

Intersecciones inusitadas
Y ya va para octogenario. Se dice pronto, pero hay que vivirlo lentamente, aunque la vida se esfume en un santiamén. Ahí lo tenéis. Sentado al ordenador escribiendo —los mensajes y correos también prefiere responderlos en el gordo teclado de su ordenador a en las diminutas teclas del teléfono móvil— o leyendo en el sofá algún libro. Son tantos libros… Muchísimos. Se ha dejado la vista leyendo y la vida escribiendo. Aunque, ya se sabe, nunca lee uno ni escribe lo suficiente. Es escritor, es poeta, es ensayista, es editor, pero sobre todas las cosas es persona, un ser humano más entre esos 8.200 millones de individuos, hembras y varones, que dicen que poblamos la Tierra cumplido ya el primer cuarto del siglo XXI. Y ser persona le confiere ese raro privilegio de ser esposo, de ser padre y quién sabe si también abuelo. Lo de que es esposo y padre lo sé por una novela que publicó en 1990. Entonces tenía cuarentaicuatro años. Desde entonces han pasado treintaiséis. Fácilmente podría ser abuelo. Yo creo que jamás llegaré a serlo: tendría que vivir unos treinta años más y darme muchísima prisa por tener hijos y que los hijos se dieran muchísima prisa en ser padres antes de que muriera el suyo; imposible, no, pero desde luego muy improbable.
Lo conozco poco, apenas por lo que he leído en tres de sus libros: unas casi memorias cortas e inclasificables, unos cuentos del amor hermoso y una novela espléndida, buenísima, que ha pasado casi inadvertida. Ya se sabe que el escritor fabula, y sería una imprudencia por mi parte pensar que llegara a conocerlo a él por tres escasos libros suyos que me he leído. Sin embargo, en su prosa —su poesía aún no la he leído— atisbo una profunda sinceridad, si es que uno puede ser profundamente sincero. No soy detective, así que cualquier conjetura que haga de la lectura de sus libros es, ab ovo, imprecisa y casi pura fabulación. Por cierto, no sé para qué escribo latinajos cuando perfectamente podría haber dicho «en el huevo» o, lo que es lo mismo, en origen. Es curioso: ‘huevo' me recuerda a ‘huero’; una simple letra puede cambiar el significado de una palabra por completo: cambia la ‘v’ por la ‘r’ y… ¡voilà! Aunque a mí me da que entre huevo y huero no hay tanta diferencia, que quizás una incube a la otra… ¡Me estoy yendo por las ramas!
Decía que cualquier conjetura que pudiese hacer sobre su vida es casi pura fabulación, porque no soy detective y de poco sirven las pesquisas literarias, y esto sí que es profundamente sincero. Tampoco sé yo quién fabula más: si el escritor cuando escribe o el lector cuando lee. Creo que el lector. Tú, ahora, que fabulas: «¿Adónde me querrá llevar este que arranca y se para y parece que vuelve a arrancar y no me lleva a ninguna parte?». Y no te falta razón: urge ir a la procura de puerto.
Quizás esto me pase —me refiero a lo de navegar en bolina o a la deriva— porque en los últimos seis días me he despachado cuatro lecturas y, claro, la melopea es considerable. A Los cuentos del amor hermoso les sumé La Burla Negra de Jοsé María Castroviejo —¡pero qué bien escribe y qué poco se le lee a este gallego santiagués!—; luego regresé al escritor de mis infructuosas pesquisas con Último acorde para la Orquesta Roja, para terminar el día 6 de enero con la relectura de Días de Reyes Magos de Emilio Pascual. Huelga decir que la lectura de este magnífico libro de Emilio es aconsejable en cualquier época del año, no hay que esperar al 6 de enero. Quien lo lea una vez, lo releerá muchas, por eso se ha quedado en mi modesta biblioteca: libro que no aguanta relectura, libro que sale en busca de mejor dueño. Dicen que es un libro de literatura infantil y juvenil, yo no lo creo. Contiene una joya, un romance del Quijote exquisito: inventio Aemilii Pascualis —¡vaya, otro latinajo!—. Es literatura buenísima y de calidad, y esa..., esa no entiende de edades, como le pasa a El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Por cierto, una editorial con un nombre raro y muy sonoro, Kalandraka, acaba de sacar una edición preciosa de El Principito. Dos volúmenes: la nueva traducción de Joëlle Eyheramonno Fouché, fiel al original de 1943, y La cara oculta de los dibujos de El Principito, un estudio de las ilustraciones de Saint-Exupéry. ¡Una maravilla!
