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Los libros ya no me dicen

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Los libros ya no me dicen


El gesto de sacar un libro del anaquel arrastrando el lomo con el dedo índice para llevarlo a nuestras manos es antiguo. O tal vez no lo es tanto, porque los libros de uso doméstico no llevan tantos años entre nosotros. Quizás desde que se inventó la imprenta y aparecieron los primeros incunables, allá por el año 1440. Cierto es que ya existían los códices y manuscritos desde hacía miles de años —los primeros manuscritos datan, más o menos, del año 3000 antes de nuestra era—, pero esos circulaban en entornos muy minoritarios y exclusivos. Primaba la tradición oral, prueba de ello es el Romancero —muy posterior a las Tablillas de Uruk y a los Diarios de Merer, que nada tienen que ver con él— que hoy se lee —poco— porque ya casi nadie lo canta ni recita. La mayoría  de seres humanos eran analfabetos y solo unos pocos tenían acceso a ellos. La industria del libro es cosa del siglo XX cuando los libros empezaron a divulgarse copiosamente entre el vulgo, y el conocimiento y el entretenimiento se convirtieron en pingüe negocio. Eso a muchas personas les sirvió para introducirse en un mundo bibliográfico que parece desmoronarse en el segundo cuarto del siglo XXI, donde prima lo digital y los «analfabetos» sabemos leer y escribir —más o menos—, pero poco o nada sabemos verdaderamente de lo digital más allá del entretenimiento, quiero decir, del uso consumista y disfrute pasivo que hacemos de ello.

Me había quedado en ese gesto del dedo índice tirando del lomo de un libro para extraerlo del entrepaño. Casi todos lo hemos hecho alguna vez en la vida. Para qué lo hacemos es otro asunto. La mayoría, se supone, por el solaz de lectura o para buscar algún dato según el tipo de libro de que se trate. Unos pocos solo lo hacemos para satisfacer esa pulsión atávica de presagiar el futuro y dar certidumbre al ignoto destino. Hace muchos siglos, miles de años, eran los vates quienes vaticinaban el porvenir: videntes, pitonisas, oráculos, sibilas, brujos, augures, astrólogos, magos, profetas… Todos ellos adivinadores de un futuro que, en la mayoría de los casos, devino en un presente mal predicho y que ahora contemplamos como un pasado que poco tiene que ver con los vaticinios que de él se hicieron cuando aún era porvenir. Quiero decir que los yerros fueron muchos más que los aciertos.

Decía que solo unos pocos habremos utilizado los libros para encontrar respuestas improvisadas a los problemas, incertidumbres y agobios vitales. Es muy sencillo: halas el lomo del libro con el índice, lo posas entre tus manos, cierras los ojos —eso es a gusto del ingenuo consumidor— como cuando pides un deseo antes de apagar las velas de la tarta de cumpleaños, piensas en una pregunta a la que quieres dar respuesta, abres el libro por una página aleatoria y plantas el dedo —normalmente el mismo índice con que has sacado el improvisado grimorio del anaquel— en algún lugar del texto, entonces abres los ojos, miras y lees… Con un poco de suerte, eso que lees tiene algo de sentido y responde a la pregunta que te has hecho. A mí me ha funcionado en el pasado, o al menos eso creí, porque aquellas palabras con las que daban mis ojos respondían elocuentemente a las apremiantes pesquisas de un indeciso mortal. Probablemente se juntaron el hambre con las ganas de comer y, en realidad, lo que uno terminaba haciendo era de la necesidad virtud, o sea, que visualizaba el ave bien guisada en la cazuela, aunque esta estuviera libre y revoloteando a sus anchas. El asunto es que parecía que funcionaba… Hasta que dejó de hacerlo.

Llevo ya un tiempo que da igual lo que le pregunte al libro de turno. No encuentro sentido alguno a sus pretendidas respuestas. No lo intenté ni una ni dos ni tres veces, sino más de diez. Incluso si sacaba libros de mis autores preferidos, ninguno me respondía satisfactoriamente —¡como si las respuestas tuvieran que satisfacernos!—. Así que concluí que la respuesta no está en los libros. ¿Dónde estará? Si me dejo llevar por la corriente de los tiempos, debería de preguntárselo a alguna IA, que seguro es mucho más explícita que los mensajes sin sentido a golpe de dedo índice. Sin embargo, no tengo ganas de poner mi destino en manos de ninguna psicópata manipuladora, porque eso es lo que son las IA: entes digitales sin conciencia que fingen empatía para suscitar nuestra simpatía. 

Sí, el imperio de los libros se me desmorona. Me van abandonado. Me cuesta despegarme de ellos —¡para qué ocultarlo!—, y aún prefiero sus azarosas respuestas sin sentido a los halagos psicopáticos de cualquier IA. Para encontrar respuestas, habré de recurrir al frágil ejercicio de la memoria y cantar mi propio romancero. Volverme analfabeto. Encontrar la verdad desnuda. Sencilla. Natural. Los libros ya no me dicen.


Michael Thallium

Los libros ya no me dicen




Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Los libros ya no me dicen. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV175). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/07/los-libros-ya-no-me-dicen.html

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