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A expensas de don Antonio

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A expensas de don Antonio


Su historia es como la de otros muchos indianos del norte de España: muchacho joven con un futuro poco halagüeño en la tierra que lo ve nacer y que decide emigrar y cruzar el océano Atlántico en busca de mejor fortuna. Este muchacho nace en una aldea cántabra llamada Novales. Hoy Novales, famosa por sus limones, es la capital del municipio de Alfoz de Lloredo. Tendrá unos quinientos habitantes. ¡y a saber cuántos tendría en el siglo XIX! 

De aquel muchacho sé poco. Embarcó el 21 de septiembre de 1838 rumbo a la Habana con quince años. Era viernes, aunque eso a poca gente le importe hoy. Sin embargo, el 21 de septiembre se conmemoraba —y sigue conmemorándose casi dos siglos más tarde— a San Mateo, discípulo de Jesús de Nazaret, que escribió, dicen, uno de los evangelios y a quien se considera patrón de los banqueros, contadores y recaudadores de impuestos. Este hecho pudiera resultar también irrelevante sobre todo para alguien del siglo XXI que no crea en supersticiones si no fuera por el devenir de los acontecimientos posteriores en la vida de aquel muchacho novaliego. Marchó pobre y regresó rico. Lo que hiciera en Cuba, si alguien lo supo alguna vez, hoy nadie lo recuerda. Y huelga decir que todo aquello que no se recuerda probablemente jamás se supo bien del todo. Qué pasó en su vida, de quién se enamoró, a quién amó, a quién odió y tantas otras cosas son un misterio que, ciertamente, a nadie importa ya.

Se marchó en 1838 y de su regreso no hay constancia más que por una inscripción en el dintel de la puerta holandesa que da al zaguán de la casona donde ahora escribo. Aquí vengo desde hace años por mero azar:

Construida a expensas de D. Antonio de Palencia y Sánchez. 1872.

A poco que uno haga cuentas, en 1872, el indiano tenía casi cincuenta años. La historia es sencilla, aunque no exenta de los enredos vitales de toda familia. El tal don Antonio era soltero: solterón y cincuentón. Tenía, al parecer, sobrinas. A cada una de ellas le dio una casa. A una que se llamaba Caridad, sobrina carnal de don Antonio, le tocó esta en cuya segunda planta voy ganando este texto a la noche. Caridad le dio esta casa a su hija que también se llamaba Caridad y que tuvo cuatro hijos. El menor de ellos se llamaba Tomás, el único que tuvo estudios. Tomás fue médico y yo solo lo vi un par de veces en mi vida, quizás tres, aunque para lo poco que lo vi, poseo alguno de sus utensilios médicos —un tensiómetro y un estetoscopio— y una pluma estilográfica que me regaló su viuda. Tomás tuvo dos hijas. Murió hace muchos años, tantos que ni me acuerdo, aunque podría hacer cuentas. Resulta que a sus hijas las conozco desde hace más de cuarenta años y desde hace más de cuarenta años me soportan. Ellas veranean en esta casa… y yo me acoplo. Aquí vengo, aquí leo, aquí escribo, aquí adelgazo, aquí engordo, aquí recuerdo a personas de las que apenas sé de oídas.



Esta casa desde la que hoy escribo tiene ya ciento cincuentaitrés años y aunque eso a nadie le importe, si hoy concluyo este texto es porque hubo un Tomás y unas Caridades y un don Antonio de Palencia y Sánchez que en 1838, cuando partió hacia Cuba, ignoraba que un madrileño que ha visto algo de mundo lo recordaría un siglo y medio más tarde.

Michael Thallium

A expensas de don Antonio



Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2025). A expensas de don Antonio. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 3, (CV127). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2025/08/a-expensas-de-don-antonio.html

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