

Biber porque sí
«Oiréis mi violín, acordado con cuatro cuerdas y afinado
en quince distintas transformaciones en varias sonatas,
preludios, alemandas, correntes, zarabandas, arias,
chaconas, variaciones en unión con el bajo continuo,
en piezas elaboradas con mucho esfuerzo y, en la medida
en que estuviera a mi alcance, con gran arte.»
Heinrich Biber
Wartenberg. Una palabra alemana. Y no, no me refiero al apellido del neurólogo que dio nombre a un síndrome que afecta al nervio radial del antebrazo. Wartenberg era el nombre de una ciudad hasta poco después de terminar la Segunda Guerra Mundial. Ahora ya no se llama así. Se borraron sus huellas en el palimpsesto de la historia. Pero hagamos un ejercicio, utilicemos la imaginación, que para eso tenemos un hermoso y poderoso cerebro.
Wartenberg am Rollberg. Le hemos añadido un complemento que la distingue de otras ciudades que también se llaman Wartenberg, al igual que hay una Toledo en España y otra en Ohio, una Medellín en Extremadura y otra en Colombia. Hagamos ese ejercicio imaginativo y simplifiquemos: Wartenberg, agosto, 1644. Aquel fue un año bisiesto que comenzó en viernes. La superstición de las personas ha hecho que en nuestro acervo haya quedado aquello de «año bisiesto, año siniestro». ¡Paparruchas! Fue el año en que el comerciante neerlandés Abel Tasman emprendió la exploración de las costas australianas. Ya había explorado Nueva Zelanda y la Isla de Van Diemen, que hoy conocemos como Tasmania. ¿Por qué será? No es Abel Tasman nuestro hombre, sin embargo. Ni tampoco lo es John Milton, quien ese mismo año publicó la polémica Areopagítica, un tratado contra la censura y una defensa filosófica del derecho a la libertad de expresión.
Regresemos a Wartenberg que por aquel entonces no era apenas más que una villa. Es un nombre hermoso. Warten, en alemán, significa esperar o vigilar; berg, montaña. Así que estamos hablando de la Montaña de la Espera o la Colina de la Guardia. El 12 de agosto de aquel año, nació un niño… al menos esa es la fecha en que se registró la partida de nacimiento. Apenas dos semanas antes había fallecido en Roma el nepotista Papa Urbano VIII: quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini, así denunciaron públicamente los romanos en el Pasquino a Maffeo Barberini, a quien Caravaggio había retratado en 1598 cuando aún era cardenal —por cierto, uno de los escasos retratos, y de los más tempranos, que pintara Michelangelo Merisi da Caravaggio, mucho antes de su huida a Nápoles y exilio en Malta, episodio que tan magistralmente narra Dativo Donate en La isla de Caravaggio—. Decíamos que, ajeno al cónclave que había empezado en Roma tres días antes para elegir al nuevo pontífice, el 12 de agosto nació un niño en la Bohemia devastada por la Guerra de los Treinta Años.
Muy poco sabemos de la infancia y juventud de Hennericus más allá de que nació en el seno del Sacro Imperio Romano Germánico. Su padre, de nombre Martin Biber, era cazador de la corte de Wartenberg y súbdito de los duques de Liechtenstein. El resto son conjeturas: quizás formación en un colegio de jesuitas en Moravia… De su vida adulta tampoco sabemos mucho. Gracias a una carta del compositor Johann Heinrich Schmelzer, conjeturamos que estuvo al servicio de un compositor vienés en la corte del príncipe de Eggenberg.
El caso es que aquel niño —luego muchacho y más tarde hombre—, en cuya partida de nacimiento aparecía con el nombre de Hennericus, se convirtió en un grandísimo virtuoso del violín, en un genio de la música. Su genialidad e increíbles logros musicales le valieron para que el emperador Leopoldo I de Habsburgo le concediera en 1690 un título nobiliario: Heinrich Ignaz Franz Biber von Bibern.
Heinrich Ignaz Biber se casó con María Weiss, hija de un mercader, tuvo once hijos y desarrolló la mayor parte de su carrera musical en Salzburgo, para cuya catedral compuso muchísimas obras policorales de gran complejidad. De él nos queda un retrato que le hizo el grabador austriaco Paul Seel en 1680…
A veces uno redescubre un universo con el simple movimiento del dedo índice. Seamos francos. Si hoy he escrito sobre Heinrich Biber es porque el azar ha vuelto a acercarme a él: todo por un hueso roto que me tiene convaleciente en casa de mis padres. Aquí tengo una colección de unos 800 cedés que hace muchos años que no escucho. Pasando el dedo índice por el lomo de las carátulas, terminé sacando tres álbumes que he vuelto a escuchar: la Missa Alleluja a 36 voces, las quince Sonatas del Rosario para violín y bajo continuo —conmovedoras, muy difíciles de interpretar y que requieren un conocimiento profundo de la técnica de scordatura—, y la deliciosa e ingeniosa Sonata representativa —en una estupenda interpretación del violinista Andrew Manze—, uno de los primeros ejemplos de música programática en la que se imitan —representan— los sonidos de los animales: el ruiseñor, el cuco, la rana, el gallo y la gallina, la codorniz, el gato…
¡Heinrich Biber era un genio! ¿Cómo es posible que el hijo de un cazador terminara con un título nobiliario y con el reconocimiento musical en toda Europa? Muchos músicos imitaron su estilo y su música. Y porque escuchando su música me transporté a otras dimensiones, decidí hoy dedicarle unas pocas palabras, muy pocas, pues poco sé de él. Tampoco se imaginaría él que más de tres siglos después de su muerte alguien escucharía su música a través de unos auriculares sin necesidad de tocarla o tener a alguien al lado que sepa cómo hacerlo. Y aún habrá quienes se pregunten por qué escuchar sus obras. Para mí está muy claro: Biber porque sí.
Michael Thallium
Biber porque sí
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Biber porque sí. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV161). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/04/biber-porque-si.html




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