Retomemos el rumbo, recuperemos la derrota si es que alguna vez la hubo. Comencé diciendo que ahí lo tenéis, sentado al ordenador escribiendo o leyendo algún libro en el sofá a sus casi ochenta años, pero algún día fue también joven. Vive en el litoral levantino, muy cerca del mar. Nació en un pueblo sin mar, aunque tampoco le quedaba muy lejos. El lugar donde llegó al mundo está situado en el punto de intersección de la línea que llega ondulando desde Callosa y la recta que une Dolores con el sur de Crevillente, es decir, que, ateniéndonos a la definición clásica de que todos los puntos geométricos son imaginarios, el punto de intersección donde nació está poblado por fantasmas. El primer libro que leí de él —aquellas casi memorias cortas e inclasificables que mencioné— fue precisamente el que habla de ese lugar, La llanura fantástica —no puedo remediar acordarme de La Llanura Celeste de José Antonio Abella; libro que no tiene nada en común con el anterior salvo que ambos los escribieron extraordinarios escritores—. Eso ocurrió hace tres semanas. Luego vinieron —ya lo he contado— Cuentos del amor hermoso y Último acorde para la Orquesta Roja. También dije que aún no había leído su poesía, pero eso no es del todo cierto, porque ando bebiendo sorbito a sorbito la Eneida publicada en Reino de Cordelia que él ha vertido en endecasílabos al español. Y sé que anda preparando junto con Ángel Luis Prieto de Paula la traducción también en endecasílabos de De rerum natura de Lucrecio. ¡Eso sí que se las trae! Una labor extenuante, porque hacer poesía de un tratado de física y filosofía… Verá la luz esta primavera. Casualidades de la vida, De rerum natura es uno de los libros que sale a relucir en Días de Reyes Magos: Emilio Pascual es un hontanar de sabiduría.
En cuanto terminé de leer Último acorde para la Orquesta Roja, le escribí un mensaje: «A la pregunta que te haces en el epílogo de la novela —sí, en el epílogo se pregunta si realmente habrá escrito una buena novela—, me permito responderte que sí, pero no solo buena, sino que es una muy buena novela. Acabo de terminar de leerla hace unos minutos. Quería hacértelo saber. Ahora proseguiré con la Eneida... bueno, no ahora mismo. No. La voy bebiendo a pequeños sorbos desde hace un par de semanas. En las últimas tres semanas también di cumplida lectura de La llanura fantástica y Cuentos del amor hermoso. Por cierto, tu número me lo pasó A. L. Prieto de Paula. Y como aún no sabes quién soy, te digo mi nombre que, como las tramas de muchas novelas, solo te desvelaré al final, no por aquello de mantener la intriga, sino porque lo importante es todo lo anterior, a saber: que te he ido conociendo a través de una ínfima parte de lo que has escrito en tu vida, es decir, que sigo sin conocerte. Michael Thallium».
Y de este modo fui uniendo puntos, trazando líneas, haciendo intersecciones… Su nombre es Luis T. Bonmatí. Esa T con el puntito, ¿qué significará? No deja de encerrar cierto misterio, como el pueblo habitado por fantasmas donde nació: Catral. ¿Hemos llegado a puerto? Un punto, otro punto, una recta, una línea, dos líneas... Geometrías imaginarias, intersecciones inusitadas.
Michael Thallium
Intersecciones inusitadas
Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). Intersecciones inusitadas. Numinis Revista de Filosofía, Época I, Año 4, (CV146). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/01/intersecciones-inusitadas.html




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