

Él el Superior
De cuando en vez —o «de cuando en veces» como escribía en Merlín y familia Cunqueiro, a quien pocos hoy ya leen— ejerzo mi poder, el único que tengo. Me refiero a ese de salir de mi cuerpo para habitar otros, lo cual demuestra la existencia del alma, porque solo se puede salir de un cuerpo si ciertamente estamos divididos en cuerpo y alma. Ahí, sentado a la mesa frente al ordenador, he dejado yo el mío desalmado para hacer este pequeño viaje incorpóreo. En realidad os he mentido, quiero decir que no os he dicho la verdad del todo, porque no es el único poder que tengo. Entre mis cualidades también se encuentra la cognición osmótica que tanto y grande dolor y aturdimiento produce en quien la recibe y tanta satisfacción euforizante en quien la administra, o sea, yo. No. No es esa facultad de la que hoy me serviré. Hoy me he desecho temporalmente de mi cuerpo para venir aquí. Nadie de entre esas trescientas cincuenta personas —no me he puesto a contarlas una a una, es cálculo de cubero, a quien tradicionalmente le atribuyen un buen ojo— que están sentadas ahí abajo puede verme. Las contemplo desde la bóveda de este edificio que terminó de construirse en 1850. Aquí estoy, pegada mi espalda a este medallón que pintó Carlos Luis de Ribera y Fieve en 1853. Mi visión es cenital. Veo coronillas. No tengo vértigo. Los veo a todos en este hemiciclo con forma de herradura. Una primera fila de butacas azules y luego ocho filas de butacones rojos que van subiendo en altura como si se tratara de un anfiteatro. En el centro hay una mesa a la que se sientan un par de mujeres cuyos dedos ejercen el arte de la estenotipia. Enfrente de ellas, en lo alto, hay una tribuna desde la que está hablando un hombre. A veces sus palabras las interrumpen los aplausos de una sección de las personas que se sientan en el hemiciclo; otras, se oyen abucheos de bancadas mayoritarias en número de personas.
En el cuadro que tengo pegado a mis espaldas, un medallón gigante, se puede ver a una reina relativamente joven, sentada en el trono y rodeada de personajes ilustres entre los que se encuentra el pintor Velázquez, el «pájaro solitario» de Ramón Gaya. En esa apoteosis de personajes ilustres también están Pedro Rodríguez de Campomanes, Gaspar Melchor de Jovellanos, Cristóbal Colón, Diego de Saavedra Fajardo, Rodrigo Díaz de Vivar, Juan de Mariana, Juan Luis Vives, Francisco de Salinas, Miguel de Cervantes, Juan de Herrera, Lope de Vega y Alonso Berruguete. Catorce en total. Pocos de los que se sientan ahí abajo reconocerán a estos personajes.
Decido descender y meterme en el cuerpo del que se encuentra en la tribuna soltando su parrafada. Lleva un traje gris claro, una camisa blanca y una corbata verde oscura que bien podría ser un guiño subliminal a la monarquía que reina en este país: Viva El Rey De España. Otra cosa es a quién considere rey el hombre que habla. No me lo pienso más. Me meto en su cuerpo, pero antes me prometo y comprometo a no intervenir en nada de lo que este diga o haga mientras esté subido en la tribuna.
Ya estoy dentro. Le dejo que siga soltando su rollo, pero ahora veo a través de sus ojos. Cumplo lo prometido: oír, ver y callar. Dejar hacer. Frente a mí, un poco más abajo, están las dos señoras, dale que te pego, taquigrafiando lo que este va soltando por la boca. Veo a todas esas señorías sentadas en las distintas bancadas. Entonces descubro que mientras habla el anfitrión del cuerpo que hospedo puedo sentir también sus pensamientos, todo eso que no dice. Mira a algunos de sus más fervientes partidarios y se dice a sí mismo —despreciándolos aunque lo aplaudan— que estos en el momento que menos me lo espere me dan la puñalada trapera, por la espalda. Cuando mira a sus adversarios, advierte que no le tienen ninguna estima, que le consideran un psicópata. Qué cabrones son estos, que se piensan que no tengo sentimientos. ¡Claro que los tengo! ¿Es que no se dan cuenta de que soy amable, cortés, de que les hablo pausadamente, con calma; de que hago las cosas bien y de que me hago cargo de la situación de mis súbditos, perdón, de las ciudadanas y ciudadanos?
Es consciente de que está solo ante todas esas fieras que en algún momento se lo quitarán de en medio. ¡Lo llevan claro! De aquí no me marcho yo mientras mis súbditos, perdón, quiero decir los ciudadanos y ciudadanas, sigan refrendando mi buena gestión. Entonces siento que realmente mi anfitrión se cree dueño del repostero que se encuentra a mis espaldas —bueno, a nuestras espaldas—, por encima de la presidencia, me refiero a ese tapiz de alto lizo con urdimbre de algodón y trama de seda, lana e hilos metálicos de oro y plata en la cenefa. Se lo encargaron a la Real Fábrica de Tapices en 1982, y desde ese año lleva ahí colgado. Me doy cuenta también de que mi anfitrión, sumido en sus enfermizas cuitas por mantener el poder, ignora que a nuestra derecha, detrás, sobre la puerta por la que se entra al hemiciclo hay una lápida de mármol con los nombres de personas que representan las libertades: Juan de Padilla, Juan Bravo, Maldonado —defensores de las libertades castellanas—, Juan de Lanuza, Diego de Heredia y Juan de Luna —defensores de las libertades de Aragón—. A la izquierda, encima de la otra puerta de entrada, otra lápida con los nombres de los héroes de la guerra contra Napoleón: Daoiz, Velarde, Álvarez, Palafox, Moreno, y Ruíz Mendoza.
Mi anfitrión decide terminar su parrafada impostando un tono monárquico de cercanía para con sus súbditos, perdón, sus ciudadanas y ciudadanos. El tono condescendiente de un padre para con sus hijos e hijas pródigos y pródigas. Soy muy consciente de que estáis viviendo momentos muy difíciles, de que habéis pasado miedo, también angustia. Sé que la mayoría de vosotros y vosotras sois personas tolerantes y que estáis respondiendo a esta situación excepcional con paciencia y empatía. Sé que la respuesta que damos las administraciones nunca va a ser suficiente y me hago cargo de ello y bla, bla, bla.
Decido abandonar el cuerpo que he ocupado, porque me ha embargado una sensación desagradable. Salgo de él definitivamente para volver al mío, a ese que dejé desalmado y sentado a la mesa enfrente del ordenador. Cuando penetro de nuevo en mi morada, abro un nuevo documento en el escritorio del ordenador. Pongo un título y comienzo a escribir: Él el Superior…
Michael Thallium
Él el Superior
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Él el Superior. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV180). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/09/el-el-superior.html




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