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El icono de Evangelía

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El icono de Evangelía



Cuelga de la pared del ático donde vivo, un zaquizamí en la azotea de un viejo edificio de cuatro alturas sin ascensor, en Madrid. Y que cuelgue de la pared de un ático es, sin duda, un logro del azar o de la predestinación. Pocos saben que ático proviene del latín attĭcus y que este, a su vez, llegó del griego Ἀττικός (Attikós). Ática es el nombre de la provincia donde se encuentra la antigua ciudad griega de Atenas. Así que ático significa relativo a Ática o, lo que es lo mismo, a Atenas. ¿Por qué entonces denominamos ático a una vivienda en las alturas? Porque en la arquitectura clásica se construía un cuerpo superior en las fachadas que estaba destinado a decorar u ocultar la cubierta y era una construcción típica de Ática. Más tarde, por ese artefacto linguístico —los lingüistas dicen «figura retórica»; yo lo llamo «artefacto» porque es «arte hecha», fabricada por el hombre— que llamamos metonimia, pasó a denominar la vivienda en la azotea de un edificio.

Decía que es un logro del azar que ahora cuelgue de la pared de un ático. En el reverso puede leerse una etiqueta escrita en cinco idiomas, de los cuales ninguno es el español y cuya traducción viene a ser algo así como: «Copia exacta de un icono bizantino sobre lienzo con auténticos colores de hagiografía, inalterables en el tiempo. Recubierto de plata pura 950º labrada por artesanos tradicionales. Libre para la exportación». En el anverso se ve un marco de madera negra azabache sobre el que resalta un repujado de plata que representa a la virgen María sosteniendo al niño Jesús. Los rostros de ambos están pintados —esos colores auténticamente hagiográficos e indelebles—, pero el resto —la estancia en la que se encuentran, los vestidos, todo— es repujado. Madre e hijo aparecen bajo un arco de medio punto que se sostiene sobre unas columnas salomónicas de fuste entorchado. El frontispicio es grutesco. María, la Theotokos —la que parió a Dios, literalmente—, lleva una túnica y un manto que parecen más un ciclatón medieval. Jesuscristo niño lleva una túnica. Ambas cabezas, madre e hijo, están nimbadas y la de Μaría porta además una corona. El niño se sienta en el regazo de su madre sostenido sobre el brazo izquierdo. Con la mano derecha, María señala el camino —hodigitria—, es decir, a su hijo, la salvación. Jesucristo sostiene en su mano izquierda un pergamino enrollado que simboliza las sagradas escrituras. Con la mano derecha, en postura de bendición, señala a su madre. Llama la atención esa postura: los dedos índice, corazón y meñique se yerguen mientras que el anular y el pulgar se tocan formando un círculo. A esa postura de la mano en la milenaria tradición védica se la conoce como el mudra Prithvi. El dedo anular representa la tierra y el pulgar el fuego. En la tradición cristiana parece que ese gesto se reinterpreta: los tres dedos erguidos representan la trinidad; los dos que se tocan, la dualidad hombre-divinidad. Este icono bizantino hecho en Atenas está lleno de símbolos que ni siquiera acierto a interpretar.

