

Nora y el tiempo
La novela de un novelista ya la escribió el asturiano Armando Palacio Valdés hace más de un siglo, y la de un literato, el sevillano Rafael Cansinos Assens. Ambos, con una diferencia generacional de tres décadas, murieron olvidados en el siglo XX. Palacio Valdés, académico celebérrimo y muy traducido en su plenitud; Cansinos Assens, menos académico y célebre, pero enorme escritor. Otros muy posteriores, a caballo entre los siglos XX y XXI, han escrito novelas que hablan principalmente de literatura, de libros y de la vida: Juan Bonilla, La novela del buscador de libros; Andrés Trapiello, la monumental Salón de pasos perdidos… Mucho antes que todos ellos, en la primera mitad del siglo XIX, Honoré de Balzac dejó inconclusa La comedia humana, que no he leído, pero que un amigo nonagenario, Emilio Esteller Berjón, me ha puesto en los labios para que me salive la lengua y los colmillos se me alarguen. Si lo nombro aquí —a Emilio, quiero decir— es por ese vano afán mío de dejar constancia de vidas anónimas que tocan las de otros, en este caso la mía, igualmente anónima. Porque, seamos claros, la celebridad y la fama son pasajeras. Ahí está el caso de Armando Palacio Valdés, cuyas obras fueron muy leídas y a quien hoy conocen, por así decirlo, cuatro gatos: murió en el madrileño Sanatorio de Santa Alicia —hoy Centro Madrid Salud, cerca de la plaza de Manuel Becerra— en plena guerra civil. Dos veces candidato al Premio Nobel, presidente del Ateneo y fundador de La Cacharrería… A Rafael Cansinos Assens quizás no lo conoceríamos hoy ni hablaríamos de él si no fuera por la labor divulgadora de su hijo, Rafael Manuel Cansinos, y de Juan Manuel Bonet en el Arca. Tempus fugit et vestigium eius quod fuimus delet oblivio, dicho en castellano llano: el muerto al hoyo, el vivo al bollo y ración doble de olvido para la inmensa mayoría de los mortales.
Por alguna razón, a los seres humanos, a algunos al menos, nos gusta dejar constancia de lo que leemos, de lo que vivimos, y en ello se nos van muchas horas. Y aunque la lectura es vida, no menos que la escritura, lo cierto es que ni leer ni escribir son la vida por mucho que a algunos —pocos, la verdad, y cada vez menos— les vaya en ello la suya. En estos días de asueto, he tenido una maestra estupenda. Ni lee ni escribe ni falta que le hace. Un pelo recio y negro azabache le cubre el cuerpo. Su ojos de miel adornan una mirada penetrante que a veces resulta melancólica, otras desafiante, algunas implorante —cuando tiene hambre, que suele ser casi todo el día— y la mayoría juguetona. Cuando requiere mi atención, se acerca olisqueando, se para y frota mis piernas con el cuerpo. Si no le hago caso, me da golpecitos con la nariz negra, fría y húmeda. Me enseña la dentadura como sonriendo: «Eh, tú, deja de hacer lo que estés haciendo y hazme caso». Si no se lo hago, gimotea levemente. Nora apenas ladra ni gruñe. Es joven: tiene ocho meses. Por las noches, toca con las patas la puerta del dormitorio para despertarme. A las tres, a las cuatro, a las seis de la madrugada, da igual. Me levanto de mala gana, abro la puerta y se pone a saltar moviendo el rabo para festejar su pequeña victoria sobre el humano que unos segundos antes yacía plácidamente en la cama. La saco al jardín para que se canse o haga sus necesidades. Lo de cansarla es un decir, porque es incansable, quiero decir que se cansa uno antes que ella. Le da por ofrecerte el envase de plástico de una botella de agua mineral que previamente ha mordisqueado para acabar con su oronda tridimensionalidad y dejarlo plano. Te mira con el plástico aplastado entre los dientes como diciéndote: «Ven y atrápalo si puedes». La insto a que haga pis o caca, que quiero volver a la cama. En cuanto lo hace, ¡para adentro! Regreso al dormitorio y cierro la puerta hasta nueva orden.
