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Historia sucia de las ciencias - Introducción: Por qué ciencias, por qué sucia y por qué historia (segunda parte)

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Historia sucia de las ciencias - Introducción: Por qué ciencias, por qué sucia y por qué historia (segunda parte)

En la columna pasada se quedó en el aire clarificar el tercero de los términos que aparecen en el título de esta serie: “historia”.

Una historia versa acerca de un período espaciotemporal concreto. Si he sido ambiguo en exceso al definir “ciencias”, seré más específico en cuanto a la acotación de esta historia: me centraré en Europa y sus colonias de los siglos XVI en adelante. Habrá menciones a otras civilizaciones y latitudes, pero siempre y cuando desemboquen en el río principal. Ante esto se me podría acusar de eurocentrismo. ¿Acaso una investigación que se las ha dado hasta ahora de progre va a discurrir por un canal tan conservador, cuando no reaccionario? Con todo lo que ha avanzado la historiografía anticolonial ¿no es hora ya de reconocer que las ciencias no solo son un producto occidental, sino que otras sociedades también las han cultivado? A lo que solo puedo responder, sin mojarme mucho, sí y no.

Empecemos por el no. ¡Claro que otras culturas y otras épocas han hecho grandes aportes y descubrimientos cognitivos! Muchas veces anticipándose o solapándose con las ciencias occidentales. Cualquiera que se haya interesado por la etnobotánica habrá visto que en multitud de culturas de todas partes del mundo se han desarrollado sistemas de clasificación y conocimientos teóricos y prácticos acerca de las plantas y las ecologías locales que, con términos diferentes, apuntan en direcciones muy similares a los de la botánica que consideramos “científica”. Y eso por no hablar de cómo algunas civilizaciones han desarrollado sistemas de investigación de una finura admirable, con instituciones equiparables a nuestras universidades (Nalanda en la India, los altos estudios mayas, las academias y colegios imperiales en China…) y aportaciones a (lo que ahora llamaríamos) disciplinas tales como la astronomía, la matemática, la ingeniería, la química o la biología.

Pasemos ahora al sí. El amigo Jesús Pinto (2025), en su excelente historia social de las ciencias en la China contemporánea hace la siguiente afirmación en una nota a pie de página:

Puede parecer una exageración, pero dado que la ciencia no es una realidad humana esencial y universal, sino una institución particular que se desarrolló en Occidente; dado que esto es así considerado en este lugar a toda la práctica inventiva, tratadística, experimental y teórica previa a que una institución hecha con el molde de la occidental exista, no se la voy a llamar, en puridad, «ciencia». (nota 14, pg. 12).

Así pues, aunque haya solapamientos, similitudes y desarrollos cognitivos fuera de Occidente que son encomiables y han aportado mucho a la humanidad, seguimos interpretándolos desde nuestros términos. Hablamos de “universidades” o “química”, categorías que habrían resultado extrañas en las civilizaciones que acabo de mencionar. Peor aún, le añadimos el prefijo “etno” a la botánica que se ha practicado más allá de los cauces científicos occidentales, como insinuando que eso tiene un valor local, mientras que nuestra botánica juega en otra liga, más global. En suma, podemos trazar analogías, pero siempre persistirá una diferencia fundamental.

Lo que entendemos por “ciencia” hoy en día se fue desarrollando a través de un enrevesado y largo camino civilizatorio que incluyó, sin duda, abundantes cruces entre diferentes sociedades para acabar cristalizando y estabilizándose culturalmente en el Occidente moderno y contemporáneo. Pero, fuera como fuese, cristalizó en el Occidente moderno y contemporáneo y no en otro lugar. En todo caso, y es importante insistir en ello, en esta historia trataré de poner de manifiesto lo mucho que hay de “oriental” en nuestra maciza y orgullosa concepción de Occidente y su ciencia. Las culturas no son puras; siempre se complementan y transforman a través del intercambio y la occidental no es la excepción.