Eso es lo de menos. Lo de más es que ahora cuelga en la pared de mi casa después de haber recorrido miles de kilómetros en mi mochila surcando el aire en un avión de la aerolínea Sky Express mientras leía El sueño de Venecia de Paloma Díaz-Mas. No es mío, lo considero un préstamo, aunque fuera un regalo. Soy su custodio hasta que aparezca mejor dueño. Cuando lo vi por primera vez estaba metido en una caja de cartón. Estaba precintado con su plastiquito para no coger polvo. Ese mismo plastiquito que le quité cuando llegué a Madrid dos días más tarde para colgarlo de la pared. Me llamó la atención, me atrajo, pero no le di mayor importancia, porque no era mío. Pertenecía a Evangelía. A saber para qué o quién lo habría guardado en esa caja. No lo he dicho, pero Evangelía había muerto ese mismo día de madrugada, en su casa, en la cama donde dormía todas las noches. No llegué a verla con vida, ni siquiera la vi después. No me atreví. Solo la intuí cuando sacaron su cuerpo del dormitorio, en volandas, metido en una sábana azul cobalto que hacía de hamaca para transportarla a algún lugar lejano donde nadie podía acompañarla. Lo único que intuí de su ausente presencia en aquella hamaca improvisada fueron los pies, cuya presión sobre la tela de la sábana evidenciaba que allí alguien descansaba para la eternidad. Dos hombres de la funeraria —callados, hieráticos, en silencio— la bajaron así por las escaleras para luego meterla en un ataúd, después en una furgoneta y desaparecer por la carretera para llevarla a la morgue.

En la casa se quedó el dolor de sus dos hijas y el de su marido. Un dolor que se precipitaba por un pozo sin fondo. ¿Qué puede hacer uno en esas situaciones? No lo sé; yo, acompañar en silencio. Estar y no estar. Sobre todo, respetar. Escribir. Pronto empezó la limpieza de todos esos trastos que dejan los muertos. Limpiar y ponerse a ordenar, a tirar cosas inservibles que alguna utilidad debieron de tener para quien las dejó. Limpiar es un modo de acabar con el dolor, al menos momentáneamente. ¡La cantidad de cosas que uno deja atrás sin saberlo! Solo en la ausencia de su dueño se dan cuenta los demás de lo presente que están esas cosas inútiles para quienes siguen viviendo. Limpiar, ordenar; acabar con el caos, acabar con el dolor. Reconciliarse con la vida. Olvidarse de la muerte. Son horas de ajetreo. Los amigos se unen en el dolor y ayudan a limpiar, a poner orden. Y luego llega el papeleo, los trámites, el ir de allá y para acá.

Al terminar, nos sentamos en el sofá. Evangelía ya no está. El dolor ha disminuido, pero solo un poco. El pozo sigue ofreciendo su hueco oscuro e insondable. La hija pequeña saca unos iconos de unas cajas. Los pone sobre la mesa. Entre ellos está el que me había llamado la atención por la mañana al poco de llegar a la casa después de haber recibido la noticia del fallecimiento de la madre. Me mira y me dice: «En esta casa no utilizamos estas cosas. No sé por qué mi madre tenía esto aquí guardado. Si quieres uno, llévatelo». Y eso fue lo que hice, elegir el que ahora cuelga de la pared de mi casa a miles de kilómetros de donde se encontraba. En mi fuero interno me digo a mí mismo que quizás Evangelía lo había guardado para mí. Cosa extraña, porque solo nos vimos una vez en la vida, hace algo más de dos años. Yo ya la conocí cuando la enfermedad y el sufrimiento le habían cambiado el carácter. No puedo decir que conocí a la mujer que ahora veo en una foto que su hija mayor ha puesto en Instagram. Ahí está, con una camiseta azul, sonriente, mirando a la cámara, con la mirada un poco melancólica, pero llena de vida: «Cuando te vi no tenía ni idea de que sería la última vez que te vería. Cuando hablé contigo por teléfono no tenía ni idea de que sería la última vez que me llamarías. Pensé que tendríamos tiempo… meses, años. Y ahora la palabra mamá tiene otro significado». Se marchó joven.

Ya lo dije al principio: cuelga de la pared del ático donde vivo, y que un icono bizantino ateniense de Ática cuelgue de la pared de un ático es, sin duda, un logro del azar o de la predestinación. Solo soy su custodio. Solo puedo custodiarlo con amor, en silencio, con respeto. Y por eso escribo. Por sus dos hijas. Por Evangelía.

Michael Thallium

El icono de Evangelía



Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). El icono de Evangelía. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV158). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/04/el-icono-de-evangelia.html

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