

Desde
los albores de la filosofía política, una tensión recorre como un latido
subterráneo la historia de Occidente: la que enfrenta al individuo con la
comunidad, a la autonomía personal con las exigencias del grupo. Como señala el
filósofo Josep Ramoneda, "la libertad es siempre una tensión entre lo
individual y lo colectivo" (Ramoneda, 2013, párr. 2). Esa tensión, que en condiciones
de salud democrática opera como un motor creativo, se convierte en patología
mortal cuando el colectivo pretende engullir al individuo, cuando el
"nosotros" se erige no como un espacio de cooperación sino como un
amo absoluto que dicta lo que se debe pensar, desear y ser. Defender al
individuo y a su libertad frente a la tiranía del colectivismo no es una
defensa del egoísmo, como a menudo se pretende hacer creer; es la defensa de la
condición misma de posibilidad de una vida humana digna de ese nombre.
El
colectivismo, en sus versiones duras y también en sus manifestaciones
cotidianas más sutiles, opera sobre un error epistemológico y moral de enormes
consecuencias: la hipostatización de la comunidad, es decir, el tratamiento de
una abstracción —el pueblo, la nación, la clase, la mayoría— como si se tratara
de un sujeto real con derechos y fines superiores a los de los seres de carne y
hueso que la componen. El filósofo Raymond Aron ya advirtió
sobre este peligroso desplazamiento conceptual: "Cuando un grupo de hombres
reivindica, en nombre de un pueblo actual o futuro, el derecho a formar una
nación o un Estado, presta a la colectividad entera una especie de unidad. Esa
persona colectiva ocupa un lugar con relación a otras en la escena
internacional, se pretende dotada de rasgos particulares e incluso portadora de
una misión que ninguna otra sería capaz de llevar a cabo" (Aron, 1974, p.
76). Esta personificación de lo colectivo no es un mero ejercicio retórico;
constituye el primer paso para justificar cualquier sacrificio de las personas
concretas en el altar de esa entidad mítica. Si la Nación o el Pueblo tienen
una misión histórica que cumplir, ¿qué importa que unos pocos individuos sean
aplastados en el proceso?
El
pensador liberal Tibor Machan, uno de los defensores más lúcidos de la primacía
del individuo, diagnosticó con precisión la raíz del mal: "El colectivismo
es un error, en parte, porque no existen capacidades colectivas aparte de las
que crean los propios individuos al poner sus facultades individuales y otros
recursos al servicio de los demás" (Machan, 2021, párr. 5). Dicho de otro
modo, la colectividad no piensa, no siente, no crea, no sufre. Sólo los
individuos piensan, sienten, crean y sufren. Atribuir a la comunidad una
subjetividad superior no es solo una metáfora filosóficamente ingenua; es una
coartada perfecta para la tiranía. Porque cuando el colectivo se convierte en
el sujeto último de la vida política, el individuo queda reducido a la
condición de medio, de instrumento fungible al servicio de fines que no ha
elegido y que acaso ni siquiera comprende.
En
esta misma línea, José Ángel Saiz Arangure, citando al filósofo español
Fernando Savater ha insistido con lucidez en que los derechos humanos —ese
mínimo ético irrebasable— tienen como titular exclusivo a la persona individual,
no a los sujetos colectivos. En su análisis, Savater sostiene que "la
escala humana de la modernidad democrática es la persona individual, no de
grupo" (Savater 2007, como se sita en Saiz Arangure, 2007, p. 192). Y la
razón es de una sencillez aplastante: "no hay seres humanos colectivos"
(Savater, 2007, como se cita en Saiz, 2007, p. 192). Por muy importantes que
sean las identidades culturales, las tradiciones comunitarias o los lazos de
solidaridad, estos adquieren sentido únicamente como expresiones de la libertad
de individuos que los abrazan, los recrean o incluso los rechazan. Invertir
esta relación, convirtiendo al individuo en mero accidente de una sustancia
colectiva preexistente, es el camino más corto hacia el totalitarismo.
Es
cierto que el siglo XX nos legó el testimonio terrible de lo que ocurre cuando
la libertad individual es aniquilada en nombre de ideales colectivos. Los
regímenes totalitarios, tanto de signo comunista como fascista, compartían esa
premisa fundamental: el individuo debe ser subordinado sin residuos a los fines
del Estado, de la raza o de la clase. Sin embargo, la amenaza del colectivismo
no solo acecha en las formas extremas del terror estatal. También se disfraza
de bienestar, de consenso, de "responsabilidad social" o de
"bien común" entendido como imposición homogénea. Como advierte un
reciente estudio académico sobre las tensiones entre libertad individual y
colectiva, existe "el riesgo que puede representar para las libertades individuales
si los derechos colectivos son privilegiados de forma indiscriminada"
(Fregoso, 2025, p. 75). Ese privilegio indiscriminado se produce cada vez que
se silencia una voz disidente en nombre de la armonía grupal, cada vez que se
castiga la originalidad en nombre de la tradición, cada vez que se coarta la
experimentación vital en nombre de lo que "la gente decente" hace o
deja de hacer.
