al panteón del que sale para hacer un repaso de su vida —y de la historia de España— junto con el bufón de los Austrias. La obra se estructura en torno a las horas litúrgicas y alude veladamente al libro bíblico de Job… Lo del improvisado gimnasio escurialense no es nuevo en la obra de Amestoy. Ya en otra muy anterior, Dionisio Ridruejo. Una pasión española, Ignacio Amestoy recurre al gimnasio como lugar donde se desarrolla la acción. Por cierto, en esta última obra, Dionisio Ridruejo no aparece más que por alusiones de otros personajes que hablan de él.
Fue anoche. Y si uno llegó a ver el estreno de El Borbón rojo y conocer a Ignacio Amestoy fue por obra y gracia de un gran maestro, don Emilio Pascual, a quien uno acompañó como lazarillo que ve, oye, calla y aprende.
Michael Thallium
Un lazarillo que ve, oye, calla y aprende
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Un lazarillo que ve, oye, calla y aprende. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV170). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/06/un-lazarillo-que-ve-oye-calla-y-aprende.html




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