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Apiádate de mí

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Apiádate de mí



Desde que se lo oí decir a George Steiner hace algunos años —no recuerdo bien si en un documental o en una conferencia—, lo he cumplido casi a rajatabla. Tampoco recuerdo las palabras exactas, pero venía a decir algo así como que o bien se escucha solo música o bien solo se lee o escribe. Hasta entonces siempre ponía música de fondo mientras leía o escribía, quiero decir que iba con la música a todas partes. Decía Steiner que había que poner atención plena a la música cuando suena, a las palabras cuando se lee o se escribe. Desde entonces no he vuelto a mezclar churras con merinas. 

Hoy, sin embargo, es una excepción, además en directo. Estoy en el primer anfiteatro del Auditorio Nacional de Música de Madrid. Está casi a rebosar. Representan la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach: tres horas de música. Si Steiner levantara la cabeza desde dondequiera que lo enterraran —o quizás lo incinerasen: así que me imagino sus cenizas revolucionadamente encendidas ante el sacrilegio que estoy cometiendo—, se llevaría las manos a la cabeza y se mesaría los pelos. ¡Pero qué falta de respeto para el compositor y para los músicos que tocan esta música excelsa! Además, ¡menudo elenco! Raphaël Pichon dirige el Ensemble Pygmalion. Julian Prègardien, el tenor alemán hijo de Christoph Prègardien, hace de Evangelista. Ya con eso a quienes entienden de música se les erizaría el vello de emoción. Ocupo un asiento privilegiado. Cualquiera podría pensar que soy un rico hacendado… Nada más lejos de la realidad. Me ha invitado Inés Fernández Arias, que es quien ha escrito las notas al programa del concierto. Inés dirige y presenta también un programa en Radio Clásica: Ecos y consonancias. Probablemente me llamaría la atención si me viera escribiendo ahora y tampoco le haría ni pizca de gracia saber que escribo sobre ella y menos aún justo cuando acaba de empezar el recital. Por fortuna, se sienta en la fila de delante y su asiento está unos metros más hacia la derecha. Solo podría verme si contorsionase el cuello como un búho. Capaz sería, pero puede más la música de Bach, a quien adora. Fue ella quien me consiguió la entrada, aunque quien realmente invita es Enrique Rubio. Yo lo conozco, pero con quien verdaderamente tiene amistad es con Inés. Enrique es quien organiza el concierto y ha traído a Madrid a todos estos músicos fabulosos: Impacta, así se llama este ciclo de música. Y sí, es impactante. En 2023, el Ministerio de Cultura francés lo nombró Chevalier des Arts et des Lettres.

Inés podría ser mi madre —uno de sus hijos es tocayo mío— y, aunque no lo sea, a veces actúa como tal conmigo. Tiene la sabiduría y las tablas vitales de quien ha vivido una vida llena de experiencias muy variopintas, llena de música. La conocí hace algunos años, ya mayor, en la Semana de Música Religiosa de Cuenca. Por esas cosas del destino, conectamos. Inés es culta, muy inteligente, sensible, generosa. Fue clavecinista durante muchos años y pionera en España en el ámbito de la música antigua y barroca, aunque por entonces se la conocía por su nombre artístico: Laura Casanova. De joven, era muy guapa, bellísima. Lo sé porque he visto algunas fotos suyas de aquella época: ¡un bombón! Y ya lo dice el refrán: quien tuvo, retuvo. Inés no es una señora mayor cualquiera, una abuelita de la caridad. No, no, no. Inés es moderna y, ¡ojo!, una mujer de armas tomar.

