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Carta a yo

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Carta a yo


Querido yo:

No sabía muy bien si empezar esta carta con querido, estimado o apreciado. Son fórmulas que se emplean por convención y cortesía —mero respeto de correspondencia—, aunque uno realmente no quiera, estime o aprecie al destinatario de la misiva. En este caso, sin embargo, sí que lo aprecio, estimo y quiero. Querido yo, esta epístola es para ti. 

Yo, eres apenas un pronombre de primera persona del singular, pero significas tanto para mí. Tú, yo, eres yo y todos quienes me antecedieron y también todos quienes me sucedan. Te he singularizado parcialmente con una ‘o’, quiero decir que, al decir ‘querido’, te he hecho masculino en una época —recién inaugurado el segundo cuarto del siglo XXI— en la que las cuestiones de género y sexo están en carne viva. En algunos países del mundo parece que los hombres somos indiciados de maltrato solo por ser masculinos. Podría haberme dirigido a ti como ‘Querida ya’, por aquello de feminizarte absurdamente forzando tu conversión de adverbio a pronombre. Sin embargo, aquí tienes a un sospechoso masculino que se dirige a ti como lo que eres: un pronombre masculino —o femenino, según el caso— que representa a un sujeto humano en cuanto persona. Y voy más allá. Soy de quienes utilizan el género masculino como forma neutral —eso que los lingüistas denominan ‘género no marcado’— para referirse tanto a mujeres como a hombres. Y no lo hago porque desprecie al otro género, antes bien al contrario. Las mujeres son el centro de gravedad permanente —Franco Battiato añadiría «que no varíe lo que ahora pienso de las cosas, de la gente…»— al que tiendo. De una mujer vengo —todos venimos de una— y hacia la mujer propendo. Quizás por eso, porque ese es mi sentir, comprendo mejor el lesbianismo que la homosexualidad masculina. No obstante, allá cada uno con sus sentimientos y querencias sexuales. Cada cual es libre de sentir, atraer o ser atraído y amar a quien desee y no juzgo a nadie por ello. La orientación sexual me resulta irrelevante.

Estimado yo, no sé si para cuando leas esto habrá alguien que aún me recuerde. Quiero decir que te escribo siendo consciente de que tal vez me leerás cuando hayan pasado muchos años —siglos quizás— de mis pasos por la Tierra, y probablemente mis palabras sean intrascendentes. No soy militante del feminismo político; de hecho, me lo sacudo de encima a la mínima de cambio. No puedo evitarlo: repelo las ideologías radicalizadas de cualquier tipo. Defiendo la equidad entre seres humanos. En su día a eso lo llamé humanocracia, aunque jamás logré desarrollar el concepto ni ponerlo en práctica. Tengo muy claro que el futuro y salvación de la humanidad depende de las mujeres. En esto no soy nada original. Ya Gustav Mahler —ignoro si para cuando me leas su música seguirá escuchándose o si tan si quiera sabrás quién fue Mahler, al igual que el antedicho Battiato o los literatos e intelectuales que voy a mencionar a continuación— lo dejó escrito y cantado en su octava sinfonía, la «de los Mil»: Das Ewig Weibliche zieht uns hinan (el eterno femenino nos eleva). De hecho, lo que Mahler hizo fue citar a Johann Wolfgang von Goethe, quien utilizó esas palabras —versos, en realidad— en la obra de teatro Fausto, cuya segunda parte se publicó póstumamente en 1832. Tampoco es que Goethe fuese muy original. El florentino Dante Alighieri, varios siglos antes, ya había utilizado esa idea en Comedia, donde Beatriz, su amada, representa el eterno femenino salvador, una idea que proviene del cristianismo, de María, la madre de Jesús de Nazaret. No son pocas las intelectuales que argumentaron que esa idea es un constructo patriarcal diseñado para mantener a las mujeres en un papel pasivo e idealizado. En el siglo XX, Simone de Beauvoir, en Francia, o Rosario Castellanos, en Mexico, satirizaron ese mito. 

Apreciado yo, tú que englobas lo masculino y lo femenino, un yo siempre en potencia, siempre construyéndose, confío en que entiendas el mensaje que quiero transmitirte: estoy perdido, aunque no creo que más perdido que ninguno de mis antecesores que vieron con pasmo como el mundo que habitaban había dejado de ser el suyo. Quizás tú también, yo, te sientas así ahora en el mundo que te ha tocado vivir, tan lejano al mío y al de todas esas personas que te antecedieron y al de quienes te sucedan. Ojalá tengas una mujer que te asome al mundo, un pecho que te amamante, un centro de gravedad al que tiendas y que mantenga tu entusiasmo humanamente vivo. Y no, el papel de las mujeres no es pasivo, sino muy activo. 

Sin embargo, ahora que lo pienso, me desdigo... Las mujeres son indispensables, sí. Sin hembra que te alumbre ni teta que te nutra, habrás dejado de ser humano. No obstante, si para cuando me leas sigues siendo humano, si te has salvado, será porque todos, mujeres y hombres, habremos redimido la humanidad, aunque sin ellas, sin las mujeres, jamás hubiera escrito esta carta a yo.


Michael Thallium

Carta a yo


Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Carta a yo. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV172). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/07/carta-yo.html

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