

Esperanza y optimismo
‘Esperanza’ tiene tres acepciones en el diccionario de la RAE: una general, otra relacionada con las Matemáticas y una tercera teológica. La general es clara y sencilla: «Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea». Proviene del verbo ‘esperar’ cuya raíz etimológica, ‘spe’, significa expandirse, tener éxito. En las Matemáticas, la esperanza es el valor medio de una variable aleatoria o de una distribución de probabilidad. La tercera acepción, relacionada con el cristianismo, habla de la virtud teologal por la que se espera que Dios otorgue los bienes que ha prometido. Está vinculada a la ‘providencia’ que es el cuidado que Dios tiene de la creación y de sus criaturas. Así pues, quien está esperanzado siente como alcanzable lo que desea. Los cristianos lo dejan en manos de Dios: si Dios quiere…
Hay otra palabra vinculada semánticamente a esperanza, aunque de naturaleza muy distinta. ‘Optimismo’ tiene dos acepciones, una general —propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable— y otra filosófica —doctrina que atribuye al universo la mayor perfección posible—. Proviene del adjetivo latino ‘optimus’ que significa ‘lo más bueno’, es decir, lo mejor. La raíz ‘ops’ significa abundancia, riqueza, fertilidad. De hecho, en la mitología romana hay una diosa que se llama Ops —también Opis u Ope—, la diosa de la fertilidad, esposa de Saturno y madre de Jupiter. Sus equivalentes griegos son Rea, Cronos y Zeus, respectivamente.
Sin embargo, a nosotros la palabra no nos llegó directamente del latín, sino del francés. El ‘optimismo’ surgió en Francia en 1759. El escritor François-Marie Arouet —a quien casi todo el mundo conoce como Voltaire— la utilizó en el cuento satírico publicado aquel año y que tituló Cándido o el optimismo, donde ridiculizaba la filosofía optimista que Godofredo Leibniz planteó cuarentainueve años antes, en 1710, en su Ensayo de Teodicea sobre de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. En su Teodicea, Leibniz argumentaba que habitamos ‘el mejor’ de los mundos posibles, porque lo ha creado Dios. Voltaire arremetió contra Leibniz narrando toda una suerte de acontecimientos trágicos y dolorosos que echaban por tierra ese optimismo de Leibniz representado en el edénico personaje de Cándido. Es muy simplista reducir la disputa entre Voltaire y Leibniz de esta manera. De hecho, no hay disputa que valga, porque Leibniz llevaba muerto cuarentaitrés años cuando se publicó Cándido.
Así que nos encontramos ante dos términos parecidos en la forma, pero que difieren en el modo de su ejecución, o eso dicen. No voy a ponerme a conceptualizar con acribia —de vez en cuando está bien solejar términos desusados que se esconden en la umbría de los diccionarios—, baste decir que quienes estudian estos conceptos concluyen que la esperanza conlleva un compromiso activo con la transformación, mientras que el optimismo es la creencia de que las cosas saldrán bien, que el futuro será óptimo. Ya hemos visto que, etimológicamente, esa distinción no existe: spe, expandirse, tener éxito; ops, fecundidad, abundancia. Ambas palabras anuncian un final feliz o, cuando menos, deseado…
Hay, no obstante, otro término que yo prefiero cuya hermosa etimología lo dice todo, aunque hoy muy pocas personas sean conscientes de su profundo significado: entusiasmo. En latín tardío se decía enthusiasmus, palabra que provenía del griego ἐνθουσιασμός (enthousiasmós). Se compone de en- (dentro de), theos (dios), asthma (soplo); literalmente, tener un dios dentro de sí, inspiración divina. Los griegos de hace miles de años creían que si alguien se «entusiasmaba» se convertía en un dios capaz de transformar la realidad circundante. Alguien entusiasmado es alguien capaz de transformar activamente el mundo que le rodea. Quizás para las religiones monoteístas este sea un concepto pretencioso: ¡quién es una persona para erigirse en dios y transformar el mundo!, ¡qué arrogancia y vanagloria!, ¡Dios no hay más que uno!
Esperanzadas y optimistas. Personas que se expanden, que quieren tener éxito, fecundas y abundantes... Luego están las entusiastas, cuya fuerza transformadora emana de muy dentro —no es externa— y que se atreven a vivir sabiendo que harán lo que esté en sus manos para que lo que desean se presente como alcanzable, juzgando las cosas en su aspecto más favorable, pero sin obviar que hay muchas que jamás podrán cambiarse y que son también muchos los disfavores de la existencia humana y de la vida, no ya solo en la Tierra, sino en el Universo entero.
Michael Thallium
Esperanza y optimismo
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). De las cosas que perdí y no me acuerdo. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV165). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/05/esperanza-y-optimismo.html




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