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Afrodita en Oyambre

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Afrodita en Oyambre


La inmensidad se considera mejor al alba; en realidad, la inmensidad del mar y el cielo que se diluyen en el horizonte. El ruido blanco —¿o será rosa?; no azul ni verde ni negro— de las olas tras su ondulado periplo hasta romperse contra la roca o espumarse sus crestas en la esponjosa arena de la playa da más hondura a lo que avistan los ojos de quien se detiene a contemplar la escena. Da igual si el cielo está cubierto de nubes plomizas o limpio y despejado. Ver nacer el sol cada mañana, alzarse despaciosamente en el firmamento como si emergiera de las aguas remotas allende los confines del océano es algo hipnótico y fascinante. No obstante, puestos a elegir, mejor que el cielo esté encapotado por aquello que tenga de sorpresa la envoltura tras la que se esconde el astro que anuncia el amanecer. Con un poco de suerte, algún cumulonimbo se rasga y deja un pequeño hueco por el que se cuela un luminoso rayo de luz del sol que surge rojizo y va anaranjándose y encendiéndose a medida que gana altura. La escena es sencilla: el mar, las olas, un cielo grisáceo, algunos barcos a lo lejos que bazuquean comenzando la faena de la jornada, algunas casas propincuas sobre los collados que dan al mar —en ellas aún dormitarán las gentes—, una playa  desierta… Entiéndaseme, desierta de seres humanos, porque no hay playa desierta. Hay mucha vida, aunque pase inadvertida: gaviotas que graznan melancólicamente y dejan la efímera huella de sus patas tridáctilas sobre la arena, crustáceos, algas y alguna medusa encallada. Son las siete menos diez de la mañana. Uno mira el horizonte acunado por el sonido del vaivén recurrente del oleaje. Espera ver ese rayo de luz que atraviese la envoltura del nuevo día. Nadie. Pronto llegarán los madrugadores surferos en busca de olas a las que subirse, esas mujeres y hombres que pasean bien temprano a sus perros antes de que llegue el trajín de los turistas que buscan el sol para broncear las pieles blancas de invierno. No será hoy, claro. Las nubes plúmbeas, la brisa fresca y la amenaza de lluvia los arredrará en la conquista de un trozo de arena de esta playa kilométrica sobre el que plantar una sombrilla y extender la toalla. 

Y de pronto se produce el milagro. El velo ceniciento de algodón se rasga y un haz de luz lo atraviesa iluminando la mañana. Nadie lo creería si no lo viera. Justo en ese instante la luz desciende sobre el cuerpo de Afrodita. El cabello largo y ondulado le cubre la mitad de la espalda; su cuerpo resplandece y se vislumbra la desnudez de unos pechos perfectos. Estamos en Oyambre y es imposible que esa divinidad griega del amor, la belleza y el deseo aparezca aquí. Todos saben que nació en Pafos de la espuma blanca que se formó tras caer las turmas cercenadas de Urano en el Mediterráneo. Así al menos se lo cuentan los guías a los turistas que visitan Chipre. Y, sin embargo, a más de tres mil kilómetros de distancia, hoy, esta mañana, tras rasgarse el cielo, ha aparecido esta diosa inefable en Cantabria. Una aparición fugaz, porque en cuanto la primera reata de surferos surcó la playa en busca de las olas y los primeros perros con sus dueños empezaron a recorrerla, Afrodita se espumó, quiero decir, que desapareció por donde había venido.

Me siento culpable y privilegiado al mismo tiempo. Culpable porque estando aquí, en Cantabria, ni siquiera he llamado a Lines y Jesús, los editores de Me creí inmortal hasta que me morí, para hacerles una visita. Supongo que lo entenderán, que mi estancia en la tierruca es casi tan fugaz como la aparición de Afrodita en Oyambre. Apenas si me ha dado tiempo a terminar de leer el último centenar de páginas de De todo tiene. Me hospedo de prestado en el pueblo de los limones, en la casa que un indiano, Antonio de Palencia y Sánchez, mandó construir justo un siglo antes de que yo naciera, casi al tiempo de que la heredara un médico, Tomás Martínez, a quien solo habré visto dos o tres veces en mi vida, que murió hace ya más de veinticinco años y de quien atesoro alguno de sus adminículos: un estetoscopio, un tensiómetro, un otoscopio y una estilográfica que alguna vez, muy de tarde en tarde, empleo para escribir en algún cuaderno. Sus hijas y su viuda me acogen en ella cada verano. Privilegiado porque he visto el esplendor de esa divinidad griega y desnuda del que nadie creerá que he sido testigo. 

Afrodita, Oyambre. En los nombres está el origen. De Afrodita ya he dado cuenta: de la espuma pafia vino y con la espuma cántabra se fue. Ahora, lo de Oyambre tiene su busilis, porque hay quienes dicen que viene de hoyo y hambre —incautos— y quienes afirman que es un hidrónimo paleoeuropeo y prerromano evolucionado de Olia amnis, algo así como ‘el río que fluye’, es decir, la ría cántabra que hoy da nombre a la playa de Oyambre. Ejemplos con ese mismo origen son Sajambre (río Sella), Miñambres (río Miño)… Ignoro, no obstante, por qué en Salamanca y Zamora tildan de miñambre a la persona enclenque.

Esta mañana, en el orto, el cielo estaba anubarrado. Sin embargo, se me apareció, yo la vi. Fue tan fugaz que no pude acariciar su piel ni besar sus pechos, pero allí surgió y se espumó entre las olas, lo juro. Si pudiera, inscribiría un mensaje en la jácena que sostiene la bóveda celestial sobre el Cantábrico: «Estuvo aquí, Afrodita en Oyambre».


Michael Thallium

Afrodita en Oyambre

Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Afrodita en Oyambre. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV176). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/08/afrodita-en-oyambre.html

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