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Carta a Fran - Paradojas mundanas

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Carta a Fran - Paradojas mundanas

Querido Fran:

Te escribo mientras ambos estamos lejos de cualquier lugar que podamos llamar “casa”, en hemisferios diferentes y en concreto en dos países, tú Reino Unido y yo Argentina, que arrastran una larga enemistad fruto de su litigio por las islas Malvinas (este mes, de hecho, se celebró el aniversario del inicio de la guerra de las Malvinas, elevado aquí a la categoría de Día Nacional).

    Sin embargo, esa evidente separación geográfica y geopolítica no opaca el hecho de que nuestras trayectorias intelectuales (si se puede seguir usando esa palabra) han ido bastante de la mano en los últimos años. Sin que lo impusieran nuestra amistad y afecto mutuos (ni la amistad ni el afecto piden convergencia intelectual), hemos transitado por temas similares, ligados a la filosofía de la biología, la ética ecológica o la poesía, e incluso ahora que nuestras investigaciones principales parecen alejarse (tú andas ultimando una tesis sobre cognición basal mientras yo doy rodeos con la mía en torno a la academia crítica), diría que hemos vuelto a encontrar un punto de encuentro en el interés por la religión o la espiritualidad en sentido amplio.

    Tú llevas como mínimo unos meses rumiando estas cuestiones, como he podido comprobar ahora que por fin me he armado de la atención necesaria para leer las entradas de tu blog, que en buena medida versan sobre ello. A mí me llevan interpelando intermitentemente desde hace más de una década, sobre todo a raíz de mis idas y venidas dentro, fuera y en los bordes de la fe cristiana y, más recientemente, por mi cada vez mayor aprecio por el estudio de las tradiciones budistas, jainas o islámicas, sin olvidarme nunca del cristianismo.

    La primera entrada que leí fue “El Dios de Bach”. La segunda, “La inteligencia delos inteligentes”. Luego vinieron las demás, que he leído con cada vez mayores ganas e inspiración, pero esas fueron las primeras y sirvieron de fermento para una serie de reflexiones que quería compartir ahora. Por ello te escribo como mi santo patrón Pablo de Tarso, protagonista de “La inteligencia de los inteligentes”, pudo escribirles a Tomoteo, Filemón o Tito dos mil años atrás. Con nula ambición teológica y pastoral, en cambio, y sí mucho aprecio personal y deseo de dialogar y ventilar contigo mis propias dudas.

    Vuelvo a “La inteligencia de los inteligentes”. Tus palabras me esclarecen una serie de ideas que por herencia cultural y experiencia personal me son familiares, pero que al mismo tiempo suelen permanecer semiinconscientes en mi entendimiento, precisamente por haberme criado en medio de ellas. Uno no explora la ciudad o el pueblo en el que nació, simplemente vive en él y lo transita. Igualmente, es difícil explorar fríamente a la fe en que uno fue criado. La damos por hecho, ya sea para abrazarla, criticarla o para ser indiferentes a ella. Rara vez hacemos el esfuerzo de estudiarla con detenimiento y distancia. Tú lo haces y aprendo. Y al aprender, me hago preguntas.

    De esa entrada me atrae especialmente el comentario que haces al respecto de la doctrina que san Pablo mejor que nadie supo introducir en el naciente cristianismo: lo que podríamos llamar la renuncia al mundo. Por esta renuncia no hay que entender un asco o un rechazo tajante, pues Pablo no exhorta a sus correligionarios al suicido, lo cual habría sido la forma más coherente de renuncia así entendida. Muy al contrario, les aconseja cómo vestir, qué comer, si casarse y procrear… No. Su renuncia se parece más a la actitud de la persona que hoy en día aborrece su trabajo y se pasa disociada la jornada laboral entera, esperando que por fin concluya para volver a su casa a relejarse o salir con amigues. Con la promesa más distante de unas vacaciones en verano o unos ahorros que le permitan comprarse una casa o, por ser más realistas, un móvil nuevo.

    Esa es la renuncia que pide Cristo a través Pablo: que pasemos por la vida como esta persona por su trabajo. “Sed cumplidores, prudentes, obedientes e incluso amables. Pero no os comprometáis con esto, porque lo que de verdad os mueve y os motiva está en otro lado”. O, como tú sintetizas: “Y, con todo, la voz de Jesús me inquieta. ‘En ese camino que sigues, siempre eres el que gana, cuando la verdad es que para ganar deberías desprenderte de todo’, me dice. Y añade: ‘Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos’”. El cristianismo nos pide que comamos el mundo como un bocado insípido, porque el sabor está más allá.

    Como bien indicas en “El Dios de Bach”, es precisamente esta concepción tan mediocre del mundo, que apela a nuestra propia humildad o, si se prefiere, humildad, la que ha convertido al cristianismo en una religión tan estable y con capacidad para perpetuarse por tantos siglos. La vida eterna y el amor de Dios brillan como las más preciosas de las joyas, pero no están aquí. Cristo nos promete mucho, todo, pero no nos lo promete en este mundo, por lo que no puede decepcionarnos. Tampoco nos pide que seamos excelentes, solo que vivamos vidas discretas y rectas, con algunas renuncias, pero no especialmente penosas, en circunstancias normales.

