

Lo que de ti me había quedado en el Isar
Cuando uno vuela en avión, ve cómo la tierra se va empequeñeciendo a medida que aumenta el ascenso. Si uno no se duerme, puede ver los campos de nubes —si las hay— durante buena parte del viaje que transcurre a unos 10.000 metros de altura. Y cuando comienza el descenso, el proceso inverso: la tierra va mostrándose como a través de una lupa que la magnifica hasta devolverle el tamaño normal de cuando caminamos sobre ella. No fue así. A unos doscientos metros del ascenso, cerré los ojos y no los abrí hasta que comenzó la maniobra de aterrizaje. Todavía con los ojos cerrados, sentía como se me taponaban los oídos según bajaba el avión. Es una sensación extraña. Por una parte, un pequeño dolor que presiona los tímpanos; por otra, un ligero picor en uno de los oídos, que a mí me resulta agradable. Abro los ojos y diviso los campos alemanes. Verde, mucho verde. Se ven las carreteras por las que circulan los automóviles. El día está soleado. Desde las alturas siento que los humanos funcionamos como las hormigas. Sí que experimento el fenómeno de la lupa que magnifica todo a cámara lenta. Los coches, los camiones , las casas, los edificios, los árboles, van haciéndose cada vez más grandes. No obstante, decido cerrar los ojos a unos doscientos metros de altura antes de aterrizar. Quiero sentir la sensación del primer choque de las ruedas contra el suelo. Son unos pocos segundos antes de la toma de contacto. Cada una de las ruedas aguanta hasta treinta toneladas de peso. Están llenas de nitrógeno para mantener la estabilidad térmica ante el eminente choque con la pista de aterrizaje. Las ruedas están quietas hasta que, en fracciones de segundo, tras el contacto con la tierra, alcanzan más de 250 km/h. En el cuerpo se siente la desaceleración envuelta en el ruido de las turbinas que han activado el inversor de empuje para redirigir el aire y los gases hacia delante. Poco a poco disminuye la velocidad y el sobrecargo advierte a los pasajeros por megafonía de que debemos permanecer sentados en nuestros asientos hasta que el avión esté completamente parado. Hemos llegado a Munich.
A la salida nos espera Peter Haarpaintner. Ha venido a recogernos para llevarnos a Landshut. He volado con Elena y Yuri —profesora de violín ella y reputado lutier él—, aunque hemos venido en asientos separados. Peter es el presidente de la Freunde der Musik Landshut y fue el impulsor de la mítica Mahler Chamber Orchestra que dirigió Claudio Abbado. Esta semana se celebra el Kammermusikfestival, el festival de música de cámara. Peter nos deja en el Kaiserhof. El primer concierto comienza en unas pocas horas. Nos esperan cinco días intensos de muy buena música. El director artístico del festival es el violinista Mikhail Pochekin. Todos los años junta a un plantel de grandísimos artistas, músicos excepcionales. Este año la estrella es Christian Tetzlaff. Es un festival muy peculiar, porque en él se juntan músicos que antes no han tocado juntos. Una semana en la que ellos forman una pequeña familia.
En la habitación del hotel vacío la mochila. Cuelgo algunas prendas en las perchas del armario. Al guardar la mochila, descubro en el fondo de uno de los bolsillos una tarjeta de visita inesperada. La tomo en mis manos y me sorprendo. No recordaba que se había quedado allí y que allí llevaba probablemente muchos meses. El azar es caprichoso y la vida no pregunta: actúa. Es la tarjeta que me dio una amiga el día en que nos conocimos. Nada de especial, en realidad, si no fuera porque ella ha muerto hace unos días. La enterraron el día antes de nuestro vuelo a Munich, es decir, ayer —en realidad hace dos días—. Puede ser que eso tampoco sea algo especial, pero lo que sí que lo hace especial es que esta amiga habría venido con nosotros a este festival si no hubiera fallecido.
El primer concierto fue un éxito —fue ayer—, y el de hoy ha sido verdaderamente especial para mí. Músicos extraordinarios: Michail Lifits, Martina Consonni, Wen Xiao Zheng, Diana Tischchenko, Luis Suárez, Mikhail Pochekin, Pablo Barragán, Jano Lisboa, Ivan Karizna, Simon Tetzlaff. Un programa musical muy bien hilado, como el de ayer en el que intervino Christian Tetzlaff. Hoy Mozart, Berg, Bach y Shostakovich. Si nuestra amiga hubiera estado aquí, lo habría disfrutado mucho. Era una entusiasta de la música en general y de la clásica en particular.
Cuando hemos terminado de cenar todos juntos, me he vuelto al hotel para dejar los trastos —cámara, objetivos y trípode— y descansar. Ya era media noche. Saco la mochila y agarro la tarjeta de visita de marras. Debo hacerlo. Solo una vez antes en mi vida lo hice, hace muchísimos años, aunque aquella vez fue en otro país y para olvidar un amor platónico no correspondido. Salgo del hotel. Camino unos pocos metros y ahí está el Isar, que nace en los alpes austriacos y fluye por Baviera recorriendo 295 km hasta desembocar en el Danubio. El Danubio es un río muy musical. Me acerco al puente. Me asomo. El agua corre suavemente aunque con empuje. Miro una vez más la tarjeta que llevo en la mano. En ella aparece su nombre completo, la dirección de la casa en la que llegué a estar tres veces, sus números de teléfono —fijo y móvil— y el correo electrónico. Leo su nombre una última vez tal cual está escrito: M.ª Mercedes Sánchez del Río Carrera. Cierro los ojos y le dedico un último pensamiento. Se que ella lo entendería. Ese pedazo de cartulina ya no me sirve de nada, porque tengo el recuerdo. «Nos vemos en Alemania», fueron sus últimas palabras al teléfono. Alzo la mano y dejo caer la tarjeta que inicia un vuelo parecido al de una mariposa blanca antes de tocar el agua. La corriente se la lleva lentamente a saber dónde. Me gustaría creer que hasta el Danubio y después al mar. La veo alejarse…
Es de noche. Aquí, Mercedes, a unos pasos del Kaiserhof, en la ciudad en la que mañana seguirá sonando la música, he dejado lo que de ti me había quedado en el Isar.
Michael Thallium
Lo que de ti me había quedado en el Isar
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Lo que de ti me había quedado en el Isar. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV179). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/08/lo-que-de-ti-me-habia-quedado-en-el-isar.html




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