Así pues, a la pregunta “¿son las ciencias exclusivamente occidentales?” habría que responder con un “no” en la medida en que en muchas sociedades hallamos conocimientos que se solapan con el conocimiento científico y en muchas civilizaciones podemos encontrar ejemplos de instituciones y prácticas que guardan en su forma y despliegue un parecido razonable con eso que aquí y ahora llamamos “ciencias”. Pero también con un “sí” en el sentido de que se trata de prácticas e instituciones nacidas en contextos muy concretos, ligadas a una serie de eventos políticos, económicos, institucionales… (de los que son a la vez causa y consecuencia) que tuvieron lugar por vez primera y de manera decisiva en Europa. Todo depende del grado de amplitud que apliquemos a la definición de “ciencias” o del objetivo que se busque al definir.

Ahora bien, independientemente de cuánto abramos la definición de ciencia, haríamos mal en insinuar que las culturas epistémicas “no científicas” merecen menor consideración. Bien lo señala Jesús Pinto en la segunda parte de la nota a pie de página que antes citaba:

Eso —¡ojo con esto!— no debe leerse de manera moral o progresista (no en el manido sentido político), es decir, no deben imputársele, automáticamente, a las cosas que pueden recibir el calificativo «científico» supuestas bondades, superioridades o estados de vanguardia de la humanidad. No, que China no tuviera, propiamente, ciencia hasta los años 60 no va en demérito de lo anterior, sino en el reconocimiento de su particularidad, de su existencia y de su dignidad, pues ya no es leído en un esquema de avance histórico, de progreso, en el cual solo podría ser comprendido como un paso, como una escalera, que una vez subida es ya inservible y opcional (nota 14, pg. 12).

No debemos confundir “ciencia” con “conocimiento” ni “científico” con “riguroso” o “verdadero”. Cada sociedad (e incluso cada contexto social particular) y cada momento histórico (o, dicho wittgensteinianamente, cada forma de vida) impone sus propias reglas y criterios, que al ser puestos en práctica darán unos resultados. El éxito o fracaso dichos resultados dependerá de las reglas y los objetivos autoimpuestos por la comunidad (investigadora y política).

No hay una forma de conocimiento que nos vaya a llevar a “la verdad”, absoluta y definitiva, de cómo es el mundo o los elementos que lo componen. Cada sociedad ha encontrado una o varias maneras de enfrentarse a los problemas que les iban surgiendo, desarrollando (o no) las herramientas epistémicas necesarias para superarlos. Por lo tanto, no hay una diferencia esencial, de tipo, entre las ciencias tal y como las entendemos y el resto de formas de conocimiento.

Una vez que aclarados los términos que dan título y darán cuerpo a esta serie de columnas puedo cerrar esta introducción. Sin embargo, y como apostilla final, tengo que reconocer que nada de lo que escriba será original o exhaustivo (ni lo pretendo). Este pequeño ejercicio historiográfico que me propongo no sería posible sin décadas de historias, sociologías y filosofías críticas de las ciencias que ya están más que consolidades y han dado resultados muy competentes. Me baso en ellas y escribo sobre ellas con fines divulgativos y, antes que nada, para entender y aprender acerca de los temas que irán saliendo. El primer aprendiz en todo este invento soy yo mismo, por lo que cualquier acierto se les debe atribuir a las fuentes de las que bebo, pero cualquier incorrección recae exclusivamente sobre mí. Asimismo, no podré cubrir todas las facetas, fenómenos y aristas que sería preciso, pues la magnitud del tema contrasta con mis limitaciones. Con todo, si en el camino quien escribe y quienes lean podemos sacar algo en claro, no será cosa menor (o, dicho de otro modo, será cosa mayor).

Pavlo Verde Ortega

Historia sucia de las ciencias - Introducción: Por qué ciencias, por qué sucia y por qué historia (segunda parte)

 


Bibliografía

Pinto Freyre, Jesús. (2025). Una ciencia propia Ensayo de una Filosofía Política de la Ciencia en la China Contemporánea. Fundación Pablo VI. Extraído de:

www.fpablovi.org/images/2025/Una-ciencia-propia-Jesus-Pinto.pdf

Las referencias a las “formas de vida” wittgensteinianas provienen, claro está, de sus Investigaciones filosóficas


Cómo citar este artículoVERDE ORTEGA, PAVLO. (2026). «Historia sucia de las ciencias - Introducción: Por qué ciencias, por qué sucia y por qué historia (segunda parte)». Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CM53). ISSN ed. electrónica: 2952-4105.

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