    Ahora bien, ¿ha sido coherente el cristianismo con este precepto de renuncia al mundo, de apatía frente al mundo? Me aventuraría a decir que solo en parte, para nuestra fortuna. No sé qué opinarás.

  Atendiendo sobre todo a los actos de la mayoría de las comunidades cristianas a lo largo de la historia, aprecio en el cristianismo lo que se podría llamar una paradoja tópica. Por un lado, se insiste en el bien conocido “mi reino no es de este mundo” y en el desprecio de la carne. Por otro, para que este mensaje haya podido calar, para que los cristianos y cristianas del mundo se hayan podido identificar como tales en las diferentes épocas y lugares, han tenido que desarrollar una cultura material, literaria y sensual de mucho valor.

    Pienso en las catedrales, en las esculturas, en esas bellas performances que son las procesiones, en la música, en toda la poesía mística, tan cargada de erotismo en ocasiones. Pienso incluso en los altares hechos con botellas de plástico que en una reciente visita a los Andes veía cada tanto en los márgenes de la carretera, acodados en la roca montañosa…

    Los protestantes han sido más paulinos, más cristianos, en la medida en que redujeron al mínimo la imaginería, sobre todo en las iglesias como aquellas que ahora frecuentas en Cambridge. Al mismo tiempo, presos de la paradoja tópica, han sustituido las estatuas y pinturas por una música excelsa que va desde humildes y bellos corales para el canto en comunidad hasta las inigualables obras de Bach. Esas que alimentaban la fe de Glen Gould y la duda de György Kurtág.

    Podría decirse, como haces en “El Dios de Bach”, que todo esto no hace sino corroborar nuestra pequeñez y la iniquidad del mundo, afirmando indirectamente la grandeza del Otro Reino:

¿Por qué construimos catedrales monumentales? ¿Por qué componemos arias inalcanzables para la voz humana, poemas complejísimos, novelas largas? Y lo que me intriga más, ¿cómo es posible que todo ello surja de la fragilidad humana?

Construimos cosas más grandes que nosotros no porque queramos ser tan grandes como ellas, sino para recordarnos que somos pequeños. No existe un ser humano tan alto como una catedral: todos miramos las catedrales desde abajo.

    Concuerdo con esto, pero no han sido solo grandes y alambicadas obras de arte que no podamos mirar más que desde abajo. 

    Me acuerdo también de los Kakure kirishitan, cristianos japoneses que luego de la prohibición de esta religión en el siglo XVII por el sogunato Tokugawa siguieron practicando su fe en la clandestinidad. Para ello tuvieron que crean un pequeño universo subterráneo de imágenes y figurinas (muchas veces camufladas como iconos budistas) para poder orientarse en su observancia religiosa y transmitir sus creencias generación tras generación, como bien refleja Scorsesse de manera impactante en su film Silencio.

    En otra película que he visto recientemente, Gioia mia, se muestra a una mujer siciliana, católica devota, que engalana su casa con imaginería religiosa hasta llegar al horror vacui. Uno podría acusar a esta señora de superchería, de que no es necesario ese despliegue de baratijas para creer. Yo en cambio lo veo como una manera muy efectiva de practicar la fe. Una fe que se aprehende porque aterriza en lo concreto y se acompasa al ritmo del mundo y no a la inversa. Aunque se trate de una ficción, esta película documenta el día a día religioso de muchas personas, especialmente en el mundo mediterráneo.

    Todas esas obras de arte y artesanía (si tal distinción tiene algún sentido) y demás gestos cotidianos no solo evidencian nuestra pequeñez frente a la majestad del universo y su Señor. Diría que también evidencian que estamos vivos y que hallamos en el vivir una gratificación que difícilmente canjearíamos, al menos de momento, por la vida eterna y el omnipotente amor de Dios. El hecho mismo de que para hacerse comprensible Dios, inabarcable en su infinitud, tuviese que encarnarse en un humano frágil, esa misma carne que Pablo desdeña cuanto puede, demuestra hasta qué punto estamos anclados en la mundanidad y la necesitamos incluso para creer en su opuesto.

    Sospecho por ello que el cristianismo, o muchas personas cristianas, se han contradicho. Y he ahí, en esa paradoja, una de las verdades más poderosas de esta fe.

    En su negación del mundo, el cristianismo no ha parado de generar mundo. Un mundo a veces hermoso hasta la exaltación. Otras veces de una ternura que nos desarma, pero también nos ancla. El cristianismo ha logrado sobrevivir tantos años no porque haya convencido a todos sus creyentes del mensaje atávico de Pablo, sino precisamente porque ha sabido moderar ese mensaje y convertirse en el vehículo por medio del cual muchas personas se han reafirmado en su carácter terrenal. Hace falta mucha amor por el mundo, aunque sea encubierto, gozosamente hipócrita, para poder afirmar “mi reino no es de este mundo” durante milenios sin perder el aliento.

    Pero todo esto son palabras, palabras, palabras, querido Fran. Ya me dirás si tienen algo de sentido. Algo de mundo.

    Espero que sigas bien en Cambridge y que tus búsquedas vayan por caminos transitables.


Un abrazo,

Pavlo.


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Cómo citar este artículoVERDE ORTEGA, PAVLO. (2025). «Carta a Fran - Paradojas mundanas». Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 3, (CM51). ISSN ed. electrónica: 2952-4105.

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