Cuando me siento a la mesa a leer o a escribir, a veces se queda tumbada tranquilamente en el sofá o en el suelo. Previamente le he dado alguna chuchería para que se entretenga: un trozo de zanahoria, un pedazo de manzana o sandía. Sí, esta perra come zanahoria, manzana y sandía. Por las mañanas, te saluda como la mayoría de perros, dando saltos y meneando el rabo. Nora brinca y si le dejas, te alcanza la cara para darte un lametazo. Corro a sacarla al jardín para que me deje en paz y desayunar tranquilamente. Me reclama para jugar, pero no le hago caso. Tengo cosas más importantes que hacer que estar tirándole la botellita para que corra a recogerla y que después me desafíe para que se la quite de la boca y vuelva a tirarla y así hasta la eternidad. Para calmarla utilizo mis armas y estrategias. Una de ellas es un pequeño cepillo con púas finas de acero cuyas puntas coronan unas diminutas bolitas de plástico. Esgrimo el cepillo en el aire y, enseguida, Nora deja caer de sus fauces la botella de plástico aplastada y babeada. Se acerca y se predispone a que le rasque: «Venga, empieza, soy toda tuya». Le paso el cepillo suavemente por el lomo y entra en un éxtasis perruno. Su rostro juguetón se transforma en uno placentero. Entorna los ojos y, si hablase, diría: «¡Qué gustirrinín! ¡No pares! ¡Sigue!». Cae redonda al suelo mostrando su barriga, patas arriba. Por la boca asoma la lengua vencida por la gravedad del placer. Puedo entenderla. A mí también me encanta que me toquen y rasquen las espalda, pero no tengo a nadie que lo haga. ¡Afortunada!
Me siento a la mesa de la terraza que asoma al jardín. El sol baña los árboles y al fondo se divisan las montañas. Abro el libro que quiero terminar de leer. Una novela, Tristán o el pesimismo. Cuando ya llevo una hora leyendo, Nora considera que ha pasado demasiado tiempo sin hacerle caso. Se levanta. Se estira. Se acerca y oigo su jadeo y siento su aliento en las piernas. Me da un golpecito con la nariz húmeda en el brazo: «Eh, tú, deja de leer. Quiero jugar. Menudo rollo que te estás metiendo para el cuerpo. Vamos a correr. A ver si me pillas». La aparto con una orden seca e impertinente: «¡Nora, fuera de aquí!». Nora no hace caso. Sube las patas a mi regazo, asoma la cabeza por encima de la mesa. Ve el libro. Lo olisquea. Con una pata le da un golpecito y lo aparta de mi vera. «¡Se acabó! ¡Para ya! ¡Hazme caso! ¡Vamos a divertirnos en el jardín!». Me asombra esa pata suya que acaba de apartarme el libro…
Hago el ademán de levantarme y enseguida sale Nora corriendo hacia la puerta dando pequeños brincos de alegría mirando de vez en cuando para atrás por ver si la sigo. Abro la puerta y vuelve a repetirse la escena de la botella. Corretea desafiándome y le dan igual Armando Palacio Valdés, Rafael Cansinos Assens, Juan Bonilla, Andrés Trapiello y Honoré de Balzac. Mientras juego con ella, me doy cuenta de que el tiempo y la vida para ella son muy distintos, de otra índole. Lleva ocho meses viva. Quizás llegue a los doce años de vida. Después, el olvido. No para sus dueños que regresan hoy. Ellos no la olvidarán cuando muera. Y ella los recibirá hoy con la alegría inmensa del reencuentro. Yo solo he sido su cuidador, su compañero, por unos días. He vivido de prestado en esta casa durante seis días. Aquí, normalmente, reina la música, porque los dueños de Nora son músicos. Conmigo, sin embargo, ha reinado el silencio de la lectura y de la escritura. Incluso ahora que escribo estas palabras, Nora no deja de darme con la trufa en el brazo para que le dedique tiempo. Ignora y tampoco le interesa dejar constancia de nada ni nadie sobre ningún papel. Voy a tener que concluir. Dan igual mis órdenes impertinentes e inútiles. No se aparta. Quiere jugar y hacer cabriolas. Otra vez.
Tempus fugit et vestigium eius quod fuimus delet oblivio. Esta frase de marras es mía, quiero decir que la he construido yo, aunque no hablo latín. Igual que he vivido de prestado en esta casa durante unos días, también le pedí prestado el conocimiento del latín a Pollux Hernúñez. Le escribí un mensaje: «¿Está bien escrita esta frase?». Pollux respondió pacientemente con las oportunas correcciones. El tiempo vuela, sí, y el olvido borra el rastro de quienes fuimos. Salgo a jugar. Reflexiono… Nora y el tiempo.
Michael Thallium
Nora y el tiempo
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Nora y el tiempo. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV177). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/08/nora-y-el-tiempo.html




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