

Una vida desnuda
Mi vida está mal contada. Lo está y lo estará. No hay una buena biografía. Si acaso un curriculum vitae que a algunos les parecerá demasiado largo y abigarrado y a otros corto e insustancial. No hay término medio. Aquello de «nació, vivió y murió» no deja de ser una buena aproximación a mi existencia —cómo a la de tantos miles de millones de seres humanos—, aunque por el momento habría que hacer una pequeña corrección, un cambio temporal en uno de los verbos y eliminar otro: «nació y vive». Así de escueto. Y «vive» hasta la fecha, pues uno está ya en esos años vitales en los que lo de morir queda más cercano que lo de nacer, aunque ya sabemos que el dalle siega vidas a discreción, y lo mismo uno apenas nace y muere como que vive hasta los cien años. Lo sustancial, sin embargo, es vivir, pues del nacimiento no nos acordamos y la muerte jamás la recordaremos. El nacimiento, aún siendo muy nuestro, es de quienes nos vieron nacer —y esos también terminan por olvidarlo—; y la muerte, de quienes estén a nuestro lado cuando nos llegue «la hora del lobo» a la que con tanta hermosa y triste aceptación vital canta el poeta jerezano José Mateos:
«No volveré a escribir. Lo juro»,
dije después de hundirme
como piedra en el fango.
La enfermedad es como un agua negra,
y contra el sucio,
resbaladizo fondo de la muerte
¿qué puede la canción del que va solo?
Y aquí me tienes,
cantando una vez más la luz de marzo
y el roce de mis pies sobre la hierba.
Hay a quienes lo que les interesa es precisamente saber cómo nació uno, cómo vivió y cómo murió. Eso les entretiene y les hace sentirse más cultos o más informados según se trate de Historia o de historias de papel cuché —ahora habría que añadir también los vídeos cortos de redes sociales—, probablemente porque encuentren algo que envidiar, con lo que identificarse o con lo que puedan compararse.
¿Cómo nací yo? Pues como otros tantos miles de millones de seres humanos. No lo recuerdo, pero hay poetas que lo cantan tan bien, que para qué repetirlo si ellos ya lo hicieron y tan solo cambiando unos pocos nombres —el color de unos ojos, el sexo, las fechas y los lugares— cada uno de nosotros podríamos ese neonato:
Lo dice este papel: aquel febrero
de hace ya tantos años,
una muchacha sube
las calles empinadas de su pueblo
ateridas de frío,
para inscribir a un niño
que nació de su entraña adolescente.
(Lo dice aquí: en enero, treinta y uno,
año cincuenta y nueve,
calle Molino, doce,
varón, hijo de Ángeles, y va a llamarse Pedro)
La imagino radiante,
con ese chaquetón de todos los inviernos
abrigándole el cuello,
lleno el rostro de luz y de inocencia
y los pechos turgentes, rebosantes de leche,
llegando a la oficina del Registro,
una lóbrega sala
atestada de tomos
donde consta el linaje, el amor y la muerte
de todos los del pueblo.
(Lo dice, madre, aquí. Y está su firma,
torpe, conmovedora,
entre las doctas firmas del Juez y el Secretario.)
Hoy, entre mis papeles, he encontrado esta hoja
que da fe de que existo, de que fuimos
y a través de ella quiero, con estos versos míos,
recrear todo un tiempo que ya sé clausurado,
pero que resucita
en esta noche oscura
trayéndome de nuevo todo lo azul del mundo:
el azul de sus ojos
y los azules trazos de su firma,
hecha con una tinta que, ahora lo sabemos,
dura más que la sangre.
Así lo cantó de sí mismo ese poeta de Arcos de la Frontera cuyo apellido lo desubica falsamente del pueblo donde nació: Pedro Sevilla. Todos hemos tenido madre sin la cual no hubiésemos nacido. A todos nos han inscrito para certificar nuestra existencia. Y qué contradicción no saber apenas quiénes somos y que un papel certifique nuestras vidas. Sin papeles no eres nadie; con papeles existes, aunque no te conozcas.
Ya lo dije: mi vida está mal contada. Y probablemente jamás encuentre un término medio para desarrollar lo que ocurra entre las dos fechas que algún día alguien registrará para el olvido. Por eso vivir es sustancial. ¡Qué paradoja estar sustancialmente vivo y no saber contarlo! Aunque eso a fin de cuentas sea lo único que podremos genuinamente llegar a contar. Ahora ya la inteligencia artificial puede contar muchas cosas por nosotros y para nosotros. Quizás lo único relevante, lo único auténtico, sea contarnos a nosotros mismos mientras no nos arrebaten quienes somos, mientras haya un ser que se interese por el prójimo.
Ya ni siquiera se puede confiar en la cultura general y quizás a Amanda Sorokin no le falte razón:
Todos hablamos de Freud como decimos «sublime»
y «platónico» y «dantesco», «pantagruélico»
y nos creemos lo que cuentan sobre Dios
y el movimiento obrero.
Y pensamos que aquello lo dijo Marx
y es de Voltaire esa frase tan bonita sobre la libertad,
y no sabemos dónde acaba el camino de Kerouac
y empieza el de Gardel,
pero igual lo citamos, lo destrozamos,
apartamos a la masa de un empujón orteguiano.
Sonreímos.
Así se compone la cultura general,
de residuos: lo que no dijeron otros
o dijeron sin querer.
Por eso en verdad da lo mismo
si construimos sobre imprecisiones,
como castillos en el aire contaminado.
Y menos importa a quién se atribuyan
los méritos y las culpas;
si son verdad o mentira las mil interpretaciones
y vivencias de la misma historia.
La distancia entre quererse y la enorme carcajada
creo que se llama traducción libre.
Definitivamente, si alguna vez llego a contar bien mi vida, será porque hable de un yo que eres tú, de un yo nada egotista, un yo que hable de los otros, un yo humilde; ese yo que se rompió un par de huesos en la vida, que se enamoró, que rio, que lloró, que viajó, que hizo el amor, que quiso unirse a otro ser más dulce, de un yo que tuvo insomnio…
Yo con mi insomnio
juego al póker de noche.
Siempre me gana.
Un yo perdedor, un yo ganador, un yo que se enfada, que duda… Un yo que hable de una vida pura, de una vida desnuda.
Michael Thallium
Una vida desnuda
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Una vida desnuda. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV162). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/05/una-vida-desnuda.html




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