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El peso de la palabra en el conflicto armado colombiano (I)

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El peso de la palabra en el conflicto armado colombiano (I)


Las palabras en Colombia han perdido su significado, me explica Arturo Prado Lima, periodista y escritor colombiano exiliado en Madrid. He tenido el placer de dialogar con Prado y con su compatriota Gustavo Guzmán Castillo acerca de la situación que vive su país y del peso del diálogo en las vías de la paz. Colombia sufre un conflicto armado que se remonta a inicios del siglo pasado. Su historia reciente se ha visto marcada por el caciquismo, el asesinato de opositores políticos, golpes militares y dictaduras, así como por respuestas tanto reaccionarias como revolucionarias por parte de la sociedad civil, que han adquirido la forma de grupos paramilitares y guerrilleros. Un pasado lacerado, marcado por décadas de violencia, que ha dejado un atroz legado de sufrimiento, pérdidas y opresión. A dicha dolorosa historia me ha introducido Gustavo Guzmán, líder social activo en política y presidente de la Asociación Europea de Víctimas del Conflicto Armado Colombiano (ASEVICOM). En la línea de Arturo Prado y su análisis del lenguaje, advierte de la importancia de estudiar el relato cultural: urge preguntarse quién escribe la historia y cómo se transmite. En Colombia, me explica, los grandes banqueros y accionistas son los dueños de la economía, la industria y los grandes medios de comunicación. El mensaje que de ellos se recibe, por tanto, no es imparcial, sino que busca mantener los privilegios y el estatus, a conservar el poder oligárquico. De esta manera, el lenguaje se torna inevitablemente un espacio de lucha simbólica.

Ambos sostienen que la guerra no tiene que ver solo con una actitud violenta, sino también con la misma creación y uso de nuestro lenguaje, que se transforma en un medio para la violencia cuando nociones como «democracia» o «derechos humanos» pierden su significación original. El corpus saussureano de lingüística general concibe la lengua como un producto social de la facultad del lenguaje (Saussure, 1995). Es ese mismo carácter social lo que hace a la lengua susceptible de tergiversaciones, atrofia, desreferencialización y otras perturbaciones fruto del uso incorrecto. La narrativa, por tanto, puede verse alterada atendiendo al contexto en que se inserta, lo que, a su vez, actúa sobre dicho contexto (Ricoeur, 1983). El peso de las palabras no es, en absoluto, banal, y condiciona el diálogo y sus posibilidades.

Realizando una comparativa con el Macondo de García Márquez, Gustavo Guzmán me ofrece un ejemplo de cómo el debilitamiento del lenguaje en Colombia produce realidades inverosímiles, semejantes al realismo mágico en cuanto a su carácter incongruente:

Me estaba acordando de la producción de aguardiente en todos los departamentos del Valle del Cauca, la región de la que soy yo. Se animaba a consumir el aguardiente porque parte de las utilidades de la venta del aguardiente se utilizaban para pagar la educación. O sea que, si usted no bebe aguardiente, nos decían, a lo mejor a los maestros no les podemos pagar. Es así esta cultura garciamarquiana. Hoy mismo, el actual gobierno había propuesto decretar pagar un salario mínimo. Pero, además, que la gente pudiera descansar los domingos y que le pagaran las horas extraordinarias. No se pudo aprobar porque mucha gente de la población estaba en contra. Cosas absurdas, ¿no? Garciamarquiano.

Arturo Prado resalta que la presidencia actual de Colombia tacha de terroristas a grupos que apenas un par de años atrás se consideraban ejércitos de liberación. La plasticidad de los términos y el vertiginoso cambio en la catalogación de una misma realidad hacen desconfiar a Prado de la afinidad del lenguaje con los hechos. Lleva nuestra conversación un paso más allá y explica que la confusión respecto del lenguaje impide generar una estrategia para la paz en Colombia. Sentarse a una mesa de negociación con un lenguaje desustancializado resultará infructífero y el diálogo de paz continuará abocado al fracaso mientras las palabras permanezcan despojadas de sus referentes.

Sin embargo, la crítica de Guzmán y Prado es, a su vez, propositiva. «Ahora se debería luchar por poder esclarecer la realidad colombiana y, sobre esa realidad, construir una estrategia de paz», propone el escritor de la diáspora. La reapropiación de los significados supone un acto de resistencia activa que, una vez alcanzado, debería perpetuarse a través de un proyecto pedagógico para la totalidad del pueblo colombiano. «Es una labor impostergable», sostiene Arturo Prado. La articulación de una narrativa común es, sin lugar a duda, un cometido tan complejo como necesario para poder encaminar el diálogo hacia unas políticas de paz plausibles. Sin embargo, dicho derrotero necesitará ineludiblemente del perdón social, de lo que hablaremos en la segunda parte de esta serie.

 

Bibliografía

RICOEUR, PAUL. (1983). Temps et récit. Seuil.

SAUSSURE, FERDINAND. (1995). Curso de lingüística general. Alianza Editorial.

Enlaces de interés

Asociación Europea de Víctimas del Conflicto Armado en Colombia: https://asevicom.wordpress.com/

Comisión de la Verdad: https://www.comisiondelaverdad.co/

 

Lucía Andrinal Gracia

El peso de la palabra en el conflicto armado colombiano (I)


Cómo citar este artículo: ANDRINAL GRACIA, LUCÍA. (2026). El peso de la palabra en el conflicto armado colombiano (I). Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (LA1), ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/03/el-peso-de-la-palabra-en-el-conflicto-armado-colombiano-1.html

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