Los
defensores del colectivismo suelen presentar su posición como una defensa de la
solidaridad frente al egoísmo capitalista. Pero esta dicotomía es falsa y
profundamente tramposa. No hay solidaridad auténtica allí donde no hay
individuos libres capaces de elegir solidarizarse. La cooperación forzada no es
cooperación, sino servidumbre. La igualdad impuesta por decreto no es justicia,
sino nivelación por lo bajo. Como ha señalado Mauricio Rojas, el conflicto
central de la modernidad es precisamente el que enfrenta "las ideas que
buscan promover un orden social basado en la libertad de las personas y
aquellas que, en nombre de intereses o utopías de corte colectivista, están
dispuestas a sacrificarla" (Rojas, 2016, párr. 4). La libertad individual,
con su carga de incertidumbre y responsabilidad, produce vértigo. El
colectivismo promete seguridad, pertenencia, la disolución del yo angustiado en
un nosotros reconfortante. Pero ese nosotros tiene un precio: la renuncia a
pensar por cuenta propia, a disentir, a equivocarse, a construir una vida que
sea verdaderamente nuestra.
Defender
la libertad frente a la tiranía del colectivismo no implica, claro está, negar
la dimensión social de la existencia humana. Somos seres con otros, y
necesitamos de los otros para desplegar nuestras capacidades. Pero la condición
para que esa vida con otros sea humana y no meramente gregaria es que cada uno
conserve la soberanía sobre su propia existencia. Como afirmaba Kant —y la cita
es obligada—, “la libertad es la capacidad de servirse de su propio
entendimiento sin la guía de otro” (Kant, 1784/2004, p. 33). Esa mayoría de
edad, ese atreverse a pensar, es lo primero que el colectivismo sacrifica.
Porque el colectivismo, en el fondo, desconfía de los individuos. Los considera
demasiado frágiles, demasiado egoístas, demasiado impredecibles como para
confiarles el gobierno de sus propias vidas. Frente a esa desconfianza, sólo
cabe oponer la convicción de que no hay causa más noble que proteger a cada ser
humano de cualquier poder —sea este un Estado, una mayoría o una tradición— que
pretenda convertirlo en instrumento de fines ajenos. Defender al individuo es
defender la única realidad tangible sobre la que puede edificarse una sociedad
verdaderamente humana.
Numar González Alvarado
¿Por qué debemos Defender al Individuo y su Libertad de la Tiranía del Colectivismo?
Referencias
Bibliograficas:
ARON, REYMOND. (1974). Ensayo sobre las
libertades (J. A. de Miguel, Trad.; 2.ª ed.). Alianza Editorial. (Trabajo
original publicado en 1965).
FREGOSO, REMEDIOS ROCIO. (2025).
Individual versus collective freedom: Antinomies and tensions. Mexican Law
Review, 17(2), 65-82. https://doi.org/10.22201/iij.24485306e.2025.2.19543
KANT, IMMANUEL. (2004). ¿Qué es la
ilustración? (A. Maestre, Trad.; 3.ª ed.). Alianza Editorial. (Trabajo original
publicado en 1784).
MACHAN, TIBOR. (2021, 15 de enero). 34
citas de Tibor Machan sobre el colectivismo y la libertad. Fundación para la
Educación Económica. https://fee.org.es/articulos/34-citas-de-tibor-machan-sobre-el-colectivismo-y-la-libertad/
RAMONEDA, JOSEP. (2013, 7 de marzo). Josep
Ramoneda: «La libertad es siempre una tensión entre lo individual y lo
colectivo». CCCB. https://blogs.cccb.org/veus/sin-categoria/josep-ramoneda-la-llibertat-es-sempre-una-tensio-entre-allo-individual-i-col%c2%b7lectiu/?lang=es
ROJAS, MAURICIO. (2016, 13 de noviembre).
La libertad y sus enemigos; por un liberalismo abierto, integral, solidario y
asociativo. Universidad del Desarrollo. https://prensa.udd.cl/medios-y-prensa/la-libertad-enemigos-liberalismo-abierto-integral-solidario-asociativo/
SAIZ ARANGURE, JOSE. ÁNGEL. (2007). Una
premisa fundacional: ser para todos. Andamios, 3(6), 187-201. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-00632007000100009
Cómo citar este artículo: NUMAR GONZALEZ. (2026). La Libertad Negativa de Isaiah Berlin y su Influencia en el Pensamiento Político y Social Occidental. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CJ20). ISSN ed. electrónica: 2952-4105 https://www.numinisrevista.com/2026/03/por-que-debemos-defender-al-individuo-y.html




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