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De las cosas que perdí y no me acuerdo

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De las cosas que perdí


Habrá quienes todavía al oír la palabra «escritor» se imaginen a un señor sentado a una mesa escribiendo con pluma de ganso sobre un papel en blanco; los habrá que cambien la pluma de ganso por una estilográfica o un bolígrafo; pocos ya serán quienes se lo imaginen pulsando las teclas de una Olivetti para producir un mecanoscrito, y menos aún quienes lo visualicen delante de la pantalla de un portátil… Y, sin embargo, este último es el caso de la mayoría de personas que escribimos. Por cierto, también hay escritoras, y no son pocas. Hoy abundan… 

Si tuviera ahora veinte años, jamás hubiese empezado a escribir un texto de esta guisa. Cumplido ya el primer cuarto del siglo XXI, si tuviera veinte años, probablemente lo habría empezado así: «Quienes oyen hablar de personas que escriben, se imaginan a personas sentadas al ordenador en una cafetería» o «Quienes oyen la palabra escritor o escritora, se imaginan a un hombre o a una mujer que escribe al ordenador» o, mejor aún, «Un escritor o una escritora es una persona anticuada, ¿para qué escribir si ya lo hace Chatgpt?». El asunto es que tengo más de cincuenta años y Chatgpt terminará olvidándose como se olvidaron la Olivetti, la estilográfica o la pluma de ganso.

Decía que hoy las escritoras abundan. A algunas las he leído: Elena Fortún, Matilde Ras, Mercedes Formica, Sofía Casanova, Silvina Ocampo —estas muertas hace tiempo—; Maria Ángeles Pérez López, Samanta Schweblin, Amanda Sorokin, Olvido García Valdés —estas otras vivitas y coleando—. Hay muchísimas a quienes jamás leeré, como también hay muchísimos escritores a quienes tampoco leeré. No obstante, sé que el afán por descubrir voces que me llenen no menguará mientras el cerebro me dé de sí; y creo saber también que esas voces rara vez serán de las que le gusten a la mayoría de personas. Hay que saber renunciar. La lectura es un acto de renuncia. Cuando leo algo, renuncio a leer otros millones de cosas. Así que he de cribar bien aquello que acepto. Leer es también saber perder; la pérdida es una ganancia. Literariamente, soy un perdedor, porque me gusta ganar.

Uno también ha de saber qué es una verdadera pérdida, porque en la vida —y eso es algo que solo se aprende con la edad— hay cosas que uno pierde a las que da muchísima importancia en un momento determinado, cosas que incluso le quitan a uno el sueño, pero que con el paso de los años se convierten en fruslerías. Ahora que comienza un nuevo cuarto de siglo, el que nos llevará —si antes no reventamos— a la mitad del siglo XXI, pienso en todos esos momentos de mi vida que devinieron en naderías… Soy un ganador de las cosas que perdí y no me acuerdo.

Michael Thallium

De las cosas que perdí y no me acuerdo



Cómo citar este artículo: THALLIUM, MICHAEL. (2026). De las cosas que perdí y no me acuerdo. Numinis Revista de FilosofíaÉpoca I, Año 4, (CV145). ISSN ed. electrónica: 2952-4105. https://www.numinisrevista.com/2026/01/de-las-cosas-que-perdi-y-no-me-acuerdo.html

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