Estoy sentado entre otras dos mujeres a quienes no conozco. A mi izquierda, una elegante, pero con ese típico peinado cardado de señora mayor que, por alguna razón que jamás he comprendido, les encanta a las señoras mayores; a mi derecha, otra algo más joven, con el rostro semicubierto por una mascarilla negra. Sigo escribiendo. Ignoro si alguna de ellas me mirará de reojo en algún momento por ver qué ando escribiendo en este cuaderno. Soy consciente de que más tarde habré de picar al ordenador todo esto que escribo. Se perderá así mi caligrafía, que de cali —bonita— tiene más bien poco. Mi letra es zarrapastrosa, sobre todo cuando escribo sin un buen punto de apoyo como es el caso ahora. Se perderán los tachones, las palabras desvaídas porque no aflora la tinta de la pluma con que las escribo. De vez en cuando me sale alguna frase o párrafo con letra curiosa y aseada y me sorprendo: ¡no escribo tan mal! Así es la vida también: con sus tachones, sus desvaídos y sus lucidos momentos de armonía. Pero todo eso se perderá cuando pique estas hojas al ordenador. Se perderá esa vida que va surgiendo a medida que avanza la Pasión según San Mateo de Bach al son que imprime el extraordinario Evangelista Julian Prègardien. Mis palabras quedarán uniformadas bajo las leyes tipográficas de Helvetica, Times New Roman, Arial o Garamond. La Helvetica la crearon en 1957 dos diseñadores suizos, Max Miedinger y Eduard Hoffmann, directores de la fundición Haas’sche Schriftgiesserei. Pocos saben que la Times New Roman fue la tipografía que Stanley Morison y Victor Lardent crearon para el periódico londinense The Times, allá por 1931; Arial la crearon en 1982 dos ingleses, Robin Nicholas y Patricia Saunders; Garamond tiene más solera, nació en Francia entre 1530 y 1540, aunque su diseñador, el tipógrafo Claude Garamond se inspiró en la caligrafía italiana de la época, con unas gracias —serifas, dicen los entendidos— elegantes, legibles y eficaces. Esta parte ínfima de mi vida quedará enmascarada para el lector en el molde de Times. Ese es el futuro que nos aguarda a todos: digitalizados hasta en la letra.

El tiempo vuela. Ya hemos vuelto de la breve pausa. Los músicos han reafinado y reajustado sus instrumentos. Llega esa aria tan conmovedora, Erbarme dich, mein Gott Apiádate, Dios mío—, que la mezzosoprano Lucile Richardot interpreta para que a más de una persona se le salten las lágrimas. Inés debe de estar encantada con el concierto. Por fortuna no ha hecho la contorsión cervical del búho y no me ha visto escribir en lugar de prestar atención plena a la música tal y como demandaba George Steiner en su día. De haberlo hecho, me hubiese caído la del pulpo como a esos pulpos que en Galicia mazan contra las rocas antes de guisarlos. 

Sabe más el diablo por viejo que por diablo, dice el refrán. Por eso Inés algunas veces cuando me llama por teléfono y me pregunta cómo estoy debe de intuir que ando canino e intenta ayudarme como buenamente puede. Supongo que la invitación a este concierto forma parte de ese pacto no escrito entre personas que reconocen la precariedad en el prójimo. A Jesucristo ya lo han crucificado: Elí, Elí, ¿lamá sabactani? La Pasión va tocando a su fin. Y a mí también se me acaba el tiempo. 

Tras el silencio suena un aplauso atronador, una ovación del público que se pone en pie. Yo me apropio del aplauso que en realidad va dirigido a los artistas que durante más de tres horas han estado en el escenario. Es como si me aplaudieran a mí por terminar de escribir estas palabras. A nadie le importa si verdaderamente estuve escribiendo mientras sonaba la música, si no se trata más que de la engañifa de un escritor mediocre enmascarado tras el molde artificial de la Times New Roman. El lector jamás sabrá si lo que ocurrió fue que la tinta de la pluma se me acabó al poco de empezar a escribir y luego tuve que reconstruir todo sentado al ordenador o si realmente asistí a un concierto cuyo precio no hubiera podido permitirme. ¿Será todo una filfa literaria? ¿Pura imaginación? ¿Fantasía? Me levanto rápidamente de mi asiento y salgo pitando mientras los aplausos y la ovación resuenan en el auditorio tras tres horas sagradas de música salvífica. Más de tres horas para escribir algo que unos pocos leerán en apenas unos minutos. A saber cuántos días, semanas o meses tardó Bach en escribir esta Pasión que nos hemos ventilado en poco más de tres horas casi tres siglos después de su primera interpretación en la iglesia de Santo Tomás de Leipzig. Definitivamente, sí, Inés me leerá la cartilla, me echará la bronca si algún día descubre que anduve escribiendo lo que no debía cuando no debía. Me imagino un búho que contorsiona el cuello 180º y me mira fijamente en silencio con dos ojos grandes y amenazantes. Como dijo aquel otro: apiádate de mí. 


Michael Thallium

Apiádate de mí



Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Apiádate de mí. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV157). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/03/apiadate-de-mi.html

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