

El poder de una sencilla palabra
Lleva un chaleco carmesí de punto con cuello de pico del que salen las mangas de una camisa de rayas verticales gruesas, grises y blancas. El cuello blanco de la camisa lo adorna el nudo de una corbata negra que desaparece por debajo del chaleco. Los puños de la camisa, blancos, abrochados por dos gemelos de azabache; los pantalones, negros. Un señor mayor de setentaiún años, todo un caballero, a quien aún le quedan casi veinte años más de vida, aunque eso él no lo sepa. Se ha levantado del asiento para buscar un libro de entre los cientos que pueblan los anaqueles que cubren toda la pared. Su interlocutor, mucho más joven que él, le ha hecho una pregunta y quiere darle una respuesta con la lectura del pasaje de un libro. En la mano derecha sujeta una pipa de cánula negra y cazoleta de sándalo rojo. Sus manos. Esas manos… Su madre, para quien la autocompasión era algo nauseabundo, le había forzado a utilizar ambas manos desde pequeño como si no existiese aquél brazo derecho atrofiado desde el nacimiento. Busca con los ojos entre los libros. Un minuto, dos minutos… Es imposible que lo encuentre, son sesentaidós años de lecturas, le dice el interlocutor. No, no. No es imposible, responde. Tras casi tres minutos, saca un libro. Lo hojea. Mira el índice. Lo ojea. Rebusca. Por fin, una sonrisa le ilumina el rostro. Lo ha encontrado. Vuelve al asiento. Se oye el ladrido de la perrita en la otra habitación. Tiene hambre, pero habrá de esperar. Entonces, mira al joven que se sienta delante de él en otro butacón y comienza a hablar:
—Uno de los pasajes que ilustra mi preocupación sobre la falta de comprensión de las grandes referencias por parte de la mayoría de personas, de la gente que se vuelve sorda a la literatura más conmovedora, es un pequeño pasaje de la novela The sun also rises —el título hace referencia, por supuesto, al Eclesiastés—, que en la versión española se conoce como Fiesta. Esta es la situación: dos muy buenos amigos van en un autobús y creen que se quieren el uno al otro, que son verdaderamente sinceros y leales el uno con el otro. Voy a leerle este pasaje:
Atravesamos el bosque y la carretera salió y rodeó un alcor y ante nosotros apareció una meseta verde y ondulada, con oscuras montañas a lo lejos. No eran como las montañas pardas y resecas por el calor que habíamos dejado atrás; eran boscosas y había nubes que descendían de ellas. La verde llanura se extendía en el horizonte. Estaba cortada por cercas, y el blanco de la carretera aparecía por entre los troncos de una doble hilera de árboles que cruzaba el llano hacia el norte. Al llegar al final del repecho, vimos los tejados rojos y las casas blancas de Burguete, a lo ancho del llano; a lo lejos, sobre la primera ladera de las oscuras montañas, se avistaba el tejado gris metálico del monasterio de Roncesvalles.
—Allí está Roncesvalles —dije.
—¿Dónde?
—Allá a lo lejos, donde empieza la montaña.
—Hace frío aquí arriba —dijo Bill.
—Estamos a mucha altura —dije—. Debemos de estar a unos mil doscientos metros.
—Hace un frío terrible —dijo Bill.
Cierra el libro, mira al joven interlocutor y hace la siguiente reflexión:
—En el poema épico El cantar de Roldán, Roncesvalles es el lugar donde se perpetra una tremenda traición. El conde Roldán, sobrino de Carlomagno, y sus amigos son traicionados por uno de los suyos, el conde Ganelón, quien además es padrastro de Roldán. Compinchados con Ganelón, los sarracenos, encabezados por el rey moro Marsil de Zaragoza, tienden una emboscada a Roldán y sus amigos en Roncesvalles y los matan vilmente. El muy ingenioso autor de Fiesta, cuando hace referencia a Roncesvalles, con esta sencilla palabra, lo que realmente está haciendo es insinuar que ahí se va a cometer una gran traición, que los dos amigos están a punto de romper su relación, que terminarán traicionándose. Por eso también esa repetición en boca de Bill: «Hace frío aquí arriba», «Hace un frío terrible». No se refiere al clima… es el helador frío del corazón.
Sus ojos se empañan con una emoción que emerge desde muy dentro. Solo un gran artista puede decirlo todo sin decir nada. Lο que más le entristece es que la mayoría de personas ya no reconocen Roncesvalles y que probablemente en las próximas ediciones de la novela haya que añadir una nota a pie de página que lo explique, lo cual mata todo el relato. Cuando se publicó The sun also rises en 1926, fue todo un éxito y el público en general reconocía el profundo significado de Roncesvalles. Estamos llegando a un punto en que habrá que poner notas a pie de página para todo y que incluso no reconoceremos el significado profundo de La Mancha…
En 1926 apareció también una espléndida traducción al español de El cantar de Roldán. La hizo Benjamín Jarnés y se publicó en la Revista de Occidente. Fiesta se tradujo al español en Argentina, en 1944. A España no llegó hasta 1948. La segunda edición de El cantar de Roldán es de 1945. ¿Desentrañaría el público español de aquella época el sentido de Roncesvalles?
Nuestro caballero del brazo de pecho atrofiado devuelve el libro al hueco de donde lo sacó. Llegan unos ladridos desde la otra habitación. Habrá que darle de comer a la perrita. Casi nadie hoy se acuerda ya de Benjamín Jarnés. Tampoco son tiempos de Durandarte ni Altaclaras. Enciende la pipa. Inhala. Se queda pensativo. Deja escapar el aire despaciosamente y una voluta que trae olores de ayer se esfuma en el aire. El pasado le devuelve la consciencia del presente que le avisa de un futuro donde cada vez serán menos personas las que reconozcan el poder de una sencilla palabra.
Michael Thallium
El poder de una sencilla palabra
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). El poder de una sencilla palabra Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV147). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/01/el-poder-de-una-sencilla-palabra.html




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