

Marcos «el Caco»
Todos tenemos un pasado, aunque lo que cuente sea el presente. La tienda, una de antigüedades con cierto aire de cacharrería, se encuentra casi al comienzo de la empinada calle de las Pulgas, que así la llamaban hace siglos, en el castizo barrio de El Rastro. Es una de esas calles que descienden en cuesta pronunciada para desembocar en la Plaza del Campillo del Nuevo Mundo. Hoy la llaman calle de Mira el Río Baja —hermana de Mira el Río Alta—, según la leyenda porque allá por 1439 hubo una crecida del río Manzanares y las gentes del lugar exclamaban «¡Mira el río, mira el río!» desde lo alto de una peña que coronaba lo que actualmente es esta calle. De las leyendas, por muy hermosas que resulten, no puede uno fiarse demasiado. Lo más probable es que la calle terminara llamándose así porque, efectivamente, desde lo alto, se avistaría el río Manzanares cuando Madrid no era la ciudad llena de edificios que es hoy. Por qué se llamaba calle de las Pulgas, es fácil deducirlo. Esta zona de la ciudad era un arrabal de extramuros lleno de miseria y viviendas con gentes de pobretería. Fue en una época anterior a la dinastía de los Austrias, aunque parece que el cambio oficial del nombre debió de producirse durante el siglo XVII. Sea como fuere, esa es la calle en la que hoy se encuentra esta tienda que cobra especial vida los domingos.
Muebles viejos o antiguos, marcos de cuadros, lienzos polvorientos, libros polvorientos, figuritas polvorientas, fotografías añejas, postales amarillentas, adminículos variopintos y toda suerte de elementos abigarrados. Por allí desfilan muchas personas: turistas, curiosos, coleccionistas, compradores que buscan rarezas con las que decorar sus viviendas, gentes de letras, buscadores de obras de arte, bibliófilos, bibliómanos… No voy mucho, pero cuando lo hago, paso sobre todo para saludarlo. Lo conozco desde hace muchos años. Es el primo de una buena amiga: alto y espigado, un tanto enteco. En el rostro se le marcan los huesos y las huellas de un pasado vital del que quizás solo él pueda dar testimonio. Su mirada, a veces, melancólica, nostálgica. ¡A saber desde qué mundos nos contemplan sus ojos cuando miran! Tiene un sentido del humor particular, brusco, seco. Es el sobrino favorito de una de sus tías, hermana de su madre. Eso quizás él no lo sabe, pero yo sí. Ese es el privilegio de quienes observamos las vidas de los demás sin formar parte esencial de ellas; observadores distantes, actores de reparto o figurantes ocasionales. Si hay un rasgo de su personalidad que lo define es la generosidad. Es generoso. Tengo el recuerdo, hace unos años, de que me invitara a su casa —que es la de sus padres— para enseñarme unos libros. Sabe que soy bibliómano —cada cual tiene sus adicciones— y que hablo alemán. Había conseguido un pequeño lote de libros en alemán. Me gustaron dos o tres de ellos y me los regaló. Ya lo he dicho: es generoso, desprendido. Lo que ignora es que uno de esos libros —¡carambolas vitales inexplicables!— un par de años después, me sirvió para conseguir un ejemplar de Mein Kampf firmado por Adolf Hitler. Estos cambalaches solo pueden entenderlos los letraheridos o los libroenfermos.
Sé poco, en realidad, de su vida. Por alguna razón, congeniamos el escaso tiempo que pasamos juntos. Soy unos años mayor que él. A lo largo de mi vida, me lo he ido encontrando en las reuniones familiares de mi buena amiga, prima suya: yo, ya lo he escrito, figurante ocasional. Alguna vez habré jugado alguna que otra partida de cartas o de Rummikub con él; alguna fiesta de cumpleaños, algún partido de la selección española o del Atleti frente al televisor que sus primas instalan en el jardín, comuniones, bautizos, conversaciones de mesa camilla… En lo esencial, un desconocido que me cae bien y al que conozco circunstancialmente. Sé yo tanto de su vida como él de la mía; o sea, muy poco o nada. Pero sí intuyo que ha debido de bajar a los infiernos unas cuantas veces. No sé si salió a flote de la mano de Dante o de Virgilio. Su particular comedia vital está aún por escribir.
Me lo imagino en su niñez. Jugando con su hermana pequeña. Ellos son los benjamines de cinco hermanos. Muchas horas solos los dos, algo desatendidos. Cómplices. Quizás fuera ella, la pequeña, quien le tendiera la mano muchos años más tarde para ver la luz en la noche oscura. Ese vínculo, creo, es muy fuerte aún hoy. Él ha vivido mucho, tanto que quizás en su fuero interno desearía haber vivido menos para dedicarle más tiempo a algunas personas, para dedicarse más tiempo a él mismo. Creo que llegó a casarse o que al menos tuvo pareja y que juntos tuvieron una hija, que sé es hermosa. Él lo logró; yo, no. Quiero decir que formó una familia y que tuvo una hija, aunque luego se le deshicieran el amor y esa vida familiar como cuando se sopla un vilano que se aleja en el aire sin poder asirlo. Quebranto, separación, soledumbre, ¿dolor?
¿Qué pensará él realmente de la vida? ¿Será consciente del amor que se da y que se recibe? ¿Qué le contará a su hija? Lo ignoro. Cuando lo miro y le estrecho la mano para saludarlo, solo intuiciones, conjeturas. Y, sin embargo, ahí pueden verlo los domingos, en esa calle desde la que alguna vez se avistó el Manzanares, en esa tienda casi cacharrería vintage. Él ve pasar a muchas personas: manirrotas y de las que por no gastar, no gastan ni una mísera broma. ¡De todo hay en el circo de la vida! Muy pocas, cuando entran a su negocio dominical, se molestan en preguntarle el nombre. Tal vez tampoco haga falta saberlo. Es generoso. Si lo hicieran, él respondería con orgullo: Marcos «el Caco».
Michael Thallium
Marcos «el Caco»
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Marcos «el Caco». Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV178). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/08/marcos-el-caco.html




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