
El hombre de saco azul (I)
El
hombre de saco azul se sentó cerca de la puerta de entrada luego de ir al baño,
miró por la ventana tomando con su mano derecha la copa de vino que la mesera
gentilmente le alcanzó. Observó la contratapa del libro que años antes un
colega suyo le había regalado por su cumpleaños y dejó salir un suspiro
mientras tomaba un sorbo del vino tinto que comenzaba a endulzar su paladar, y
mientras el fruto de la uva le atravesaba la tráquea, sentía que el pantalón
cada vez le quedaba más apretado. Su barriga había crecido los últimos años,
producto del sedentarismo que ya se había vuelto un hábito en su vida, pues de
la casa a la oficina solo iba en su carro tan viejo como el tiempo que había
pasado por él. No acostumbraba a pintarse el cabello como lo hacían muchos de
su generación que, para taparse las canas de los años, se teñían cada vez que
aparecía un minúsculo invasor y con mucha más razón aún si no tenía mucho
cabello que transgredir. Se acomodó los lentes gruesos que nunca se los quitaba
desde la adolescencia. Cuando era estudiante odiaba los lentes y los
consideraba una maldición que debía cargar como una cruz toda su vida, pero a
medida que iba obteniendo mayor reconocimiento lo vio como una forma de verse
más intelectual, no solo frente a las personas que trabajaban con él, sino
también para las mujeres que formarían parte de su oscura vida; no obstante,
jamás pensó en usar lentes de contacto por diversas razones que jamás reveló.
Miró su reloj redondo mientras se sentaba de lado para observar si su acompañante
llegaba por la puerta que daba a la otra calle. Siempre se había caracterizado
por su impaciencia para esperar a las personas, que cuando se tardaban
demasiado ya no les recibía con el mismo afecto que había planeado, y es que
los años hacían estrago de su impaciencia que cada año se incrementaba
estratosféricamente; sin embargo, esta vez tenía que ser diferente, ensayaba
otra forma de recibir a las personas, pero cuando se disponía a mirar
nuevamente el reloj, sonó el celular, era una notificación de la persona que
estaba esperando, la cual cancelaba la reunión por falta de seguridad.
Entonces, nuevamente se le escapó esa única forma de referirse a quienes hacían
ese tipo de cancelaciones de último momento y siempre lo había caracterizado,
así que tiró el móvil dentro del maletín lleno de documentos.
Se
tomó toda la copa de vino y pidió a la mesera que le trajera la botella entera.
Él consideraba que iba a ser una velada inolvidable, pero no había reparado en
que su acompañante iba a cancelar de último momento, más aún después de años
que la volvería a ver, y no podían hablar por teléfono dado que ello guardaría
rastro por si alguna vez le levantaban el secreto de las telecomunicaciones.
Era muy cuidadoso y calculador en todo, como en la ocasión en la que un grupo
de jóvenes se arriesgaron a caminar por todo el centro de la ciudad para
encontrar un bus que los llevara a la ciudad imperial. No se lanzaba sin
conocer primero las consecuencias; por eso, no se arriesgaba si no tenía algún
plan de contingencia, pero esto no lo veía venir, así que lejos de rendirse
pidió la cuenta, la pagó y se paró con la misma firmeza que lo había
caracterizado desde siempre, mientras su enorme corporeidad se había parado
abruptamente, sentía como el mundo se le venía encima y no podía controlar su
cuerpo, los espasmos que lo habían aquejado desde los 45 años volvieron de
forma repentina y cayó al piso en seco. Mientras se desplomaba, soltó el
maletín lleno de documentos y se le ocurrió la siguiente pregunta: «¿me voy a
morir esta vez?», —y al mismo tiempo se respondió— «Hierba mala nunca muere».
Las personas que estaban a su alrededor, completamente desconocidos para él,
corrieron en su ayuda mientras algunas meseras buscaban la forma de llamar a
emergencias. Él estaba en el suelo, inerme ante la atenta mirada de las personas
que no desperdiciaban palabras y alguna que otra persona le preguntaba si tenía
a algún familiar cerca, a lo que él solo movía la cabeza en señal de
negatividad, se había quedado solo desde hace algunos años. Todas las personas
que lo habían amado o las que alguna vez había querido, lo dejaron después de
su último escándalo, quizá consideraban que conseguía las cosas por pura fuerza
como un niño que decide hacer sus pataletas por el dulce de su preferencia. Fue
llevado de emergencia a un hospital cercano.
Vladimir Sosa
Sánchez
El hombre de saco azul (I)




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